Pocos saben que Manuel Ahumada Lillo, el "Negro" Ahumada, guarda un dramático testimonio sobre las torturas que sufrió tras el golpe de Estado del '73, cuando fue detenido por militares a sus cortos 17 años y "fusilado" tres veces, quedando muerto en vida. Esta verdad la ocultó bajó su trabajo de dirigente sindical, pero hoy, a 30 años de los hechos, saldrá como crudo relato en un libro que le costó más de una lágrima: "Cerro Chena, Testimonio".
Ahumada, de oficio lavaplatos y presi de la Confederación de Trabajadores Gastronómicos, se apresta a lanzar el texto para así saldar una deuda con sus compañeros del centro de torturas de Cerro Chena (Escuela de Infantería del Ejército de San Bernardo), a quienes les prometió contar esta desgarradora historia.
"En un momento llegamos a la convicción de que nos iban a matar y dijimos 'el que salga vivo de esto tiene que contarlo'. Los mataron a todos, menos a mí, así es que estoy cumpliendo con la memoria de los viejos", señala.
Aunque fue el único de los 12 amigos que no terminó muerto y desaparecido, estuvo cerca. Le hicieron tres simulacros de fusilamiento y en cada uno sintió que algo suyo moría.
Tres veces llegó a convencerse de que había fallecido, lo que es casi lo mismo que morir. La experiencia lo marcó para siempre: lo hace ser temeroso de la muerte, arisco, pero también emprendedor como él solo. De esto, del drama de la tortura, del compañerismo en la desgracia, de la nula posibilidad que le ve a la reconciliación y de cómo el daño no tiene reparación, habló con La Cuarta.
Corría septiembre del '73. Ahumada cursaba el Cuarto Medio y llevaba cinco años en las Juventudes Comunistas como muralista de la Brigada Ramona Parra. Todo iba bien salvo por "una vecina momia" que cuando llegó el golpe lo acusó de tenerla a ella en la lista -inexistente- del Plan Z. Después que los aviones bombardearon La Moneda, lo buscaron hasta debajo de las piedras. Él estaba donde una tía, hasta donde llegaron, el 19 de septiembre, dos militares.
"Me llamó la atención lo amables que fueron -recuerda-; se presentaron y dijeron que al día siguiente yo volvería. Cuando me sacaron de la casa vi la cara real de ellos, porque me pegaron cualquier culatazo". Ahí comenzó su pesadilla.
-¿En qué momento se dio cuenta que la cosa no era un trámite, que era más grave?
- Ese mismo día, cuando llegamos a la entrada del cerro Chena. Me pusieron una huincha adhesiva en los ojos y me pegaron un combo a mansalva que me voló tres muelas. Ahí me dije esto sí que es grave. Vino la primera tortura: me pusieron sentado en el parachoques delantero de un jeep y éste comenzó a recorrer una pista de motocross. Si me movía, me atropellaba. Después me terminé de convencer que era muy grave, porque conmigo estaba detenido un sobrino de Sergio Diez, del mismo que fue a la ONU a decir que acá no se violaban los derechos humanos. Era una cosa de locos.
-¿Los apremios continuaron?
- Claro. Después me mostraron el arma que habían encontrado en casa de mi tía. Era para reírse: una honda. Me interrogaron sobre dónde tenía escondidas las otras armas, me pegaron durante dos horas y me metieron la cabeza en un barril con caca y pichí. Tragué de todo y me ahogaba... Fue asqueroso. Como no cooperaba, me dijeron "te vamos a matar".
- Ahí vino el primer fusilamiento.
-Sí. Siempre vendado, me amarraron con alambre a un árbol. Siento los rifles, dicen fuego y salen los disparos. Cuando dicen fuego, hubo una fracción de segundos en que vi clarito a mi mamá y el mar ante mis ojos. Después salen los balazos y me digo: "Me morí y no sentí nada". Me alegré porque no me había dolido, pero una tremenda risotada me despertó del trance.
-¿Cómo se sintió, entonces?
- Me estaba mentalmente muerto. Estaba seguro que todo había acabado, fue como dar un paso hacia la nada y eso es estar muerto. La sensación es maravillosa. Cuando muera, quiero que sea así, rápido, sin dolor... Pero estaba vivo y aún me quedaba mucho por sufrir.
-¿Realmente se sintió decepcionado de haber quedado vivo?
-No, pero la muerte no parecía tan mala. Después de tanta tortura, yo lo único que quería era que me liquidaran. Nos trataban como animales. Ellos se encargaron de convencernos de eso porque nos tenían sucios, hediondos y sin poder ir al baño...
-¿Cuándo ocurrieron los otros dos simulacros?
- Después vinieron días de una rutina perversa. Nos levantaban y comenzaba la tortura. Paraban al almuerzo y seguían hasta la noche. El 28 de septiembre entró alguien al cuarto donde estábamos y dijo mi nombre. Respondí y me preguntó cuál era mi ultimo deseo. Yo tenía unas ganas locas de fumar así que pedí un cigarrillo y me lo dio. Luego me puso la pistola en la cabeza y escuché el balazo. De nuevo estaba muerto y todos mis amigos sabían que estaba muerto, porque este gallo les dijo 'si no cooperan les va a pasar lo mismo'. Como tenía una mordaza, no podía hablar y todos juraban que había muerto.
El "Negro" cuenta que dos días más tarde vino una jornada de tortura feroz, que sólo paró para hacerlos cantar el Himno Nacional y gritar "Viva mi general Pinochet". Después los tiraron apilados en lotes de cinco en un camión y emprendieron viaje a Santiago. En la carretera, a la altura de Ochagavía, los bajaron, los alinearon y de nuevo. Apunten, fuego y la descarga. De nuevo creyó morir, pero nada. Los militares abordaron los camiones y los detenidos iniciaron una nerviosa huida. No todos vivieron para contarlo. Ahumada llegó a su casa y se dio cuenta que su pieza estaba intacta, como la de un muerto.
-¿Cuál fue el costo mental de esta terrible experiencia?
-¿Qué piensas tú? He tenido problemas... Mi mamá me cuenta que a los cuatro años que volví, en la noche sentía ruido de camiones y me levantada dormido y me ponía las manos en la nuca... Más allá de eso, quedé con temor para caminar en la oscuridad, temo que la muerte sea larga y dolorosa, no tengo amigos, quedé con dificultad para mantener relaciones prolongadas...
- Fuerte.
- Pero ya lo tengo asumido. Lo que más me duele es que por esa dificultad afectiva no fui buen padre. Engendré, pero no fui padre, me porté como las huevas como papá. Ahora vivo solo.
-¿Por qué nunca había contado esto?
- Nunca quise mezclar las cosas. Una es el sindicalismo y otra la memoria de los viejos que estuvieron presos conmigo. Nunca me quise aprovechar.
-¿Cree que es posible la reconciliación a 30 años del golpe?
- No, no. ¿Cómo me voy a reconciliar yo si no le he hecho daño a nadie? No me vengan con huevadas, yo no me tengo que reconciliar con nadie. No creo en la reconciliación, no le voy a creer a Longueira, que es de la misma derecha que antes ocultó todo. No le voy a creer a mis torturadores, que en los careos dicen que miraron no más. Cuando el huevón que me torturó a mí reciba la condena que le corresponde, ahí me quedaré medianamente tranquilo...