Por Guido Macari MarimónLas tarucas perdidas en las alturas de Arica: así es la vida y búsqueda de este huemul desconocido y amenazado
En la precordillera de la región reside un ciervo nativo, silencioso y escurridizo, pero que eventualmente interactúa con los poblados interiores. “Vamos a ir desapareciendo con las tarucas”, advierte un viejo lugareño.

Tengo sueño, estoy mareado, siento náuseas y, cada minuto que pasa, me duele más la cabeza. Pero de quejarse ni hablar. Para eso no venía. A aclimatarse nomás. El vehículo avanza, entre curvas y subidas, por la precordillera de Arica.
De pronto, acá, cerca del pueblo de Chapiquiña, a unos 3.500 metros de altura, por un momento todo eso se me olvida: llegando, al bajar hacia la hidroeléctrica Engie, el guía e ingeniero en recursos naturales renovables, Benjamín Moreno, ve dos tarucas (Hippocamelus antisensis).
Luego, veo otra algo más abajo, por el camino de ripio.
Rápido, asustadas, se esfuman entre los matorrales.
Sin embargo, aunque breve, no creí que las vería tan pronto. Impresionante. Por un momento olvidé lo mal que me sentía.
Descansamos un rato antes de salir a la primera ronda de reconocimiento.

Es septiembre y estamos en la temporada seca; recién de enero a marzo —por el invierno boliviano— llueve con algo de frecuencia, de ahí florece, después los colores se secan y la tierra queda semillada para la siguiente temporada. Esta, por lo tanto, es la época en que los ciervos bajan, y se encuentran con los cultivos de la gente, ante la falta de verdor en su hábitat.
A un exgerente de Engie, empresa a la que pertenecen las instalaciones en que nos encontramos, le gustaban las tarucas —o “huemules del Norte”—, e hizo un pacto de apoyo logístico con la fundación Sudamérica Diversa, liderara por el investigador Nicolás Fuentes, que no anda con nosotros, pero sí dos integrantes de su equipo, Moreno y el novel cineasta Facundo Mercado.
Primer intento
En la primera salida, al desviarnos del camino, donde en la orilla crecen las flores moradas de los lupinos (Lupinus oreophilus) y, empezando a subir una colina, aparecen los “gatitos” (Cumulopuntia sphaerica), una cactus que con sus espinas se separan en distintas partes que se adosan a la ropa, e incluso “escalan” por lo pantalones mientras uno camina, pasando de una pierna a otra. Parecieran moverse con propia voluntad. Y pucha que pinchan, hasta que logras quitártelas, y ojalá sin los dedos porque también tienen unas espinitas como astillas, que apenas se ven al atravesar la piel.
Me tomará un par de días aprender a “interactuar” con estas cactáceas.
Subimos, despacio, con un pequeño descanso entre cada paso. Es mediodía. Me duele la cabeza, más aún. El sol, aunque menos de lo que esperaba, sofoca.

Alrededor nuestro, salvo algunos eucaliptos que se han dado en torno a la central y alguna que otra especie, casi no hay árboles.
—A esta hora, se echan al lado de los cactus —advierte Moreno sobre la rutina de los ciervos—. Eso es clásico. Y ahí es muy difícil verlas.
No pillamos nada. Con suerte, una lagartija tomando calor en alguna piedra. Que desaparece.
Descansaremos. Una siestita. Esperamos el atardecer.
***
Nos dividimos: Facundo recorre en torno a la central, mientras que Benjamín y yo avanzamos por las curvas del camino hacia el pueblo de Chapiquiña. Sobre una barrera de contención se posa un chirihue verdoso (Sicalis olivascens) que vuela, aterriza, despega de nuevo y nos rodea. Sólo unos cientos de metros más adelante, un zorro chilla (Lycalopex griseus) recorre la ruta y se detiene para, por unos segundos, observarnos. Desaparece entre los matorrales.
Oímos una especie de aullido.
Aunque el sol se va, abundan unas flores amarillas (Balbisia microphylla) que encienden la precordillera.
Lejos, en uno de los cerros, los burros (Equus africanus) asilvestrados se ponen a relinchar. Estos equinos originarios de África hasta hace unas décadas se usaban para transporte y carga, pero la masificación de las tecnologías hizo que fueran abandonados. Hoy está calificado por el Ministerio del Medio Ambiente (MMA) como una especie invasora. Se escuchan sus ecos.
