01 de Febrero de 2002
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En 1998 sobrevivieron a otro siniestro, pero esta vez el destino quiso cobrarles la vida
Tata de 74 años y su hijo murieron calcinados al incendiarse su casita

Doña Rosa caminaba ayer angustiada por la casa siniestrada, sin saber qué palos quemados correspondían a cada siniestro.

(Foto: Mauricio Fuentes)

En 1998, Víctor Manuel Zapata, entonces de 71 años, comenzó a perder la vista, meses después de que su vivienda, la única de tejas del barrio, fuera devorada por las llamas. A falta de un lugar donde vivir junto a su hijo Jaime, quien sufría de cojera, la Muni de Pedro Aguirre Cerda le pasó una mediagua y la ubicó en el patio del inmueble, entre las cenizas.

Ningún día, hasta el miércoles, dejó de transitar por entre los palos carbonizados de lo que fue su casita, la envidia del sector, para llegar al cuartucho de madera, de tres por tres, donde dormía. Rosa, hermana de Víctor, dice "que nunca pudo recuperarse del incendio y menos todavía si la humedad y el olor a quemado se mantuvieron por tres años. El fuego lo perseguía", señaló.

Hasta que lo atrapó. El miércoles a las 10 de la noche las llamas nuevamente devoraron todo, incluyéndolo a él y a su hijo.

"Es una historia rara. Primero le comieron todo lo que tenía y ahora lo alcanzaron a él", reflexiona su hermana Rosa.

Ambos compraron hace 30 años un terreno, ubicado en la avenida Lazo 2495, en PAC, donde construyeron sus casas, una al lado de la otra.

Minoti, como decían en el barrio al tata Víctor, solía sentarse en el borde de su casa destruida a pasar la tarde. "Se tomaba sus traguitos y volvía a al mismo lugar", dice la hermana.

El miércoles fue a cobrar su exigua pensión al Banco Santander y regresó, fuera de toda costumbre, antes de las cinco de la tarde.

La noche cayó a la hora de siempre y Víctor y su hijo lisiado se encerraron en la mediagua que alumbraban a vela.

Claudia, la sobrina mayor, le gritó a su esposo como a las 22:30, que se quemaba la casa del tío, y que el fuego estaba pasándose para su lado. Sacaron las mangueras, tiraron agua como pudieron, llamaron a los bomberos, pero la vivienda ligera se consumió antes que dijeran ¡agua va! "Pensamos que habían logrado salir. No era tan tarde. Además, como tenían un patio grande para arrancar, creímos que estaban por ahí... Si ya se había salvado de una, por qué no de otra", contó Rosita.

Los bomberos ingresaron al rato a la casa, comprobando que la huida no había sido posible. Sus cuerpos estaban calcinados. "Ve, ahora sí que no quedó nada. Sólo palos quemados", se resignó su vecina y hermana.


 
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