El drama de los empaquetadores

Autor: Jorge Ruz

Este viernes comenzó a regir la ley que prohibe el uso de bolsas plásticas en el país. Una medida que protege el medio ambiente, pero que impacta en el bolsillo de los jóvenes que trabajan en los supermercados.


Primero fueron las ciudades del borde costero, luego se fueron sumando más comunas. En Santiago, las primeras en encabezar la cruzada contra el uso de bolsas plásticas fueron Las Condes y Recoleta.

Desde mayo, esta medida caló hondo en los jóvenes que hasta hace unas semanas ocupaban parte de su tiempo envolviendo productos para ganar dinero.

“Cuando se repartían sólo tres bolsas todavía no se notaba, pero cuando las sacaron fue rotundo. De hecho, nosotros tuvimos que cambiar la forma en que nos organizábamos. Antes, se repartían las cajas por jornada, ahora hay que hacer fila para ir rotando de acuerdo a la gente que quiere el servicio”, cuenta Camila Toledo, empaquetadora desde hace tres años en el Líder de Tomás Moro con Fleming.

“Antes me alcanzaba. Los semestres anteriores me quedaba plata. Ahora tengo que venir más días y aun así me falta para pagar la cuota del mes en la carrera”, agrega la estudiante de Gastronomía, quien viaja desde Estación Central hasta Las Condes para pagar sus estudios, los que pronto deberá congelar por falta de dinero y porque está embarazada.

Largo tour

Diego Medina trabaja en el Santa Isabel de Av. Padre Hurtado, en Las Condes. Desde hace tres años que se traslada desde La Florida en un viaje que durá más de una hora: toma el metro en Mirador hasta la estación Bilbao, luego coge la 501. “Nosotros nos quedamos igual, pero tuvimos que trabajar menos cantidad de empaquetadores por turno. Por ejemplo, ahora estoy yo solo trabajando y antes éramos tres”, cuenta el estudiante de Sicología de la U. San Sebastián.

Pero tanto él como sus compañeros asumieron el golpe. “A mi me parece que está bien que estén implementando una política para generar conciencia a nivel país por el medio ambiente, por el futuro y las nuevas generaciones, aunque yo me haya visto muy afectado”, reconoce Diego, quien de todas maneras repasa al “sistema”. “Lo fome es que igual casi todos los productos del supermercado vienen en plástico y esa es la base que debería cambiar”.

“Sabemos que es un beneficio para el futuro, encuentro súper bueno que no se ocupen las bolsas plásticas porque, igual a veces, la gente por un chocolate pedía bolsas grandes para la basura”, agrega desde su tribuna la estudiante de Enfermería en la U. del Desarrollo, Constanza Vargas, quien desde hace un año y medio trabaja en el Jumbo de Bilbao.

“Igual el tema ha impactado harto en nosotros, porque ahora muchos se empacan ellos mismos en las bolsas que traen y ahí quedamos nosotros mirando… ¡por favor déjenos embolsar!”, es su llamado. Ese es el trasfondo de quienes se la juegan por su futuro. Con este trabajo, Constanza paga parte de la mensualidad, pues con el CAE no le alcanza.

Mala onda

Bayron Lorca, empaquetador de 21 años, que los dos últimos ha trabajado en un Líder, confiesa que “a mi, derechamente me han dicho, y varias veces, ‘ustedes ya no sirven para nada ¿qué hacen acá?’”. Una actitud que él mismo intenta explicar, “creen que uno viene por nada o que somos personal del súper y no es así”.

“Como primero se implementó acá, viene mucho menos gente, así que gano entre 40% y 50% menos, el dinero lo destinaba a pagar mis estudios. Traté de trabajar en otro lado, pero por temas de tiempo igual tuve que volver”, explica Diego, estudiante de Técnico en Mecánica Automotriz en el IP Chile.

“Yo creo que en algún momento ya no van a requerir más de nuestros servicios”, sentencia Camila, quien añade que “ahora, los que más nos dan trabajo son los adultos mayores”.

“De todas maneras, la gente tiene harta empatía y en su mayoría colabora con nosotros”, dice un optimista Diego, no sin antes cerrar con un dato decidor: “Antes ganábamos mucho más. Por turno eran más de $25 mil, ahora no alcanzamos los $15 mil en siete horas de trabajo”.

Hoy, más que nunca, su propina es el futuro académico de muchos jóvenes que concilian trabajo y estudios.

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