Y, al fin, llegaron las travesuras


¡Lo sabía! Sabía que nada bueno saldría de la “escapada” de la fiesta de Halloween con mi basquetbolista. Debí pensarlo dos veces, si andaba vestida de porrista -Mario, el chico del destino, tenía sólo un antifaz -, lo lógico es que me hubiese marchado con un futbolista americano, pero no, siempre desafiando a mis “tres vírgenes”. Sólo bastó verlo en la barra para sentirme en una nube. Con mi 1,58 soy un punto al lado de su 1,90, por eso me bautizó como “mi pequeñita”… Ya con esa frase me derretía y lo sigo haciendo como uno un hielo en el desierto de Atacama.

Mientras íbamos en el auto me suelta un: “pequeñita, sigues tan hermosa, pero no te parece un poco corta la falda (cuando se ha visto una cheerleaders con una falda hasta las rodillas!! Pero, me ahorré el comentario). Llegamos al depto, ahí estábamos 25 años después de nuestro último affaire, no tuvimos que ponernos mucho al día, ambos sabíamos la vida del otro. Nos conocemos desde los 12 años.

Estaba en 7º Básico con un grupo de amigas viendo una competencia de básquetbol en el Gimnasio Municipal (era la época en que los Globetrotters la llevaban). Ahí estaban los 5 jugadores en la cancha, él era el más bajo. Me venía perfecto -era la más baja- ni los conocíamos, pero ya nos los habíamos repartido.

Desde los 13 años íbamos y veníamos… un pololeo de niños que terminaba en una pelea de adulto. Es que sus celos me ponían mal -“olvídate de las mini y bikini”, era una de sus “órdenes”. Nunca, ni ahora, entiendo como alguien tan contrario a mi espíritu de libertad, me atrae tanto -estoy empezando a creerle a la sicóloga eso de que tengo magnetismo. Mientras las “monjas” hacían el esfuerzo de explicarnos, las porras nos sentábamos en la última fila y nos dedicábamos a escribir diarios de vida, que aún conservo con su foto y corazones.

Esta vez no fue diferente. Para él la vida es blanca o negra, no hay matices y para mí todo es relativo. En su depto todo está en su lugar, es perfecto. Él hablaba, yo no retenía nada porque me pierdo en esa sonrisa, sólo cuando decía: “pequeñita, baaaaaaja!!! Estás en otro mundo”, aterrizaba. Ya me había incorporado a su vida, “el destino nos quiso reunir”, obvio que como “fui y soy el amor de su vida”, quiere tener un hijo mío!!!!

Mi escáner estaba listo: celópata, cuerpo hecho a mano, neurótico, todo pulcro -mientras que yo soy enemiga del cloro-, y sus planes incluían que dejara de trabajar (no resiste que trabaje entre puros hombres), biberones y pañales…. Llamé a un Uber y, tal como a Mario, le dije “lo siento, ya no tengo ni 15 ni 18 ni 21”. Seguro que volverá, siempre lo hace y seguro que regresaré a sus brazos, pero esa noche de brujas andaba empoderada. Llegué a mi sillón azul y me eché repasando las últimas horas, hasta que mi hijo llegó y me dijo “Clara del Río anda a acostarte”.

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