De vuelta, al reencontrarnos, Facundo nos cuenta, contento, que vio un par de tarucas y un joven aguilucho chico (Buteo albigula). Nos muestra las fotos.
A esta hora —según explica Moreno—, a eso de las 7 PM, bajan de sus sitios de descanso en los cerros, “porque pueden comer tranquilas”, supone. “El problema es que no sabemos para donde se van”, agrega.
El buscador de venados entrega “un tip bueno” para divisarlas cuando están perdidos en tropillas en los cerros: “Verles las colitas blancas, que las levantan, y se observa cierto patrón en medio del paisaje”, explica.
Lo otro difícil: “No hacen bulla”, agrega, es decir, no tienen algo así como un gran llamado de apareamiento o alarma. En cambio, emiten una suerte de resoplido que prácticamente sólo oyen entre ellas.
La cuestión no es sencilla.
La precordillera, ¿silente y vacía?
Salimos pasadas las 9 AM hacia el sur. En el horizonte se ve el fin de los cerros y el inicio de un desértico paisaje a mayor altura. Pero no vamos hasta allá, sino más cerca, a sólo 2 kms. Sin embargo igual se hacen duros evadiendo quebradas, bajando y subiendo un par de cerros —¡y a 3.500 sobre el mar!—, y con sólo una pausa de sombra que dada por un puñado de eucaliptos solitarios.
Sorteamos una quebrada por la que pasa algo de agua y se concentra la humedad, delatada por las colas de zorro (Cortaderia speciosa) que prosperan en el hostil entorno.
El paisaje se hace vasto, con desniveles, y predominan los matorrales y al menos unas tres especies de cactus, siendo los “gatitos” los más frecuentes y desafiantes; y además hay uno del género Eriosyce, que es el más llama mi atención, insertado en las piedras a ras del suelo, lleno de espinas que protegen su flor destinada para polinizadores muy pequeños.
Eventualmente, pequeñas bandanas de cometocinos (Phrygilus atriceps) pasan volando hacia el norte emitiendo breves piares. Uno de ellos hace una pausa sobre un cactus conocido como “viejito” (Oreocereus leucotrichus) —por los blancos pelitos que lo coronan—, y retoma su vuelo.
Llegamos a un sitio donde Benjamín instala la primera cámara trampa del día, de las 80 que en total deben poner los de Sudamérica Diversas en la zona durante los próximos meses para sus estudios.
Tras cruzar un riachuelo, llegamos a donde vive Jesús, un tipo amable y ermitaño que ha construido su cachucha con lo que encuentra y con lo que le pasan sus familiares ariqueños cuando lo visitan. Tiene hartos cachureos salpicados en torno a su propiedad.
Consultado sobre si ha visto algún ciervo últimamente, contesta:
—El único que anda parejo por aquí es el burro. La taruca anda de noche.
También Jesús, que tiene una rudimentaria huerta a pasos de su casa. Comenta que “con el venado nunca he tenido tanto perjuicio”, al igual que con el guanaco (Lama guanicoe); pero sí con el burro, que le come sus cultivos. “Vienen de todos lados, se han repartido por todo el entorno”, cuenta y apunta a los cerros y llanos alrededor. Dice que desde el 2020 que se le aparecen. También acusa que los zorros le quitan las crías de sus ovejas cuando se le alejan mucho. “Son pillos, bandidos, inteligentes”, asegura, como sin poder creérselo.
Sobre unas piedras apiladas, reposa una parejita de tortolitas bolivianas (Metriopelia ceciliae), de un marcado y encendido naranjo en torno a sus ojos.
Entre las cuestiones que tiene amontonados o botadas, guarda restos de pelo de taruca. Supone que uno de sus perros lo encontró tirado y la trajo. También, en una banca descuidada, guarda una cornamenta de ciervo desteñida por el sol.

***
Damos una vuelta por los alrededores de la central donde incluso un letrero vial marca: “Mirador de tarucas”.
Benjamín quiere subir un cerro para instalar una cámara de para el estudio con el que estimarán la población de estos ciervos en la zona, ya que están calificados, al menos en Chile, en Peligro de extinción por el MMA, con grupitos que se distribuyen preferentemente en torno a las quebradas de las regiones de Arica y Tarapacá, siendo sólo el 6% de la población total, ya que el resto se reparte entre Perú, Bolivia y Argentina.
