Cómo un periodista argentino frenó la invasión de EE.UU a Cuba

En abril de 1961, hace sesenta años, un grupo de opositores al gobierno de Fidel Castro, respaldado por el gobierno de EE.UU, intentó un desembarco en Bahía de Cochinos para derrocar el líder cubano. Pero terminó en un rotundo fracaso; el gobierno revolucionario conocía la operación, y en ello fue importante la actividad de un periodista argentino de la agencia Prensa Latina.


Esa mañana en que Ernesto “Che” Guevara fue a dejar a su amigo Ricardo Rojo al aeropuerto, le comentó: “Lamento que te vayas cuando la fiesta está por comenzar”. Esa anécdota, relatada en la biografía del argentino escrita por Pacho O’Donnell, detalla cómo a fines de marzo de 1961, entre los hombres más encumbrados del gobierno cubano ya se comentaba la inminente invasión de las fuerzas estadounidenses a la isla.

Todo era parte de un plan trazado en el último año de la administración de Dwight Einsenhower. La relación entre los dos países se quebró desde que el proceso cubano comenzó un giro más radical. Aunque en su origen, la revolución tuvo un marcado sello nacionalista, la reforma agraria permitió la expropiación de latifundios agrícolas en que habia intereses estaodunidenses comprometidos. De allí, ambos países entraron en curso de choque.

No solo había molestia en la Casa Blanca. Algunos líderes conservadores que habían apoyado la deposición del dictador Fulgencio Batista por parte de la guerrilla de barbudos que lideraba Fidel Castro y un carismático Che Guevara, salieron del país en busca de una nueva vida en EE.UU, apenas notaron el curso que tomaban los acontecimientos. Más con los juicios sumarios y fusilamientos a ex funcionarios del régimen anterior.

Fue entonces que el gobierno estadounidense decidió intervenir, aprovechando que en su país había gente dispuesta a correr el riesgo con tal de sacar a Fidel del poder. Pero esta vez, sería diferente. Si bien, los estadounidenses acumulaban experiencia en intervenciones militares en la región -Guatemala, Santo Domingo, Nicaragua-, la cercanía de los soviéticos con el gobierno de la isla -reemplazaron a USA como principal mercado del azúcar cubano- les obligaba a actuar con cuidado.

Un plan sin sorpresa

La operación pasó como una molesta herencia desde el gobierno de Eisenhower, al del joven John Kennedy. Apenas asumido, el 20 de enero de 1961, tuvo que hacerse cargo del asunto. “En Washington los consejeros militares de Kennedy ven a la Cuba de Fidel y el Che como un país apoyado por la fuerza de las cabezas nucleares de los misiles soviéticos, que desde Eurasia apuntaban sobre blancos estratégicos en territorio americano”, explica Pacho O’Donnell.

Kennedy, no muy convencido, dio la venia para continuar con la operación. Pero trazó sus condiciones; no habría intervención militar directa de las fuerzas armadas estadounidenses, y su rol solo se limitaba a entrenar y apoyar al grupo invasor que se preparó en Guatemala. Así se formó la Brigada 2506, que reunía excombatientes de las fuerzas armadas cubanas -muchos de ellos habían peleado contra la guerrilla de Castro- y jóvenes universitarios descontentos con el rumbo de la revolución.

Además, al nuevo presidente se le entregaron reportes de inteligencia que hablaban de una condición favorable para un gran alzamiento popular contra el gobierno revolucionario. “Según los informes el pueblo cubano estaría ya cansado de los caprichos políticos de Castro y de la mala situación económica por la que que atravesaba la isla”, detalla O’Donnell.

Pero en Cuba ya se conocían los planes de los “gringos”, y Fidel, a toda carrera organizó los preparativos para la defensa.

De espía a predicador

Casi un año antes, una casualidad le entregó a los cubanos las primeras pistas de lo que ocurría. Allí hay que hacer el vínculo con la redacción de la agencia Prensa Latina, fundada en junio de 1959 por iniciativa del gobierno revolucionario.

En la sede de La Habana se reunieron algunos jóvenes valores del periodismo latinoamericano bajo el liderazgo del argentino Jorge Ricardo Massetti, quien en su juventud había apoyado el peronismo. Allí trabajaron, por ejemplo, Gabriel García Márquez y el argentino Rodolfo Walsh, quien llegó a la agencia gracias a que conocía a Massetti desde sus años en Argentina.

Obsesivo y trabajólico, Massetti revisaba a diario los teletipos que llegaban de todas partes del mundo. Y exigía a sus periodistas máximo celo con el trabajo. Pero una jornada llegó uno que reveló lo inesperado.

Jorge Massetti

“Una noche, nunca se supo cómo, se encontró con un rollo que no era de noticias sino del tráfico comercial de la Tropical Cable, filial de la All American Cable en Guatemala. En medio de los mensajes personales había uno muy largo y denso, y escrito en una clave intrincada”, relató García Márquez en un texto que publicó en la revista colombiana Alternativa, en 1977.

“Rodolfo Walsh, quien además de ser muy buen periodista había publicado varios libros de cuentos policiacos excelentes, se empeñó en descifrar aquel cable con la ayuda de unos manuales de criptografía que compró en alguna librería de viejo de La Habana -agrega el fallecido escritor-. Lo consiguió al cabo de muchas noches insomnes, y lo que encontró dentro no sólo fue emocionante como noticia, sino un informe providencial para el Gobierno revolucionario”.

La información parecía sacada desde la páginas de una novela policíaca. “El cable estaba dirigido a Washington por un funcionario de la CIA adscrito al personal de la Embajada de Estados Unidos en Guatemala, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco armado en Cuba por cuenta del Gobierno norteamericano. Se revelaba, inclusive, el lugar donde iban a prepararse los reclutas: la hacienda de Retalhuleu, un antiguo cafetal en el norte de Guatemala”.

