Terremoto en Indonesia: la odisea de cuatro chilenos

El sismo grado 6.9 que azotó la isla de Lombok, dejó a Tamara Péndola y Ángel Bórquez atrapados. Intentando no caer en la desesperación, se armaron de valor para sobrevivir y salir como fuese.

Luego de ver una hermosa puesta de sol en Gili Trawangan, Indonesia, Tamara Péndola (30) y Ángel Borquez (25) caminaban de regreso a su hostal. Un par de días antes, viajaron desde la isla Waiheke, en Nueva Zelanda, donde viven.

Para ver el atardecer, rodearon la isla, ya que en el otro extremo la vista es espectacular, pero el regreso lo hicieron por el centro. En el camino se encontraron con pasajes pequeños, rodeados de panderetas y con construcciones de adobe y bambú.

Aún no anochecía cuando salieron a comprar a un minimarket, pero no encontraron lo que querían. Al salir, todo cambió.

Un terremoto de magnitud 6.9, con epicentro en la isla de Lombok, y que hasta el momento ha dejado más de 300 fallecidos, cambiaría sus vacaciones. El relajo que buscaban se transformó en una desesperación por sobrevivir y por poder salir de una isla que los quería tener atrapados.

“Fue suerte. Si estábamos adentro se nos caía todo encima. No sentimos el momento cero del temblor. Fue el ruido, la gente que salía de todos los lugares que nos alertó. Se apagó la luz, se escuchaban las olas fuertes, los árboles caer y luego, cuando sentimos toda intensidad, fue horrible. Nos abrazamos y sólo esperamos que todo pasara. La verdad no había nada que hacer. Todo era tratar de mantenerse alejado de la calle y de las construcciones. Se escuchaban los gritos de la gente y como se venía al suelo todo. Empezaron a salir heridos, había un caos. Se abrió el piso y nosotros intentábamos calmarnos ante lo que mirábamos”, cuenta Tamara a Sábado.

Intentado reaccionar se encontraron con una familia que lloraba porque su hijo había quedado atrapado. Ángel preguntó el nombre del niño. Primero gritó, luego entró y lo sacó.

Todo estaba en el suelo o a punto de caer, cuando sacaban sus cosas del hostal comenzaron a sonar las alertas de tsunami. Caminaron al punto más alto. Era de noche y la mayoría de las personas seguía con los trajes de baño.

En la isla se respetan las cinco veces que la población musulmana lee el Corán, incluso la oración de las 5 de la mañana, la que despierta a todos. Por lo que no era extraño que en cada replica los musulmanes comenzaran a rezar, lo que ponía más nerviosos a los cientos de turistas.

“Nosotros intentamos calmar a la gente, mientras pensábamos cómo íbamos a salir de la isla. No teníamos información de nada y, para variar, en la embajada nadie contestaba”, cuenta Tamara.

Con el amanecer se pudo ver la destrucción y el sufrimiento. “Fue un panorama desolador, todo era escombros. Vi una familia musulmana con un niño muerto, tapado, y rezaba el Corán. Eso fue impactante, ya había visto la muerte”.

Del paraíso al caos

Los locales para comprar alimentos estaban en el suelo. El que quedó fue saqueado y los lugareños comenzaron a abandonar la isla en sus botes, dejando a los turistas a su suerte, sin agua, sin comida y sin información. “Habían heridos y muchos muertos, lo que ya habían sido tapados. Eso es lo que uno veía. Como pudimos cargamos un teléfono para comunicarnos. Ángel, que andaba con su camiseta de la ‘U’ fue identificado por una pareja de chilenos, Gonzalo y Stephanie, con quienes nos unimos y dijimos que juntos saldríamos”.

La idea era salir como fuese. En su hostal dispusieron de un bote, que ya había realizado un primer viaje, pero que cuando volvió a buscarlos se había roto el estabilizador. No quisieron correr otro riesgo y volvieron a la playa.

En las islas aledañas se veía cómo sacaban a las personas en barcos más grandes, por lo que pronto vendría su momento. “Llegó el turno de nuestra isla, pero éramos miles. Sabíamos que en el primero no podríamos subir. La gente se desesperó y trepaba por cualquier lado. La policía pegaba palos para bajarlos y sólo gritaban que niños y mujeres primero. A los chicos los pasaban por encima de la gente, mientras todo era un desorden”.

Trataron de no perder la calma

“Nos dijimos ‘en el barco que viene nos vamos sí o sí’. Le dijimos a Gonzalo y Stephanie que se prepararan. Para nosotros era hacer esas avalanchas como cuando la ‘U’ juega en el Monumental.

Había que empujar y empujar. Así lo hicimos. Queríamos irnos y para eso había que hacer de todo. Nos hicimos espacio, avanzamos y no soltamos la escalera hasta estar todos arriba. Stephanie en un momento se desmayó, no pensamos nunca dejarla, así que la ayudamos y nos subimos”, recuerda.

El barco partió en dirección a Lombok, donde era otro el caos. Tres terremotos en 11 días tenían la ciudad destruida. Había que salir como fuera, porque las réplicas venían constantemente.

En bus, pagando un sobre precio descarado y donde casi volcaron, viajaron hasta Senggigi, donde habían estado antes de ir a Gili Trawangan, pero también estaba todo en el suelo. “Tras dos horas llegamos al puerto de Bangsal, donde partimos buscando llegar a Bali. Nos demoramos cinco horas y media, en medio del mar, de noche, con olas gigantes y lloviendo. Nunca tuvimos calma.

Siempre había una prueba tras otra. Llegamos a Bali, donde todo estaba bien y nos trasladamos a Ubud”, recuerda ya más tranquila.

“Nos reencontramos con un amigo argentino que no sabíamos nada de él. Nos emocionamos mucho. Justo Gonzalo tenía una botella de pisco en la mochila. Cuando encontramos un lugar que por fin nos sentimos seguros nos hicimos unas piscolas, hicimos un salud y festejamos porque sobrevivimos. Lo habíamos logrado”, cuenta una emocionada Tamara.

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