13 de Febrero de 2003
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Como fin de fiesta arrancaron con 5 millones en especies
Entraron a robar, destrozaron la casa, cocinaron, tomaron whisky y durmieron

Jéssica Muñoz regresó sola de las vacaciones, para que la family no se diera cuenta del manso choreo y vandalismo en la casa.

(Foto: Hernán Cortés)

Con la tremenda pálida quedó Jéssica Muñoz, cuando el martes en la tarde regresó de vacaciones a su palacete en Puente Alto, y cachó el manso chiquero que le dejó una banda compuesta por al menos tres patos malos, que ingresaron a su hogar para chorear especies, dormir a pata suelta y chupar como condenados. La afectada avaluó el robo en cinco millones, aparte de los daños.

Los delincuentes entraron a la casa de doña Jessi, 33 años, en la madrugada del lunes, cuando se encontraba junto a su familia disfrutando en Chillán. Pero un cuernofonazo de un amigo de su esposo, para advertirle sobre el pastelito, hizo que pescara todas sus pilchas y rajara a mil por hora hasta Santiago.

Hoyos a las piezas

A llegar, la chiquilla quedó como cremino al ver que los malandras habían destrozado la puerta de entrada y que, en el interior, los malulos hicieron los tremendos forados en el cielo de la casa, para entrar a las piezas que se encontraban con llave.

De tanto gastar energías, a los delincuentes les dio hambre y sed, sobre todo de esto último. Por eso, tranquilamente se prepararon una contundente comilona y se zamparon un whisky que la dueña de casa tenía reservado para su padre.

Arriba de la pelota y con la guata más hinchada que perro envenenado, los malhechores, en su afán por encontrar especies de valor, dejaron la mansaniqueca, al punto de convertir un humilde pero ordenado hogar en un verdadero chiquero. Y, para más remate, los perejiles eran hediondos, y dejaron más fuerte que un camarín de fútbol de barrios.

"Me vine sola para que mis hijos no vieran lo que pasó. Cuando llegué no podía creerlo. Estos hombres aparte de robarnos algunas cosas, dejaron la tremenda tendalada por pura maldad. ¿ Por qué no robaron y se fueron, no más?", se quejó la afectada.

Hasta durmieron

Por si fuera poco, cuando el car'e gallo comenzaba a mostrar sus primeras plumas, los malandras ingresaron a la pieza de los peques de Jéssica y se pegaron una pestañada por un buen rateli.

Al despertar con la media cañufla, decidieron que ya era hora de irse bien cargaditos. Así que agarraron ropa, bandejas de plata y electrodomésticos y apretaron cachete rapidito para no ser vistos por los vecinos.

Sin embargo, como los tontorrones andaban con la lesera de seguir choreando, dejaron amontonados en un esquina un lote de ropa, volviendo al rato por ella. De hecho, el más patudo se puso un terno nuevito del marido de Jéssica.

En ese momento, los perejiles agarraron dos bicicletas. Al intentar sacarlas por arriba del portón, la vecina de enfrente cachó la movida y gritó a todo pulmón: "¡Qué andan haciendo, imbéciles!". Pero como éstos salieron, además, maleducados, le respondieron con un tajante: "¿Qué te importa, querís que te roben a voh, acaso?".

"No entiendo cómo los vecinos no escucharon nada en la noche. A lo mejor sintieron o vieron algo, pero están asustados o amenazados. Al menos, todo pasó cuando no estábamos", se resignó Jéssica.


 
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