11 de Agosto de 2002
CRONICA
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Tata homicida cuida vaquitas
Sin saber por qué mató y antes de conversar en la dura con él, cualquiera pensaría que Julio Sepúlveda tiene el alma cargada al negro o que es uno de los más fieros de este piño de reclusos. Sin embargo el condenado, a quien la mayoría apoda de tata por sus 71 calendarios, muestra en cada palabra arrepentimiento y el deseo de salir del hoyo.

Como buen "vaquero" del predio de San Clemente, cuida con lupa a las reses, a pesar que de vez en cuando mete la sopera en las verduras y se cachiporrea de ser uno de los titanes que hicieron posible la entrega de 500 cebollas por semana al penal de Talca, de la mano con repollos y betarragas.

Hasta que se pegó el costalazo en materia delictual le ponía pino a las labores campechanas en diversos fundos del área cercana a la ciudad del Piduco. "Para mí, el pasto y los árboles son vida nueva y sana. Creo que me voy a morir faenando en el agro. Y sobre todo si lo hago aquí; llegué en agosto del año pasado y los tres años que me quedan espero completarlos sacando frutos a la tierra", planteó.

La condena por homicidio es de 5 años y un día, "que estoy dispuesto a cumplir sin deprimirme, sino impulsado por mi familia y lo que quiero para mis tres hijos. Ellos me tendieron la mano y saben que cuando ocurrió el hecho me estaban pegando. Fue una pelea por tierras y tuve que defenderme, pero por mala pata el atacante se murió. Yo no quería quitarle la vida", aseguró.

Julio Sepúlveda sale todos los viernes y vuelve los domingos, vive con dos nietos que son su ilusión y no me dan ganas de arrancarme. Este es como mi segundo hogar", concluyó.

FX Humberto Peragallo El tata Julio Sepúlveda, 71 peras, cuida los vacunos del predio, mientras cumple su condena de 5 años y un día.

Los 12 fines de semana que le han permitido salidas, Jorge Salas Macaya los lleva contados en la uña: Para él simbolizan un premio a lo que considera buen comportamiento. Es uno de los más lolos del CET, con 25 pirulos, y le falta un resto para completar los 5 años y un día del largo camino sin libertad completa.

"Llevo aquí 9 meses por robo con fuerza. Sé que es malo y tengo que aguantar", acentúa este temporero de la fruta, acostumbrado a jornadas de sol a sol, "porque cuando uno efectúa pegas de verano tiene que machucárselas más, y yo no le hago asco al trabajo", acota.

Indica que nunca la cortó a cincel, pero tampoco pasó verdadera hambre. Se embuchaba, entre diciembre y marzo o abril, 6 luquitas al día, "pero después supe que sin contrato no tenía derecho a previsión para cuando jubile, ni beneficios en atención de salud".

Le quedó grabada para siempre en su disco duro la pena de su madre y 5 hermanos, cuando lo hallaron culpable y lo confinaron. "Lo bueno que no es estar entre cuatro paredes, sino que aquí laboramos al aire libre y nadie nos está soplando en la nuca", comenta, refiriéndose a que ningún gendarme lo anda sapeando por el rabillo del ojo.

Se le llena la cara de risa cuando se acercan esos ansiados fines de semana, no sólo por lo que los estruja, sino porque así se anota porotazos para conseguir la libertad provisional.


 
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