Lunes 20 de Febrero de 2012
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Santoral
Claudio
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El alma y el corazón de Fernando González murieron cuando perdió contra Robin Soderling en las semifinales de Roland Garros 2009. Nunca se lo perdonó: iba 4-1 en el último set cuando todo se fue a la cresta. Las esperanzas de él acabaron el 30 de agosto del 2010, cuando en el tercer set se retiró del US Open ante Ivan Dodig. La espalda ya no daba más. Y hace una semana, en los octavos de Viña del Mar, terminó por comprobar que esa energía incombustible de su brazo y mente se le había ido nomás.
Si el alma, el corazón, la esperanza, la mente y la energía se juntan y mueren, todo a la vez, ya no hay nada que hacer. Para un tenista, eso no es más que agarrar la raqueta, poner un clavo en la pared y colgarla.
No se trata de la misma energía perdida cuando empezó en esto de pasar, hasta romperse la mano, la pelotita por sobre la red…
En abril de 1998 debutaba con 17 años en Copa Davis. Terminó vomitando ante el argentino Franco Squillari, después de batallar cuatro sets. Esa energía no existía en ese instante, pero su fuego interno comenzó a forjarse, en los tiempos que Marcelo Ríos le decía al mundo quién era el mejor.
Hace más de una década, mientras veía al Feña jugar en un torneo Futuro, el Pato Cornejo me comentaba más o menos así: "Feña tiene una potencia única, le pega como los dioses, pero fíjate cuántas fallas. Así no va a llegar a ninguna parte".
Se equivocó el "Corazón de chileno". Aunque, a su favor, está el hecho de que el cabro, en esos tiempos, efectivamente le pegaba como mula con los ojos vendados. Talento puro, pero bruto, bruto, bruto. Si parecía que la muñeca, el codo o el hombro saldrían volando en cualquier momento.
Pero terminó por aprender. Lo agarró Horacio de la Peña y llegó al top ten, a punta de golpes ganadores que lo hicieron famoso en el mundo. Ganó el oro en el dobles con su amigo Massú, y si no es por una torcedura ante Mardy Fish habría jugado la final individual contra el "Vampiro", en Atenas 2004.
Sin embargo, el salto de calidad lo daría cuando decidió dejar sólo en amistad su relación con el "Pulga"…
Contrató a Larry Stefanki, el mismo que le dio el toque de maestría al "Chino", y el juego del Feña maduró. El derechazo asesino asomó sólo en el momento justo. Era tiempo del revés exacto y de ensayar un slice insistente, que le permitía dominar la jugada y atacar en el momento preciso. Los tiempos de apalear al rival habían terminado.
Y llegó al top 5, la final del Abierto de Australia, contra el invencible Roger Federer, y sus peleas por ser el maestro de la arcilla ante Rafael Nadal. ¡Sí, ante el Rafa! De ahí lo tomó Martín Rodríguez y esa maldita semifinal contra Soderling en Roland Garros. Los sueños de grandeza ya habían acabado. El resto, intentos infructuosos por ser quién ya no se era.
Llegó el día en que la energía ya no fluyó más. Y si el alma, el corazón, la esperanza y la mente no están, es la hora precisa para decir hasta aquí nomás llegamos. Gracias, viejo.