La historia de la música fantasmal que aún pena en el palacio Rioja

Había mandado a construir un palacio donde antes estaban las ruinas ocasionadas por el terremoto de 1906, era como un desafío a la naturaleza, una reafirmación de su potencia en la vida social y en los negocios. Fernando Rioja, español de nacimiento y enriquecido en el Nuevo Mundo, en Chile, en Viña del Mar, para ser precisos, quería lo mejor para sí, y así fue.

En 1909 el diseño y la construcción le fue encargado al arquitecto Eduardo Azancot, sobre los terrenos de la antigua Quinta San Francisco, que perteneció a otro magnate: José Francisco Vergara.

La propiedad se alzó en pocos años y destacó por su imponente forma y amplios jardines con flora exótica, no conocida en el país, algo que dejó a la sociedad porteña con la boca abierta ante semejante belleza.

La obra era una dimensión de sí mismo, de su ego, de su potencia, pero estaba incompleta, porque requería una mujer a la altura de tal magnificencia y salió a buscarla entre la alta sociedad. Y la halló: una joven hija de un aristócrata español.

El quiebre

Comenzó a cortejarla y pronto contrajeron nupcias en medio de la pompa y el boato. Todo era luces y felicidad… pero pronto vendrían las sombras, el sufrimiento y la historia sobrenatural.

Rioja devolvió a su flamante amada cuando supo que no era virgen. La familia de la dama debió acogerla cuando ésta confesó que era amante del chofer de la familia. El español, lleno de ira, no aguantó la situación y mandó a matar al culpable de su infelicidad, quien fue enterrado en los patios del lugar sin que nadie sospechara el motivo de su partida.

Entre algunos trabajadores comenzaron a preguntarse por la desaparición del hombre, pero nadie tenía información certera, hasta que un día comenzó a aparecer en la casa con su espíritu espectral. Así se manifestaron los primeros indicios de que el palacio estaba embrujado, pero recién era el comienzo.

Pasaron los años y en el mismo lugar Rioja falleció dejando esa mole de cemento en el corazón de Viña al cuidado de su familia, que por razones de diversa índole no pudo frenar el deterioro de la propiedad. A la par de la ruina del palacio, los hechos paranormales se volvieron más cotidianos, situación que alarmó a los vecinos, quienes comenzaron a convivir día a día con estos sucesos.

Piano fantasmal

Ruidos, sombras, voces y un ambiente de penumbras cubrían el edificio, mientras todos comentaban las cosas extrañas que pasaban en la cuadra. Algunos más valientes, ingresaban para experimentar lo que sucedía dentro. Desde allí relataban cómo se escuchaba sonar un piano sin que nadie lo tocara, mientras otra persona parecía avivar con las palmas el son de la música.

Pero el rumor cobró ribetes dramáticos y de pánico, cuando una noche el mismo Fernando se apareció a un grupo de jóvenes. Con el piano sonando, la figura fantasmal ataviada con la clase que tuvo en vida, enfrentó y persiguió a los muchachos, como intentando cuidar su casa. Los intrusos huyeron.

La historia que contaron hizo que cada vez más curiosos se acercaran en las noches para oír las piezas musicales que se atribuían al propio Fernando Rioja para deleite de los mortales. En ocasiones, algunos también dicen que se veía el espíritu de otro hombre ensangrentado pidiendo ayuda por los jardines del lugar, exigiendo que le devolvieran el amor que le fue arrebatado.

En 1956 el palacio fue adquirido por la Municipalidad de Viña del Mar, que lo recupero hasta convertirlo en 1971 en sede de la corporación hasta 1978. Después su uso fue destinado al museo de Arte Decorativo y al Conservatorio de Música, ubicado en el subterráneo, condiciones con la que obtuvo la calidad de Monumento Nacional.

Actualmente la gente puede visitar el palacio Rioja de forma gratuita todos los días del año. En calle Quillota entre 3 y 4 Norte. Quienes van, buscan conocer más de la cultura viñamarina, encontrando variadas muestras de arte y una arquitectura digna de enaltecer.

Aunque hay quienes siguen yendo en busca del piano de Rioja, esperando que otra vez vuelva a tocar para no sentirse tan solo en la inmensidad de su casa. Y aún suena, según dicen quienes habitan en las cercanías.