Vamos por el camino de ripio y nos topamos con algunas aves, pequeñas, y por la distancia apenas alcanzamos a divisarlas. Varias presentan tonos amarillos, siendo quizás chirihues o jilgueros. Algunas se muestran sin apuro, como un pitajo gris (Ochthoeca leucophrys) —que en Chile sólo habita en Arica—, metido entre los matorrales, y un picaflor gigante (Patagona gigas) posado durante varios segundos en el tendido eléctrico.
Benjamín se adelanta, observa la ladera del cerro cerca de donde Facundo vio a las tarucas ayer… Y nuevamente, ¡tarucas! Al principio vemos una, pero luego, al barrer la pendiente con la mirada, en total son dos hembras y tres machos.
A pesar de que estamos a varios metros, nuestra presencia las inquieta: primero dejan de pastar y luego se dispersan en distintas direcciones hacia las alturas en una pareja y un trío. Antes de alejarse, emiten un breve y sutil resoplido como para avisar que hay intrusos, y mueven sus colitas blancas como para informar otro tanto.
—Cuando mueven la cola es porque se van a ir —advierte Moreno.
Las hembras son las más asustadizas y se van lo más alto posible, hasta la cima, y desaparecen. Dos machos, en tanto, se meten en una quebrada y vuelven a pastar.
En un claro entre el matorral, una pequeña bandada de tortolitas cordilleranas (Metriopelia melanoptera) se alimenta picotea el suelo, y sus siluetas se encienden con el atardecer detrás suyo. Como una lágrima, se les distingue una suave manchita anaranjada junto a sus ojos de celestes pupilas.
Subimos el cerro en silencio, intentando no hacer crujir los matorrales, por si nos topamos con alguno de los “venados” —como les dice la gente local—. Pero en realidad nos dirigimos a uno de los puntos que marca el GPS para el estudio. Cuesta la subida, vamos lento, además con los pinchazos de los “gatitos”.
Volvemos a toparnos con las hembras que de nuevo salen disparadas con su resoplido de por medio. Luego, más arriba, encontramos a uno de los machos, que vuelve a esconderse con las otras dos y se pierden en lo alto. Avanzan mucho más rápido que nosotros. Aunque quisiéramos seguirlas no tendría sentido.
Benjamín pone la cámara donde hay varias huellas —de burro y alguna especie de gato o cánido—, escondida en un cactus y sujeta por una improvisada pirca. Las pisadas de la taruca, dice Moreno, tienen forma de “corazoncito”. Los animales parecieran tener sus rutas aquí arriba entre la baja pero tupida vegetación. El sol se pone. Ya es de noche. Comienza el frío casi de inmediato.
Notables encuentros
Salimos cerca de las 10 AM y, en el camino de subida, Facundo divisa una taruca a punto de cruzar de entre los eucaliptos: se asoma la ruta, pero da media vuelta junto a otra hembra y al macho que la acompañan. Para distinguir a los individuos más jóvenes, Moreno observa: “Tienen cara de niños, son más cabezones y esbeltos”.
Desde donde estamos, alcanzamos a ver cómo se alejan hacia los cerros. La seguimos con la mirada. Y luego, en base a los pronósticos que van haciendo Benjamín y Facundo sobre la ruta que seguirán los “ venados”, los adelantamos para que, con suerte, su camino se cruce con nuestra futura posición, ocultos entre piedras y vegetación.
—Ahora —advierte Moreno, a pesar de sus intensos por predecir la ruta de estos herbívoros—... yo no sé qué piensan las tarucas.
Subimos ladeando el cerro, cuando de pronto en un claro, a algunas decenas de metros, nos topamos con una joven hembra que nos queda mirando. Y retoma su escalada. Detrás suyo va el macho, con sus astas; y desaparecen hacia el sur.
Continuamos monte arriba y, de repente, cuando llegamos a un hombro de éste, sólo cubierto por unas piedras, separados por una suerte de precipicio, con la seguridad de que no la tendríamos fácil para llegar ahí: una taruca. Es, casi con toda certeza, la otra hembra. Se nos queda mirando, largamente. Impresiona: después de tanto evitarnos, ahora permanece. Le cuelga algo de saliva. Llevamos algunos minutos subiendo a buen ritmo, así que nos falta el aire. Nos reponemos.
