Sin saber por qué mató y antes de conversar en la dura con él, cualquiera pensaría que Julio Sepúlveda tiene el alma cargada al negro o que es uno de los más fieros de este piño de reclusos. Sin embargo el condenado, a quien la mayoría apoda de tata por sus 71 calendarios, muestra en cada palabra arrepentimiento y el deseo de salir del hoyo.
Como buen "vaquero" del predio de San Clemente, cuida con lupa a las reses, a pesar que de vez en cuando mete la sopera en las verduras y se cachiporrea de ser uno de los titanes que hicieron posible la entrega de 500 cebollas por semana al penal de Talca, de la mano con repollos y betarragas.
Hasta que se pegó el costalazo en materia delictual le ponía pino a las labores campechanas en diversos fundos del área cercana a la ciudad del Piduco. "Para mí, el pasto y los árboles son vida nueva y sana. Creo que me voy a morir faenando en el agro. Y sobre todo si lo hago aquí; llegué en agosto del año pasado y los tres años que me quedan espero completarlos sacando frutos a la tierra", planteó.
La condena por homicidio es de 5 años y un día, "que estoy dispuesto a cumplir sin deprimirme, sino impulsado por mi familia y lo que quiero para mis tres hijos. Ellos me tendieron la mano y saben que cuando ocurrió el hecho me estaban pegando. Fue una pelea por tierras y tuve que defenderme, pero por mala pata el atacante se murió. Yo no quería quitarle la vida", aseguró.
Julio Sepúlveda sale todos los viernes y vuelve los domingos, vive con dos nietos que son su ilusión y no me dan ganas de arrancarme. Este es como mi segundo hogar", concluyó.
FX
Humberto Peragallo
El tata Julio Sepúlveda, 71 peras, cuida los vacunos del predio, mientras cumple su condena de 5 años y un día.