Del celo al fuego: el fin de Gerardo Rocha

Autor: Jorge Ruz

En 2008, cegado por los celos, el fundador de la U. Santo Tomás puso en marcha un elaborado plan para dar muerte al martillero público Jaime Oliva (79), en represalia por presuntos chantajes sexuales contra su pareja.


Ha sido un febrero caluroso el de 2008. Ideal para las miles de personas que disfrutan del borde costero en la Región de Valparaíso, y que la noche del jueves 21 miran el Festival de Viña.

Todo es paz en las calles, excepto por un Daewoo gris que, pasadas las 22 horas, vuela por la ruta G98 rumbo a la Clínica Reñaca. En su interior, chofer y copiloto sudan nerviosos, mientras en el asiento trasero el millonario Gerardo Rocha (55) agoniza.

Con quemaduras en el 42% del cuerpo, pero aún consciente, el fundador de la Universidad Santo Tomás, reconocido por su inteligencia, no entiende cómo en su craneado plan para asesinar al ex martillero público Jaime Oliva (79), pudo ignorar lo volátil que resulta la bencina en espacios cerrados.

Por lo mismo hasta su orgullo va herido, aunque en rigor ese dolor en particular le es conocido, pues su enfermiza celopatía lo traía a colación cada vez que el machista mercader se sentía inseguro o perdía el control. Esta noche, eso sí, había perdido mucho más.

Cara oculta

El capo financiero era capaz de cualquier cosa con tal de formar un imperio en la educación superior. A mediados de los ‘70 fundó Propam, con la reforma de 1981 nacieron sus primeros institutos y en 1988 su universidad.

Rocha consiguió ser asesorado por personajes tan disímiles como el filósofo Jorge Millas (que acudía a las reuniones junto a su nieta) en educación, y el mismísimo “Mamo” Contreras (fuera y dentro de la cárcel) en aberraciones.

Desde los 20 años, en 1973, estuvo casado con Karla Haardt, quien pese a darle todo el apañe y dos hijos (Karla y Gerardo), sufrió la tragedia de vivir junto a un celópata, violento e infiel.

Esos malos tratos mataron la relación y Karla en los 90’ logró una separación de hecho, que sólo se interrumpía para reuniones sociales “de apariencia”. En 1998, Rocha concretó una nueva relación, esta vez con Verónica Espinoza, la ya crecida nieta de su ex consejero Millas.

Perder la cabeza

El empresario se encontró con Verónica varios años después, cuando la becó en Sicología. Al tiempo, coincidieron otra vez, ella trabajaba como secretaria de un viejo consejero suyo, Jaime Oliva Robles.

Aunque ella terminó su carrera en otra universidad, igual recurrió a Rocha al momento de buscar pega. El paso de eso al romance y vivir juntos fue breve. También las muestras de violencia y celos, que duraron 10 años, tiempo en el cual tuvieron tres hijos.

En agosto de 2007, obsesionado con saber si su mujer le era infiel, Verónica decide contarle una cruda verdad, previa a su relación: el martillero Oliva la había chantajeado sexualmente a cambio de cheques para pagar la universidad.

La noticia se convirtió en un calvario para Rocha, quien en octubre contrata por $74 millones a “La casa del espía”, de Dante Yutronic, para saber todos los movimientos del anciano que ahora vivía en El Quisco. También involucra a su chofer Marcelo Morales, y al ex carabinero César Osores.

Gerardo aprovecha las vacaciones familiares en Con Con para armar su ataque final. Arrienda para sus choferes la casa del propio Oliva en El Quisco y así logra entrar sin impedimentos.

Junto a sus guardaespaldas amarran al martillero en una cama y lo torturan con electroshock.

El hombre sufre un infarto y se desmaya. Acto seguido, Rocha lo rocía con 5 litros de bencina y pide quedar solo con él. Toma la decisión de prenderle fuego con una chispa del electroshock, sin contar que los gases de la misma bencina provocarían una explosión que finalmente también acabaría con su vida.

El juicio

La PDI se demoró un par de horas en echarle el guante a los involucrados. Gerardo no pudo arrancar, al intentarlo dejó en el suelo parte de su dedo índice de la mano derecha.

Cerca de la medianoche, un jefe de la Clínica Reñaca llamó a Carabineros para dar parte del extraño ingreso. Desde el mismo centro médico, a las 3 de la mañana se llevaron a Morales y Osores, quienes fueron condenados a 12 años de cárcel.

Gerardo Rocha murió 74 días después en la Clínica Indisa y tras una larga lucha judicial, la familia Rocha dividió en siete partes iguales su herencia, un séptimo para cada hijo y dos para Karla Haardt, su esposa ante la ley. A su vez, indemnizaron con $227 millones a la familia de Oliva.

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