Quedamos ante la cierva un buen ratito mientras ella turna su mirada entre nosotros dos, y además vigila el resto del entorno. Su vida no es sencilla. Decide que ya fue suficiente y se va detrás de unas rocas.
La volvemos a ver, poquito después, ahora ubicados donde mismo la habíamos visto recién, pero ella ya está en una colina aún más alta, en medio de un parche verde.
Escala como si no le requiriera el menor esfuerzo. Nosotros, en cambio, si la alcanzamos a ver es porque ella no termina de animarse a dejarnos atrás. Seguro busca a sus compañeros.
Del macho y la otra hembra, nada.
Hace calor y el monte se vuelve inmenso.
***
Hacia la tarde, nos dirigimos al pueblo de Chapiquiña. En el trayecto a pie, en medio de una ladera, hay un grupito de cuatro burros que nos observan, todos, hasta el juvenil al que cuidan.
Ya llegando nos encontramos con Román, un agricultor y pequeño ganadero local acarreando a sus ovejas y corderos.
Él tiene una queja que, más bien, es un descargo, porque va acompañada de cierta resignación:
—Ahora estuvieron comiendo hace tres o cuatro días —dice sobre las tarucas, mientras mira sus cultivos de alfalfa.
Lo acompaña un perrito mientras sus ovinos cruzan la ruta hacia un pastizal verde.
Recuerda que en el 2024 andaban unos cuarenta burros en un cerro cercano. Cuenta que “antes había harta taruca”, y dice que ahora han desaparecido. Antes, tenía a otro perro que le defendía el ganado, e incluso se comía a los ciervos. Pero murió. Según él, el puma (Puma concolor) es el que merodea y depreda a estos herbívoros.
—Dos o tres tarucas —comenta ya más optimista—, no me hacen nada tres taruquitas.
Salvo ciertos periodos, lleva décadas acá. Ha visto cómo ha cambiado la tierra que alguna vez conoció: “Ahora se están terminando las tarucas, ya no hay problema”, dice con humor sobre el conflicto de la agricultura con estos herbívoros. También se lo atribuye al cambio climático, ya que se da menos la alfalfa. Y pronostica, pesimista:
—Esa especie va a estar en extinción.
También, mientras vigila a sus ovejas, comenta que anda harto zorro, que en esta época están en celo y emiten una suerte de alaridos. Acusa que le comen a los corderos, y que son muy inteligentes y que engañan a los perros.
Él también ve cómo cada vez queda menos gente en Chapiquiña. Los jóvenes se van a la ciudad. Se pierden los oficios.
—Vamos a ir desapareciendo con las tarucas —dice.
Tras despedirnos de Román, Benjamín le pide permiso para instalar otra cámara trampa cerca de sus cultivos, en una pequeña quebrada, donde aún se siente el olor que habría dejado un chingue (Conepatus chinga), o “zorrillo”.
Aquí, en medio del matorral desértico, pasadas las 12 PM, hasta los pájaros parecieran irse a dormir siesta para capear el sol.
En medio de la nada, ¿un puma?
Partimos hacia el oeste —como si fuéramos hacia Arica— para instalar dos cámaras que se ubicarían a unos 2 kms, pero, al ser un trayecto entre cerros y quebradas, caminando son alrededor de 5 kms bajo el sol.
Al poco andar nos sorprende una bandada de nueve aguiluchos chicos (Buteo albigula) volando encima nuestro, y dan vueltas elípticas en el cielo. Hasta que luego se esfuman detrás de un cerro. Contactada por La Cuarta, la ornitóloga Natacha González, de la red de Observadores de Aves y Vida Silvestre (ROC), explica que septiembre es el tiempo de migración en estas aves rapaces que se desplazan hacia el norte. Le sorprende, dice que es muy difícil ver tantos juntos.
Continuamos.
Primero, una, y luego otra: dos perdices de la Puna (Tinamotis pentlandii) despegan alarmadas de entre los matorrales cuando pasamos cerca. Aunque, con su huida escandalosa, ella nos asustan más a nosotros.
En la base de un poste del tendido eléctrico que va hacia Arica, hay dos enormes nidos de canasteros, que acá podría ser el chico (Asthenes modesta) o el de las quebradas (Asthenes pudibunda).
