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| 01 de Enero de 2002 | |||
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Fanáticos religiosos querían que todos vivieran como hace 1.300 años La mansaca de los talibanes en Afganistán
El movimiento Talibán surgió en los colegios religiosos de Pakistán, emergió como fuerza armada en Kandahar en 1994 y llegó al poder en un Afganistán devastado por la guerra en 1996. Mientras fueron gobierno se enorgullecieron de haber logrado imponer una administración basada en la religión, tomando como modelo la utopía del sistema islámico de hace 1.300 años. Pero su fervor religioso, su aislamiento internacional, su falta de experiencia diplomática -y la ausencia de algo tan básico como la televisión- ayudaron a su defunción. Su líder espiritual, el misterioso mullah Mohammad Omar, nació en el seno de una humilde familia campesina. Se dice que nunca viajó más allá de Pakistán y se cree que sólo se ha encontrado con dos extranjeros en sus 44 años de vida. Hoy su paradero es un enigma, si es que está vivo. El antiguo guerrillero -perdió un ojo en la lucha contra la ocupación soviética- y sus santones impartieron las normas: prohibieron la educación y el trabajo femenino; vedaron la televisión y la fotografía de un ser vivo porque el Islam prohibe las imágenes: la música, excepto cantos religiosos sin instrumentos, fue confinada al silencio. También obligaron que las barbas de los hombres crecieran y crecieran mientras que las mujeres sólo podían verse en público cubiertas de pies a cabeza. Aplicaron la ley islámica sharia a fondo: se amputó la mano a los ladrones y las ejecuciones fueron espectáculos públicos. La temida policía religiosa, que dependía del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, patrulló las calles para obligar a la gente a rezar cinco veces al día y asegurarse de que las mujeres no salieran de sus casas sin un familiar hombre. Llevaron a la ruina la economía y la infraestructura del país al punto que una cuarta parte de los 24 millones de habitantes del país comenzó a depender de la ayuda externa. Sin embargo, erradicaron el cultivo del opio en una tierra donde hace dos años era un mar de amapolas blancas y rosas, materia prima para producir la mayor parte de la heroína mundial. Los antiguos estudiantes de teología fueron elogiados como sabios cuando sus guerreros de turbantes negros llegaron a Kabul en 1996, derrocando a los muyahidin sin casi disparar un tiro ya que muchos comandantes fueron comprados con fondos proporcionados por la inteligencia paquistaní. La principal víctima fue entonces el ex Presidente Najibullah y su hermano, quienes fueron golpeados y colgados en unos faroles en el centro de la ciudad. Pero en mayo, cuando destruyeron dos estatuas gigantes de Buda, provocaron el gran rechazo y la indignación de la comunidad internacional. Los talibanes, que en lengua pashtun significa "estudiantes", apenas eran reconocidos por tres países vecinos. De éstos, Arabia Saudita y los Emiratos Arabes Unidos cortaron sus vínculos con Kabul cuando dijeron que no entregarían a Osama Bin Laden. Más tarde lo hizo Pakistán. Finalmente, la ofensiva de la Alianza del Norte y la lluvia de bombas lanzadas por la aviación estadounidense cuando decidió atacarlos tras los atentados terminaron por acabarlos. Hoy, Afganistán sigue en la miseria. Pero es distinto. Hay música en las calles, las mujeres caminan a cara descubierto y los hombres se afeitan y cortan el cabello. Los talibanes ya son el pasado.
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