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| 26 de Mayo de 2003 | |||
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"After hours" de Buenos Aires son el paraíso de la droga sintética Lolos cuicos viajan a Argentina para puro aperarse de éxtasis Jaime Salas
"Sin saberlo, estos jóvenes se convierten en traficantes, aunque sólo les conviden a sus amigos, y arriesgan penas de cinco años y un día como mínimo", señaló la diputada María Pía Guzmán (RN). La razón que, según la legisladora, esgrime la cabrería para hacerle arcadas al éxtasis criollo y preferir el que se produce y comercializa en discotecas de allende los Andes, es que es de mejor calidad. "No les gusta el comercializado en Chile, lo encuentran peligroso, y por eso prefieren viajar a Argentina. Se lo traen escondido en envases de sacarina", agregó. Por lo mismo, llamó a las papurris a parar las antenas si cachan que sus retoños jóvenes, grandotes y de no más de 65 kilos de peso, andan con envases de sacarina para pasar piola. "El gran problema es que para las policías se hace muy difícil, por no decir imposible, detectar su consumo", indicó la parlamentaria. Otros síntomas de alerta son: Llegar a la casa después de las seis de la madrugada; hacerlo sin olor a copete; tomar agua como legionario y, además, andar eufórico. El éxtasis hace que quien lo consuma deba estar constantemente hidratándose. De ahí que en los carretes donde la droga hace furor se privilegie el tomar abundante agua por sobre el alcohol. Si se lo mezcla con tragos fuertes el resultado puede ser fatal, por eso una botellita de mineral puede llegar a costar fácil dos mil pesares. La porquería, que puede provocar otros efectos adversos, tales como hipertensión, arritmias y convulsiones, se utiliza también para ponerse cariñoso y estimular la actividad sexual. El perfil general de quienes la consumen corresponde a machotes del nivel socioeconómico alto, de entre 26 y 34 años, por cuanto una simple pastilla puede llegar a costar 12 mil piticlines. El tema no es menor si se considera que de acordeón a un reciente estudio del Conace, en escolares de octavo básico a cuarto medio,18 de cada 1.000 pingüinos le ha hecho al éxtasis al menos una vez en su vida.
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