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| 30 de Enero de 2002 | |||
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Entretelones de la muerte de Eduardo Sánchez Crimen en villa de Lo Prado ocultaba una orgía de sangre Hoy, luego que el tribunal respectivo sometió a proceso a Jonathan Osorio Pérez, quien el 20 de enero recién pasado asesinó a Eduardo Sánchez Mesina en la comuna de Lo Prado, han trascendido los entretelones de un caso que en su oportunidad aparecía sólo como un ajuste de cuentas. La venganza de una patota de ebrios contra el hombre que la noche anterior se había fundido con el dinero que habían juntado para seguir bebiendo. Pero es algo mucho peor, es la crónica de una mañana de matanza que desató por mil pesos un delincuente ebrio de sangre, y que convierte en un dilema jurídico decidir si debe terminar sus días en la cárcel o en un hospital siquiátrico. La historia real, según los familiares de Sánchez, comenzó cuando Doris M., sobrina del fallecido, envió a su primo K.C. a comprar cervezas con mil pesos. Las chelas nunca llegaron a las gargantas de los bebedores porque al encargado se le perdió la plata. K.C., trató de explicar el extravío pero Osorio le exigió que le entregara su reloj, a cambio de la luca extraviada. Para entonces la situación ya se había transformado en una crisis familiar. Osorio subió al departamento a golpear a Doris, su conviviente, a quien culpó por el desaguisado, mientras Eduardo Sánchez iba tras él en defensa de K.C., su sobrino. No alcanzó a hacer mucho por su pariente puesto que mientras bajaba por la escalinata, Osorio lo apuñaló por la espalda. A pesar de sus heridas, Sánchez alcanzó a llegar a la calle mientras que arriba se iniciaba un nuevo drama porque el asesino, con el fin de rematarlo, se había armado con una escopeta recortada. Jonathan Osorio, que hace un par de años se vio envuelto en otro caso criminal donde mutiló a su víctima, no alcanzó a disparar sólo porque Marta Sánchez, la hermana de Eduardo, le arrebató el arma. Entonces, furioso, el chacal se armó con dos cuchillos, bajó a la calle y remató a Eduardo Sánchez Mesina en el suelo, mientras era atendido por sus amigos y ante la aterrada mirada de todo el vecindario. Una historia escalofriante, de odio, locura y ultraviolencia, que se rondará por muchos años como pesadilla en la familia Sánchez Mesina y entre los vecinos de la Villa Sor Sara Faúndez, de Lo Prado.
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