Hace 17 años que Javier Riquelme comenzó a laburar en la Federación de Fútbol, junto a Manuel Burboa. A poco andar le ofrecieron hacerse cargo de la utilería en la ANFP "y yo no tenía idea de esto, pero aprendí solito, hasta que me quedé".
Casado, con dos hijos que próximamente recibirán sus respectivos títulos de ingenieros y que "no tienen nada que ver con el fútbol", Riquelme se siente a sus anchas mientras limpia los tatos de los astros a un costado de la cancha de entrenamiento.
Reconoce que de los partidos ni se entera, "porque yo me preocupo también de la seguridad del vestuario, de las pertenencias de los técnicos y jugadores". Por eso, cuando la "Roja" adulta jugó en Buenos Aires, el año pasado por las eliminatorias, mandó de un ala fuera del vestuario a un notero chanta de la tele que pretendía instalarse en el recinto, y en cámara.
Admitió que la pega le ha obligado a permanecer "muchas veces alejado de la familia. Para el Mundial de Francia estuvimos 33 días, en Qatar fueron 25 días. A Sydney no fui, porque en ese momento estaba trabajando con la adulta...". Pero acepta este anónimo trabajador, que facilita la tarea a quienes dan la cara por Chilito, que "así es este trabajo y trato de hacer lo mejor posible".