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Conoce las reglas para sobrevivir en las cárceles chilenas

Conoce las reglas para sobrevivir en las cárceles chilenas

Todos los centros penitenciarios tienen algo en común, un código no escrito. Quienes tienen el poder son los reos con prontuarios que incluyen robos millonarios, mientras que los violadores o asesinos están condenados a labores de aseo y lavado.

06/07/2018 - Autor: Brenda Martínez

Los que han estado dentro lo describen como un lugar lleno de odio, dolor y muerte. En sus paredes es posible ver las cicatrices de las peleas y las ansias de poder, las que dejan al menos un muerto a diario, el que rápidamente se convierte en un recuerdo para sus amigos, un rezo para los religiosos y un problema para las autoridades, porque no hay pruebas ni culpables, nadie sabe ni dice nada.

La población penal es una comunidad en la que hay jerarquías y reglas claras, un código no escrito que siguen los que no quieren conflictos. Cada galería tiene un jefe, el “choro”, quien se consiguió el puesto gracias a un prontuario digno de envidia: millonarios robos. No es fácil ser el mandamás, hay que ganárselo a punta de peleas, los que lo logran aseguran una mejor estadía.

Bajo ellos, están los “perros”, los que van al choque, a defender a su jefe a toda costa, y en la parte baja de la pirámide están los perkines, un puesto que nadie quiere tener.

“Los perkines son esos giles que no tienen calle, los que le roban a los vecinos, los violadores, los que matan mujeres o niños, todos los que afuera en los medios los tachan como peligrosos delincuentes, aquí son los que se van al agua o sea hacen el aseo y lavan las cosas. Los perros tampoco tienen mucho brillo, pero al menos saben pelear y esos quedan como perros de pelea, el jefe los manda a pegarle a los enemigos y los tiran al choque si es que llegan los gendarmes, total si se muere uno, siempre hay otro a disposición”, explica Aquiles Olejua, ex convicto.

La visita y el correo

Dentro de la “Ex Penitenciaría” de Santiago se puede describir la rutina de los reos por el riesgo de pelea que existe. “Todo parte temprano en la mañana, la fila del baño es eterna y nunca faltan los que se creen vivos y tratan de pasar antes. Ahí, comienzan las primeras peleas. Es increíble ver cómo los que tienen más poder son capaces de matar por mantener el respeto de los demás”, Titino, ex convicto, aclara que la situación se empeora cuando es día de visita, ya que todos quieren estar listos para ver a sus familias.

Ese día, en la entrada de la Peni las filas también son interminables. Madres, esposas e hijos que desde temprano guardan un lugar, no importa si llueve o si el calor está pegando más fuerte que nunca, tampoco les importa el denigrante proceso que se requiere para asegurarle a los gendarmes que no hay nada que ocultar: la ropa interior queda, por un momento, a un lado. Pero no les importa nada, ellas sólo intentan recuperar en unas pocas horas algo del tiempo perdido.

Simultáneamente, los reos alistan todo para recibir a sus seres queridos: arman los “camaros”, una especie de carpa hecha con frazadas que funciona como pieza para los que desean tener intimidad con sus parejas que los vienen a ver. “Los camaros son uno de los motivos más fuertes de pelea, no cualquiera instala uno, los espacios están repartidos para los jefes y los que tienen algo más de poder, si quieres instalar alguno tienes que acomodarte con otro y turnarse. Es muy común que se peleen los espacios, en la visita pasa piola, pero después se agarran con todo adentro, varios han muerto en esas peleas”, cuenta Titino.

Después de estar con la familia, todos de vuelta al encierro, la tarde recién comienza. “La mamita o la señora se esfuerza por llevar cosas para que uno esté bien, muchos piden zapatillas o ropa, pero apenas termina la visita ocupan el correo, que es una especie de cordel que se tira desde una calle a otra para cambiar las cosas por droga, pero cuando ya se consumieron todo quieren que les devuelvan las cosas, ahí parten las peleas de nuevo, la verdad es que la droga es la que realmente domina las cárceles”, explica Titino.

Las calles

En las calles y galerías de la Peni, para mantener el orden, se agrupa a los presos por tipo de delito, edad, religión y conducta. “Hay una en la que sólo hay traficantes, por lo general a ellos no les gusta que lleguen los choros a su territorio, tienen miedo de que les roben la mercancía, porque el choro es de los que pelea y no tiene miedo, los traficantes son más cobardes y se arreglan con los pacos (gendarmes) para sacar a los otros de su calle”, cuenta Aquiles Olejua.

En las galerías que reinan los choros, están los perros y perkines a disposición y desde arriba ejercen su poder. “A veces los choros o jefes admiten a algún traficante o a algún tipo que tiene movidas de droga y los mantienen bien hasta que se les acaba el ‘brillo’ o ya no pueden sacarles más provecho, los mandan a caminar no más, tienen que virarse, por lo general le dicen a los pacos que el tipo se puso de patas negras con su señora y que la ha estado llamando por teléfono, si no lo sacan luego lo va a pasar mal, ahí desaparece de la galería. Además, el jefe hace correr en las calles el rumor de que el ‘acogido’ anda de sapo con los pacos, así todos los presos agarran mala”, cuenta Titino.

Espacios de fe

Dentro de la cárcel también hay espacios para la fe y las creencias. “Todas las calles tienen una especie de capilla o lugar pequeño de oración, pero también hay una calle para los evangélicos, muchos de esos se meten ahí para estar mejor, evitan las peleas y se llevan mejor con los pacos, es casi como un beneficio”, comenta Olejua.

Abraham Pardo, predicador del Evangelio ha visitado distintas cárceles y explica que: “En una cárcel es pan de cada día que se desaten riñas, es impactante ver como ese lugar se transforma en una clase de coliseo romano (…) es verdad que muchos de los que se acercan a nuestras reuniones, que equivalen como al 20% de la población penal, lo hacen por intentar protegerse y es normal, pero al permanecer con la congregación es inevitable que sean confrontados con la Palabra (…) muchos de los presos terminan arrepintiéndose y convirtiéndose. De los que sirven a Dios en una cárcel, el 80% consigue rehabilitarse, de 10 presos, 8 cambian su estilo de vida al salir en libertad”.

Pero la calle a la que muchos quieren llegar es la que alberga a todos los que tienen buena conducta y acceden al beneficio de trabajar o realizar talleres dentro de esa calle, además de buscar beneficios de salida.

“La calle cinco es la de los bien portados, uno tiene que hacer mucho mérito para estar ahí, los pacos te evalúan con MB (muy bien). Después de cierta cantidad de anotaciones positivas accedes a esos beneficios, pero no es fácil, si en el proceso te castigan por algo, pierdes todo y partes de cero. Esa es lejos la mejor parte de la cana, ahí estás más tranquilo, pero es difícil portarse bien cuando ser el más choro te da el poder” dice Titino.

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