Instantes después, Benjamín se fija:
—Ahí voló un canastero de las quebradas —apunta.

Ya hacia el mediodía, cerca de la quebrada Luco, por la que pasa un riachuelo, el guía recoge unas pelotitas café y brillantes del suelo:
—Caca típica de taruca — asegura sobre estas redondelas que tienen una puntita como un chocolate “Hersheys”, según compara.
Por la quebrada corre el agua y la vegetación se hace algo menos desértica, ya que en la orilla residen las colas de zorro; y además los pájaros se hacen más frecuentes, como un gris plebeyo (Geospizopsis plebejus).
En un manchón de tierra húmeda, Benjamín se sorprende, se agacha y apunta con el dedo:
—Esto es de puma, ¡sí o sí! — expresa emocionado.
Es una huella sin las uñas marcadas, grande, y con forma de “trapezoide”, según describe, por lo que descarta que sea de algún otro mamífero de la zona.
Ponemos la cámara en una ladera. Luego; a la vuelta, la otra, cuando ya el calor es más intenso, hora en que hasta los bichos como los alacranes buscan escondite bajo la primera piedra que pillan. Al levantar cada roca, aparece algún artrópodo.

Hacia la tarde salimos a un cerro cercano donde suelen andar tarucas. Mientras subimos, una gallinita ciega (Systellura spp.) —la misma que hemos escuchado las noches anteriores— sale volando colina abajo, chillando. Yo no la había visto, sólo escuchado.
Un canastero de las quebradas se posa en una roca. De pronto, a mi espalda, como viniendo desde otra ladera, oigo algo así como un resoplido de un ciervo. No vemos nada. Quizás fue mi imaginación. No hay manera de saberlo. No por ahora.
De noche, en la bodega de un embalse, colonias de murciélagos se refugian en las esquinas, y algunos se animan a despegar.
Más alto, más vida
Partimos después del amanecer, a pie, por los zigzagueantes caminos en altura hacia Portezuelo de Murmuntani, donde se comenta que habría una pequeña población de tarucas que frecuenta un cultivo abandonado de alfalfa junto a la ruta.
A pie, la subida rápidamente nos cansa y, en una abrupta curva, dos trabajadores viales arreglan el camino. Mientras descansan, conversan. Uno de ellos, el operador de la excavadora, cuenta que “al puma me lo topé acá”, específicamente en la quebrada Allane, hace cinco años, y agrega con intriga:
—Hay viejos de acá que no han visto un puma en su vida.

El sol comienza a alzarse en el horizonte delineado por la cordillera.
Aparece una camioneta con compañeros de los trabajadores, y aceptan llevarnos hasta nuestro destino. Nos apretamos como podemos.
Nuevamente a pie, estamos a 3.900 mts sobre el mar, y cada paso se siente, cansa, y me aparece un mareo como una leve embriaguez.
Pero no hay tiempo para aclimatarse porque a unos cientos de metros en una curva hacia arriba, junto a un letrero qué indica “No adelantar”, hay dos tarucas, hembras y adultas, acompañadas de una juvenil. Pasan los segundos. Nos observan desde lejos, con sus dos orejas levantadas. Y acaso olfateándonos.
Una forma de diferenciar a los individuos, según dice Benjamín, es ver los tonos negros de los “antifaces” entre sus ojos y frente. Son como sus huellas digitales.
Luego, sin mayor apuro, los herbívoros descienden por una quebrada y las perdemos.
Subimos junto con el camino, vacío, guiados por el asfalto, yendo de una curva a la otra. Porque así es el camino: un giro tras otro. Apenas pasa alguna camioneta de buen tamaño, y en los matorrales se posan brevemente voladores como un cachudito del Norte (Anairetes flavirostris), algunos jilgueros cordilleranos (Spinus atratus), canasteros, y uno que otro vencejo (Aeronautes andecolus) que surca fugazmente el cielo encima nuestro.

Llegamos a los 4000 metros y, al menos yo me siento algo narcotizado, atontado, lento. Nos salimos de la ruta y subimos otros 200 metros por una espinosa pendiente —en buena medida compuesta por añawas (Adesmia espinosisima) o algunas chinchirkumas (Mutisia lanigera)— para instalar la primera cámara de la jornada.
