31 de Enero de 2002
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Condenado por homicidio no pudo aguantar la sed ni los turururus en la zona seca
Reo escapó para mojar la sopaipilla y regresó al penal a dormir la mona

YUNGAY.- Acosado por la sed y sin poder contener los tiritones, un reo de la cárcel local decidió jugarse la vida por su fe y, a riesgo de convertirse en mártir de su alcohólica religión, se las arregló para escapar de la jaula y llegar hasta la parroquia más cercana a remojar su garganta en íntima comunión con su grupo de hermanos, un racimo de curados sin redención.

Horas después, y cuando ya los gendarmes lo daban por fugado, el santo bebedor se presentó en la guardia, felizmente borracho y tras saludar a los gendarmes con aires satisfechos, emprendió zigzagueante el camino hasta su celda de abstemio obligado, donde se durmió de inmediato, soñando que nadaba en un mar de chupilca.

El caso de Cecilio Emilio Ritz Grandón, de 30 años, inédito en la historia penal chilena, remeció hasta sus borras al Centro de Educación y Trabajo de Yungay, zona seca por excelencia.

La alarma de fuga sonó como champañazo a las 16.20 horas del martes, cuando uno de los gendarmes se dio cuenta que faltaba un preso que estaba de guarda para añejado, pues cumplía una condena por homicidio, embotellada por el Segundo Juzgado del Crimen de Los Angeles.

Al conocer la noticia, el personal a cargo del lugar fermentó de indignación en sus vasijas de roble; y de miedo en sus alambiques, ya que todo gendarme tres estrellas sabe que después de una fuga se le viene encima un sumario, una vendimia administrativa por negligencia donde hasta las cepas más generosas y calificadas van a parar a la prensa y terminan convertidas en chicha baya o, en el mejor de los casos, en pipeño de San Javier.

Por lo mismo se pusieron más pesados que el Borgoña. Se armaron hasta los dientes y salieron a buscar por aire, mar y tierra al racimo prófugo de la viña de Hugo Espinoza.

Luego de encomendarse a Santa Emiliana, Santa Digna, Santa Carolina, Santa Ema y Santa Rita, los funcionarios se derramaron por la ciudad dejando a su paso un buquet de intranquilidad entre los parroquianos que observaron sus operativos.

Pero todo fue en vano y regresaron avinagrados por la derrota. Con menos dignidad que un chacolí; apocados, como debe sentirse una grapa ante la presencia de un gran pisco envejecido; resignados y humildes como una piscola servida de mala gana en un vaso de plástico.

Había que dar orden de búsqueda en todo el país, pero ¿por dónde empezar?.

Se comenzaron a barajar posibilidades. En las Lomas de Cauquenes, si Ritz Grandón prefería una zona de rulo para esconderse. Podría ser. O en el valle de Elqui, si optaba por algo más fuerte. Tampoco se descartó Quillón, Casablanca, Lontué, Villa Alegre, y por supuesto, Curacaví.

Estaban en eso cuando reapareció Cecilio Ritz. Venía con el estanque lleno, desde el ombligo al bigote y, atragantado por el hipo, exigió que lo dejaran entrar para dormir la mona como Dios manda.

Horas después, cuando ya estuvo oreado, los gendarmes lo sacaron en andas desde el Centro de Educación y Trabajo, paraíso para reos en proceso de rehabilitación, y lo exportaron de regreso a las lúgubres bodegas del Centro de Detención Preventiva, donde deberá terminar su proceso de añejamiento que dura, mínimo, cinco años y un día.


 
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