Clarita del Río

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Confesiones de una separada

#SábadoL4

Confesiones de una separada: ¿Dulce o travesura?

"Clara del Río, anda a acostarte” así dijo mi hijo mayor cuando llegó de una fiesta de Halloween; es que figuraba en mi sillón azul tapada con una manta


“Clara del Río, anda a acostarte” así dijo mi hijo mayor cuando llegó de una fiesta de Halloween; es que figuraba en mi sillón azul tapada con una manta. Eran casi las 6 de la mañana, él venía feliz… ese miércoles había sido su último día de colegio, a menos que se disfrace, no volverá a vestir ese uniforme. Por la mañana fui a uno de los actos que marcan el fin de la escolarización; ahí estábamos los mismos padres que hace 14 años llevábamos a unos críos, con su manita bien apretada a la nuestra, a “jugar”.

De ese año -que si cierro los ojos, es como si fuera ayer-, ya no están todas las familias, pero llegaron otras. Así es la vida, la gente entra y sale, y si se trata de hombres, con mayor razón…
La Tami, mi sanadora (aún busco mi yo en terapias alternativas), dice que hay energías “intrusas” que se “meten” en tu cuerpo contaminando el aura. Dice que soy un imán atrapa “malas ondas” -ya la sicóloga me lo había dicho, pero porque tengo “electricidad” y destruyó los artefactos eléctricos.

En todo caso hay consenso: soy un imán, aunque a veces atraigo minos del pasado, los que deberían seguir ahí mismo, olvidados en mi memoria. Bajo la manta, mi cuerpo estaba cubierto por una mini roja plisada, una polera roja con una estrella blanca en el pecho y en la espalda escrito “Peque”, de “pequeñita”. Lo bueno de medir 1.58 es que, como dice mi santa madre, “todas las micros sirven”.

Horas antes había salido con el chico del destino, Mario -el de Curicó, que estaba en Santiago. Quedamos a las 10:30 de la noche, treinta minutos antes sonó el timbre, creo que por sexta vez, ya no me quedaban dulces, cuando escucho por el citófono: “¿travesura?”. No conocía su voz, sólo habíamos chateado, pero solté un ¡¡¡Maaaaario!!!! Salí ultra nerviosa, eso de ir de porrista, con trenzas y plumero, tiene su magia. O no siempre, pero como dice la Carol, una de mis amigas de universidad, hay que “atreverse niña”, a lo que agrego “mientras no quede cortada en pedacitos” (que nunca lo sabré, porque si sucede estaré en el mundo del que no se vuelve).

Él estaba con un antifaz, hice un escáner rápido: poquito más alto que yo, mide 1,65 -después del monólogo del bombón argentino, atrás quedó mi obsesión por los musculosos de 1,85-, 45 años, moreno, pelo negro, barba incipiente y tiene el “qué”, ese que te pone. Raya para la suma: entero rico.

Fuimos a una fiesta. Crucé el umbral de la disco y lo divisé. Ahí estaba, conversando en la barra. Han pasado 25 años y sigue igual. Mientras Mario me contaba su vida, no paré de mirar la barra, hasta que él se acercó y me soltó un “hola, pequeñita”. Bastó esa frase para derretirme, una vez más. Sabía que nada bueno saldría, pero no pude evitarlo, le dije a Mario, “lo siento”. Y salí de la mano de mi basquetbolista favorito… las travesuras estarían por venir.

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