El jefe, Marcelo Lippi, caminaba a camarines mientras empuñaba una y otra vez ambas manos. Repartía abrazos como en Año Nuevo. De fondo, Fabio Cannavaro y Gianluigi Buffon chocaban las cabezas como dos curaditos. "Te quiero, weón", se deben haber dicho al mismo tiempo. Se habían salido con la suya: Estaban en la final.
Al otro lado, Jurgen Klinsmann aplaudía para levantarle el ánimo a Miroslav Klose. El goleador le pegaba a una botella, imaginando que si hubiese tenido una de las cuatro que farreó Podolski, quizá la historia hubiera sido otra.
Les dolía a los ottos. Es que ni la mafia siciliana hubiese tramado una muerte tan dolorosa, con pepas azzurras en los dos últimos minutos del alargue. Fue Grosso el primero en clavar un puñal ídem, cuando Pirlo metió un pase exquisito. Y Alessandro Del Piero, tras patriada de Cannavaro, los remató.
Corre entonces el premio para los tanos. Apretaron y buscaron en el primer tiempo sin éxito. Y cuando vieron que Alemania se venía, aplicaron catenaccio hasta el momento justo, cuando Lippi, contra toda lógica ratonil, metió a Del Piero en el segundo alargue para ganarlo. Jugada maestra que vale una final.