Rodolfo Walsh

Una vez con la información, el instinto periodístico de Massetti le llevó a buscar el golpe noticioso; infiltrarse en la base en la que se preparaba la Brigada 2506. Por ello, concibió una idea tan audaz como fantasiosa.

“Se trataba de que Rodolfo Walsh viajara al día siguiente a Panamá, y desde allí pasara a Nicaragua y Guatemala con un vestido negro y un cuello blanco volteado, predicando los desastres del apocalipsis que conocía de memoria y vendiendo biblias de puerta en puerta, hasta encontrar el lugar exacto del campo de instrucción”, detalló García Márquez.

Pero el plan fracasó. Primero, porque no contó con la venia del gobierno cubano, que se enteró rápidamente de la información descubierta en las oficinas de la agencia. Y segundo, porque cuando quiso pasar por Panamá, a Walsh lo descubrieron “por un error de información del Gobierno panameño”, señaló García Márquez.

Tiempo después, “Gabo” y Massetti hicieron un nuevo intento. Esta vez, debido a una escala forzosa en Guatemala tras un vuelo desde el Perú. “Estaba empeñado en que alquiláramos un coche, nos escapáramos del aeropuerto y nos fuéramos sin más vueltas a escribir el reportaje grande de Retalhuleu -recordó García Márquez-. Ya entonces le conocía bastante para saber que era un hombre de inspiraciones brillantes e impulsos audaces, pero que, al mismo tiempo, era muy sensible a la crítica razonable. Aquella vez, como en algunas otras, logré disuadirle».

«Que escriban pues la historia»

En Playa Girón, un balneario en la zona de Bahía Cochinos -que dio título a la afamada canción de Silvio Rodríguez que en realidad habla de un barco con ese nombre-,debía desembarcar el grupo expedicionario enviado por EE.UU. Pero el lugar era más simbólico que práctico; estaba rodeado de muchas ciénagas, el acceso era muy intrincado y lo habitaban campesinos que habían luchado junto a Fidel en la guerrilla contra Batista. Es decir, le eran totalmente leales.

La operación partió la madrugada del sábado 15 de abril con el bombardeo de las bases aéreas cubanas de Santiago, Ciudad Libertad y San Antonio de los Baños. Pero la operación no consiguió su objetivo. Pese al duro ataque de los viejos B26 pilotados por los cubanos entrenados por EE.UU, la aviación cubana no perdió a sus mejores naves y mantuvo a raya a la fuerza rival. Allí los invasores se dieron cuenta que la tarea no sería sencilla.

Además, Fidel, aprovechó de capitalizar la pequeña victoria. En un discurso pronunciado al día siguiente, en homenaje a los caídos durante el bombardeo, apeló al fervor patriótico. «Lo que el imperialismo no puede perdonarnos es que hayamos hecho una revolución socialista bajo las narices de los Estados Unidos», aseguró el barbón con su estilo histriónico y verborreico.

Castro, además, aprovechó la cercanía de una fecha simbólica; el 11 de abril se conmemoraba el desembarco de los patriotas cubanos José Martí y Máximo Gómez en 1895, para participar en la lucha por la independencia del país.

Mientras, el líder logró concentrar una fuerza de 25.000 tropas regulares (aunque muchos de ellos sin experiencia en combate) y 200.000 milicianos armados en la zona de desembarco. Él mismo lideró la operaciones en la zona y controló cada movimiento.

¿Y el Che Guevara? un accidente lo dejó fuera de la posibilidad de anotarse en la batalla. “Su pistola amartillada, en un descuido cae al piso y se dispara provocándole una herida en el cuello que milímetros no termina con su vida”, cuenta O’Donnell. El argentino permanecerá hospitalizado durante los días decisivos.

Los 1.200 hombres de la Brigada 2506 iniciaron la operación la madrugada del lunes 17 de abril. En principio avanzaron sin mayor resistencia, pero muy luego se dieron cuenta que el bombardeo del día 15 había fracasado. Los aviones de la Fuerza Aérea Revolucionaria cubana aparecieron de repente en la playa, y los invasores debieron contentarse con ver, impotentes, como la aviación de Castro destruyó los barcos que traían el armamento y dejó fuera de acción a los B26 de apoyo.

Acosados por las fuerzas del gobierno, los rebeldes esperaron todo el día por más apoyo aéreo. Pero desde Washington, el presidente Kennedy fue enfático y no lo permitió. Si lo querían, los rebeldes debían conquistar un aeropuerto cubano. Un imposible.

El combate duró 66 horas y dejó en las ciénagas y playas los cuerpos de 161 defensores y 107 agentes de la brigada invasora. Además fueron capturados 1.189 prisioneros, que fueron encerrados en las cárceles cubanas, hasta que fueron canjeados tiempo después por medicinas y alimentos. Fue una derrota total.

Mientras el episodio de Bahía Cochinos obligó a modificar la relación de EE.UU con América Latina (de allí por ejemplo, surge la iniciativa de la Alianza para el Progreso), también consolidó la imagen de leyenda de la guerrilla como una vía para conseguir la revolución social que propugnaban las fuerzas de izquierda.

Fue el camino que tomaron, por ejemplo, Massetti y Walsh. Ambos se vincularon con experiencias de insurrección armada en que terminaron perdiendo la vida; Massetti, en 1964 como parte del Ejército Guerrillero del Pueblo, mientras que Walsh, quien simpatizaba con los montoneros, fue muerto y desaparecido en 1977 durante los días de la dictadura de Jorge Rafael Videla. Cuando el horror de la guerra fría, destrozó ideales y vidas.

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