05 de Enero de 2004
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El querido Normandie se niega a morir
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De lo bueno poco

 
Alex Doll, caperuzo del tradicional reducto de cine arte, lamenta que "a la gente ya no le guste pensar"
El querido Normandie se niega a morir
(Abel Fuchslocher L.)

El proyectista Agustín Bustos pasó de poner películas de Cantinflas a filmes de David Lynch. El cambio no lo marea porque "yo hago mi pega no más".

(Foto: Humberto Peragallo)

Cualquier película este verano 2004
Como parte de sus movidas para mantenerse a flote y entregar cine del bueno, el Normandie mostrará 41 películas en su Festival del Verano 2004. Dentro de los filmes que se exhibirán en la fresquecita sala destacan dos cototos pre estrenos.

Uno es Dogville, que se presentará el 16 y 17 de enero, dos semanas antes de su estreno oficial en las salas comerciales. La cinta es protagonizada por la Nicole Kidman y es la última obra del director Lars Von Trier, un danés famoso por crear la vanguardista corriente cinematográfica Dogma.

El otro es Un Gran Ladrón (30 y 31 de enero), de Niel Jordan, el dire de Entrevista con un Vampiro y El Juego de las Lágrimas. Se trata de un viejo apostador que, achacado por la mala suerte, intenta robar en el casino.

Además de estos peliculones, la antigua proyectora mostrará el re estreno de Tiempos Modernos, de Chaplin, y las aplaudidas cintas Ciudad de Dios -violentona obra brasileña-, 800 Balas, El Pianista, El Topo -del chileno Jodorowski-, Irreversible, La Comunidad, Plata Quemada y En el Nombre de Dios.

El monstruo de siete cabezas de las multisalas de cine se quiere vivo al cine arte Normandie, uno de los últimos reductos de filmes más cabezones. Pero no se lo traga. La pequeña sala de calle Tarapacá se niega a parar las bancas y sigue a flote métale películas de calidad para su incondicional séquito de cinéfilos. ¿Una muestra? Este verano exhibirá nada menos que 41 cintas.

El Normandie fue inaugurado por los socios Alex Doll y Sergio Salinas -que siguen a cargo- en 1982, en la Alameda cerca de Plaza Italia, donde hoy está el cine Alameda. Ahí llegaron a su apogeo, teniendo como promedio 15 mil espectadores por mes. El concepto era dar buena películas que no se estrenaban en Chile.

A comienzos de los '90 comenzaron a guatear económicamente y debieron cerrar la sala. Seguros de que el cine no se iba a reabrir, se vivió una jornada memorable en la última función -a beneficio de los funcionarios-, cuando llegaron 2 mil personas a la sala, que era para 800.

En 1992 abrieron en la actual ubicación, Tarapacá con Zenteno, y cambiaron el concepto hacia una programación de repertorio, con ciclos de autor, tendencias o época. Pero nunca fue lo mismo. La asistencia nunca supero las 8 mil personas al mes. Los grandes cines con multisalas, Hoyst y Cinemark, habían llegado para quedarse y se mezclaron con la filosofía de mall, la comida chatarra y sobre todo el marketing. Combinación que tiene por las cuerdas al cine arte.

Falta más reflexión

Alex Holl es ingeniero de la Chile. Hace casi 30 años se le metió la idea de abrir un cine arte y ahí cachó que lo suyo eran las películas. De ahí no lo saca nadie; ahora tiene la empresa del cine, Filmoarte, y la distribuidora Los Filmes de la Arcadia, con la que le va mejor que con el Normandie. De hecho, está subsidiando con ella al cine.

La situación actual no la ve como una pelea entre los grandes cines y el pequeño cine arte. "Esto es una cosa cultural, social", corrige, y después de pensar unos segundos se explaya: "Estamos en una época en que las películas idiotas tienen éxito. ¿Por qué? Porque la gente no quiere pensar, no quiere reflexionar. La cultura ha sido muy subvalorada en los últimos 15 años. El cine arte requiere una atención más importante. Qué pasa ahora: la persona va al Hoyts y no tiene idea qué película va a ver, va rápido, llega, mira la cartelera y elije. Fácil. Pero eso no es todo, tú puedes ir a ver una película fácil, pero también tienen que tener lo otro, el arte, la reflexión".

Holl le tiene sacada toda la película a su público. Cuenta que "la gente que viene acá es cíclica. Vienen alumnos de enseñanza media, después son universitarios y vienen más, pero después se casan, tienen hijos, trabajan, tienen tarjeta de crédito y esa es su vida. ¿Por qué la gente que venía antes ahora no lo hace? Es una cosa cultural. Hay poco gente que le interesa la cultura".

Las campañas del Normandie, como la de los Amigos del Cine, con mil socios al año, y los eventos especiales tienen el objetivo de recuperar el público perdido. "Hay gente que se satura de tanta acción, efectos especiales y marketing. Esa es la gente que vuelve", cuenta Doll.

Ni hablar del Gobierno

En el primer semestre del 2003, agobiados por la situación del cine, los dueños del Normandie lanzaron una campaña para salvar la sala y las más de mil películas que tiene en su archivo. Aunque el público subió ene hasta septiembre y todos trataron de evitar el naufragio, no se consiguió el objetivo principal: que los bancos les prestaran plata, algo que le niegan año tras año por exhibir balances negativos.

"Ni siquiera el BancoEstado nos prestó el dinero", dijo Doll. "Y se supone que el Estado apoya la cultura".

Al consultarle por qué, dio a entender que esperaba un gobierno de la Cultura, pero no pasó nada. "La verdad es que estoy decepcionado y cansado del gobierno", se soltó.

Y siguió: "La cultura no se toma en cuenta, no se subsidia... Pero lo que no saben es que gastando en cultura, en arte, se disminuyen los costos de drogadicción y delincuencia".

Aunque desde La Moneda no los apuntalen -a través del banco estatal-, seguirán moviéndose hasta que el Normandie levante cabeza, porque "la idea es que se solucione la cosa ahora y no cuando el cine desaparezca, ahí todos se lamentarían, pero no es la idea. Esto del cine es vocacional y por eso vamos a luchar mientras podamos".


 
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