En fiestoca total terminó el Stadio Italiano luego de que la azurra se proclamara como la selección más capi del Mundial de Ottolandia.
Cientos de tanos residentes en este angosto calcetín de terruño repletaron cuatro salones del tradicional centro de reunión italiano con grandes piños familiares que llegaron con la carachos pintados y banderas, desde teclitas nonas hasta el último peque veían la trascendental mocha con los cacheturris apretadinis.
Los fanáticos del cuadro capitaneado por Fabio Cannavaro se la sufrían toda en la mocha al ver como los franchutes dominaban el encuentro. Pa' pasar el churretini se dedicaron a engullir pizzas, empanadas y pastas, mientras bebían varios litrelis de cerveza.
Las pechochas italianas, que miraban con angurri la mocha, sólo se relajaron cuando por los parlantes empezó a sonar una tarantela y sus esculturales figuras hipnotizaban a la gallá. Andrea, una tana de tomo y lomo, pedía que entrara su ídolo Del Piero y sapeaba la mocha con el cuore en la gargantini, mientras los machotes verseaban por un triunfo segurote.
Felice
En la segunda pata del complemento llegó las expulsión del dolape Zinedine Zidane, los italianos festejaron más que una pepa propia la salida del líder galo, los ojos les empezaban a brillar y la posibilidad de acariciar la Copa se acercaba. Pero el tiempo se fue y llegaron los temidos penales. A Italia siempre le ha ido como el loly en este tipo definiciones. Los tanos rezaban. Giancarlo, un viejote pailón, arrodillado se tomaba la medalla del cogote y le pedía a San Gennaro y San Pateste ser campeón. Cuando levantaron el trofeo, Giancarlo lloraba a moco tendido como un cabro chico. La fiesta se desató en el Stadio Italiano, todos cantaban L'Italiano, bailaban y se las emplumaron a la Plaza Italia tocando la bocina de sus tocos.