14 de Abril de 2005
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Universitario profanó Cementerio de Molina y huyó con dos finados completitos al hombro
Cayó pailón que robaba huesitos
Se sentía en desventaja ante sus compañeros, que contaban con sets completos de costillares, fémures, chuletas y esternones
P. Riquelme / M. Vega

esqueletoteca: El cabro creyó que el patio de los callados era una Esqueletoteca Pública y sin pedirle permiso a nadie, sacó dos finados para estudiarlos a fondo.

(Foto: Copesa)

Con dos calaveras al hombro y un tremendo sentimiento de culpa penándole en el cráneo, se entregó en las últimas horas a la justicia el profanador de tumbas del Cementerio de Molina. ˇÑaca, ñaca, ñaca!.

El inexperto exhumador resultó ser un estudiante universitario de 17 años, identificado sólo como J.P., quien se vio obligado a seguir los siniestros pasos del satánico Doctor Mortis por razones académicas, ya que necesita con urgencia un set de huesos reales para preparar sus clases de anatomía.

Complicado

Tras presentarse ante Miguel Gajardo, el fiscal que instruye la causa, el pailón quedó sometido a proceso, en calidad de imputado, por el delito de "violación de sepulcro", numerito que tiene una pena que va de los 541 días a tres años de canela.

Según la Fiscalía, el cabro vive en Molina, pero estudia una carrera universitaria en Talca. Hace algunos días el aprendiz de sepulturero cachó que no podía seguir estudiando cómo funcionan las bisagras y resortes del human body en una vulgar lámina, mientras sus compañeros le sacaban ventaja porque contaban con auténticos costillares, fémures, esternones, chuletas y omóplatos.

Cuando preguntó dónde se conseguían ese material didáctico, los mateos le explicaron que se heredaban de generación en generación, por lo cual, algún día, él también tendría acceso al stock de esqueletos de la facultad.

Como J.P. no podía esperar, porque las pruebas se le venían encima, se dirigió cara de raja al Cementerio de Molina a pedir algunos huesitos, pero allí le fue como la mona, porque existe todo un protocolo sanitario para conseguir hasta un modesto peroné.

Acorralado entre la burocracia lapidaria del camposanto y la urgente necesidad de poseer su propia calavera de estudio, el cabro, junto a dos amigos, ingresó la noche del 4 de abril al patio de los callados y se robó dos finados completitos. Y ésa es toda la historia.


 
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