26 de Febrero de 2002
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TOCOPILLA.- Un calenturiento pampino fue detenido por la policía luego que la mujer que había elegido como víctima de sus desafueros eróticos, energizada por una merienda de pescados y mariscos, no sólo rechazó su intento, sino que pasó a la ofensiva con tal acierto que lo dejó con diagnóstico de autopsia en el hospital local.

El domingo Carmen Rosa, una tocopillana de belleza perturbadora, de cintura estrecha, cadera firme y senos coronados por duros pezones madurados por labios curtidos de caliche; luego de almorzar opíparamente con un grupo de invitados, sintió el sopor de la digestión y decidió dormir la tradicional siesta norteña, de dos a siete de la tarde.

El almuerzo estuvo realmente somnífero, ya que consistió en un desfile de platillos clásicos de la cocinería local, que se inició con un ceviche de corvina, cocido en limón de Pica, y adobado con ají "putasparió".

El entremés fue seguido por un borboteante chupín de congrio de Taltal; pejesapos de Cobija al vapor, en salsa de tomate; cabrilla de Punta de Angamos frita con ensalada a la chilena, y picante de pulpo de Gatico, acompañado de arroz con camarones, recién sacados del río Loa.

Carmen Rosa despidió a sus amigos y luego caminó lentamente hasta su habitación mientras se iba deshaciendo, entre bostezos, de sus prendas íntimas, porque la costumbre manda que una siesta de verdad se haga en cutis.

Antes de tirarse a la cama se preocupó que su hijo también estuviera haciendo tuto, y tras cumplir con su deber de madre se dejo caer sobre el cubrecamas. Allí comenzó a acariciarse el cuello, la curva de su vientre, y a juguetear con su pelo mientras se cantaba suavemente el "Cascabel del burrito calameño", una "nana de cuna" medio erótica que se usa en la pampa para hacer dormir a las niñas buenas que, como la Rosa, ya tienen 30 años y no necesitan pañales. Cuando más un babero.

No tardó en sumirse en un sueño dulce y tranquilo. Su cuerpo sirénido se fue relajando hasta quedar quieto. La mujer respiraba acompasadamente, con la guatita llena y el corazón ajeno por completo al decir popular de los mineros que aseguran que ningún lugar de la vida es más triste que una cama vacía.

Lo que vino a continuación ocurrió muy rápido.

En Tocopilla, como en cualquier otro lugar también hay malandras, y uno de los peores es Mario. L.D., de 25 años, quien se había logrado colar hasta el patio de la Carmen Rosa, ubicada en el sector de La Patria y enloquecido por la visión crepuscular de su belleza de anémona sacó desde su lonchera un cuchillo de una punta y dos filos, desbarbados en la cuneta, y se lanzó ventana adentro. En un santiamén estuvo junto a la cama, y sin pensarlo dos veces se lanzó como gavilán pollero sobre su víctima. Pero Carmen Rosa tiene un oído privilegiado para captar la respiración entrecortada y el jadeo urgente de los extraños. Despertó y recibió la primera acometida con un feroz rodillazo en el entrepiernas del atacante. El Mario sintió que las criadillas se le convertían en puré, pero no fue todo. A continuación la mujer probó su dentadura y el arado de sus uñas en cuanta presa sobresalía más de una pulgada del cuerpo del frustrado violador vespertino y cuando el hombre soltó el cuchillo para restañar la sangre que manaba de las heridas de su cuello, la Carmen se apoderó del arma y lo hundió una y otra vez en su perjudicador.

Una hora más tarde, mientras el herido era sacado en camilla rumbo al hospital, la joven madre trataba de recuperar su tranquilidad con una jarra de te bien cargado, como se usa en Tocopilla.

Para entonces, rodeada de vecinos y amigos, y a pesar de todo lo que le había pasado desde la hora del almuerzo, la Carmen aún se negaba a admitir que la vida se pareciera tanto a la mala literatura.


 
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