Un halcón perdiguero (Falco femoralis), al fondo, en un gran muro de rocas, vigila el paisaje.
Descendemos un tanto para instalar la segunda cámara en el cerro del frente, junto al acueducto que baja abruptamente un kilómetro desde las lagunas Cotacotani, ubicadas 4 kms al noroeste del lago Chungará, hasta la central eléctrica de Chapiquiña.
En el trayecto nos topamos con un picaflor de la Puna (Oreotrochilus estella) que va y viene, porque es una madre alimentando a su retoño, aún descolorido pero ya bastante crecido.
Subimos el otro cerro y, antes de instalar el otro aparato, vemos bajar un aguilucho (Busardo dorsirrojo) hembra que aterriza cerca de nosotros entre los arbustos. Nos acercamos por si podemos verlo posado. Pero es como si se lo hubiese tragado la tierra. Suponemos que volvió a despegar sin que nos percatamos.
Un cóndor (Vultur gryphus) sobrevuela el área, por supuesto a gran altura, hasta que se pierde en el infinito azul. Porque así está el cielo, no celeste: azul.
Ya de vuelta, donde mismo vimos tres ciervos hace unas horas, estos parecieran haber vuelto en el intertanto. Son pasadas las 2 PM. Nos quedamos observando el cerro, hacia dónde se dirigían estos “venados”.
El sol brilla en el cielo pero no hace calor. O al menos eso pareciera.
—Deben estar durmiendo siesta — supongo sobre las tarucas.
—No creo —responde Benjamín—, está fresquito. Deben andar por ahí.
Nos adentramos en una quebrada y luego, ya más cerca de la colina en cuestión, Moreno se percata de que están arriba los tres “venados”, y dos de ellos rápidamente desaparecen: cruzan al otro lado de la cima. Pero uno se queda largo rato detenido, casi paralizado, salvo que observa en distintas direcciones. Hasta que también se va.
Nos detiene un guardaparque Conaf, porque esta zona pertenece —o al menos está muy cerca— del Parque Nacional Lauca. Dice estar al tanto de unos supuestos cazadores furtivos que andan en busca de vicuñas (Lama vicugna) —aunque aparentemente a mayor altura—, ya en el altiplano, en vista de que el kilo de lana de estos camélidos puede valer entre $600 y 800 mil —asegura—, y su tráfico comercial es ilegal.
Por aquí también andan guanacos, que no hemos visto, pero sí hemos encontrado huellas y otros rastros que los delatan. Pero aquí “la población es muy baja”, según el funcionario público, a causa de una oleada de sarna que habría casi provocado una extinción local hace unos años. Muchos acá hablan de la desaparición del gran camélido.
En cuanto a tarucas, el funcionario comenta que el censo de agosto pasado encontraron una población en Suriplaza, a 4.500 mts, bastante alto para una especie que no tiene las mismas adaptaciones que vicuñas y guanacos, capacitados para exprimir hasta el último nutriente de la vegetación más escuálida.
A falta de vehículos en la ruta, vacía, iniciamos el regreso caminando, entre curvas y riscos, y uno que otro bosquecillo de queñuas (Polylepis spp.), los árboles que crecen a mayor altura en el mundo. Al avanzar, eventualmente aparecen canasteros y tijerales listados (Leptasthenura striata) que continúan hacia abajo por las laderas de la quebrada que alberga un riachuelo en el fondo.
De repente, en medio del cansancio del caminar, entre unas rocas, una vizcacha (Lagidium viscacia) toma el sol del atardecer. Con sus ojos cerrados, es como si durmiera siesta. Pero: se oculta al percatarse de nosotros, o cuando le parece que ya estamos pasando demasiado cerca.
Más adelante, ya sin esperar nada en absoluto, Facundo, exhausto, cree estar alucinando. Se cerciora de qué hay a pocas decenas de metros, arriba de la ruta, junto a un cactus… Un macho de taruca, con sus astas bien pulidas, como desafiante, aunque casi sin prestar atención a nuestra presencia fuera de cierto recelo. Se mueve despacio, y se encumbra hacia la cima. Y desciende por el otro lado hasta que sólo se ve su cabeza, y su cornamenta que ya se confunde entre las ramas de los matorrales, y ya se funde con el paisaje, con la tierra, la rama y las hojas secas. Nos quedamos en silencio.
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