27 de Marzo de 2002
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No fue un padrino sino que un roto ingenioso que manejó a jueces y políticos
Autopsia revela auténtica historia de Mario Silva Leiva, el "Cabro Carrera"

Mario Silva Leiva, el "Cabro Carrera", después de Condorito fue uno de los más populares pajarracos de la historieta nacional.

(Foto: Copesa)

Una autopsia realizada a casi tres años de su muerte reveló que Mario Silva Leiva, el "Cabro Carrera" no fue un genio del crimen, un gángster al estilo de Al Capone, ni un "Padrino", como Don Corleone, sino que un simple bribón ingenioso. Un roto con chispa al que le fue relativamente bien en la vida gracias a que se sacó la cresta delinquiendo, desde que era apenas un mocoso en el barrio del Matadero, hasta que llegó a la cúspide de su carrera como empresario y narcotraficante.

Los resultados de la autopsia se conocieron ayer, cuando el periodista Ignacio González Camus lanzó al mercado "Los cien rostro de Don Mario", un libraco que resume la accidentada trayectoria del personaje que pasó a mejor vida el 19 de julio de 1999, fulminado por un infarto mientras se encontraba detenido en la cárcel de San Miguel.

Su muerte originó uno de los más estrambóticos entierros de que se tenga memoria en los anales de la funeraria capitalina, con nutrida asistencia de choros chantados, lanzas, coleteros de la policía, prostis en retiro y en servicio, y otras estrellas de la aristocracia y el perraje del hampa nacional.

Vino hasta un narco argentino, buscando en seis paises, que se paseó como Pedro por su casa por el domicilio del Mario, en calle Dávila Larraín 1968 y después por el camposanto. Llegó acompañado por tres guardaespaldas cubanos cebados en Miami y dos minas escalofriantes, que fácilmente podrían quedar entre las finalistas de cualquier concurso de belleza a este o al otro lado de la cordillera de Los Andes.

La existencia mitológica del "Cabro Carrera" está contenida en 307 páginas plagadas de anécdotas que el autor recopiló entrevistando a quienes lo conocieron, revisando los expedientes judiciales y las publicaciones de prensa.

"El libro no pretende enjuiciar al delincuente, sino que pintar a Mario Silva, a su familia y a su entorno", dijo el autor de la biografía no autorizada del cabro que partió como lanza y cartillero y terminó sus días como el blanco de la llamada "Operación Ana Frank", una diligencia internacional montada por Investigaciones y el Consejo de Defensa del Estado para enjaularlo.

Las historias sobran porque el hombre tuvo santos en todas las cortes. No sólo en la Corte de Apelaciones, donde el ex fiscal Marcial García Pica se decía "su ahijado", sino que también en el Parlamento.

El libro rescata una intervención del entonces diputado radical Florencia Galleguillos, quien una tarde, seguramente después de un copioso almuerzo en una picá de calle Morandé, lanzó un fogoso discurso a la hora de los incidentes en defensa de Mario Silva Leiva, exigiendo que cesara la persecución policial "contra un hombre que ya se ha rehabilitado".

También la eterna lucha del Mario por ser aceptado en la sociedad, y que empezó tempranito.

Por los años '50 resultó herido tras un ajuste de cuentas y tanto él como su rival cayeron en la Posta, donde faltaban hasta las vendas. Después de mandar a comprar no sólo las que necesita él sino que también las de su enemigo, se hizo trasladar hasta la clínica Santa María, la más encopetada de la capital.

Allí fue atendido a cuerpo de rey hasta que al segundo o tercer día los administradores del recinto, al observar la calidad de las visitas, que dejaban los pasillos hediondos a pachulí, decidieron que se había producido un milagro médico de recuperación instantánea y lo dieron de alta, para deshacerse del incómodo paciente.


 
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