Espectáculos

Bad Bunny en el Estadio Nacional: Cuando el aura manda

El artista puertorriqueño convirtió su primer show en Ñuñoa en un espectáculo de talla mundial, apoyado en su carisma, su dominio escénico y una conexión total con el público.

Bad Bunny en Chile. Foto: Pedro Rodríguez.

Bad Bunny no es un cantante de voz prodigiosa ni el autor de música instrumentalmente sofisticada, algo que tampoco busca, pero posee algo por lo que otros músicos matarían: aura.

Esa condición, intangible y magnética, está estrechamente ligada a las letras de su autoría, su verdadera fortaleza.

Esa suma de factores se volvió evidente en su primer concierto en el Estadio Nacional, donde ofreció un show de talla mundial, acorde a una figura ya confirmada como protagonista del próximo espectáculo de medio tiempo del Super Bowl.

En ese sentido, y considerando que la carrera del artista puertorriqueño explotó en popularidad hace años, el suelo chileno volvió a recibir a un showman de alto nivel, capaz de dominar el escenario y al público con absoluta naturalidad.

Y es que Benito entiende el espectáculo como un engranaje preciso: cuándo acelerar, cuándo bajar, cuándo hablar y cuándo dejar que el público haga el trabajo por él. Aunque esa propuesta puede parecer simple, está ejecutada con una convicción y un cálculo propios de las grandes ligas. Justamente por eso, hacerlo parecer fácil no lo es.

Lo anterior explica en parte que el Estadio Nacional fuese un hervidero desde el inicio. Incluso antes de salir a escena, los gritos ensordecedores de “Benito, Benito” marcaban el tono de lo que sucedería a continuación.

Bad Bunny en Chile. Foto: Pedro Rodríguez.

“Chamaquito, llegamo a Chile”, lanzó el cantante al inicio de su presentación y, a partir de ahí, la conexión quedó rápidamente sellada. Poco después reforzó el vínculo con su fiel audiencia local: “No es casualidad que quería terminar el año en México y comenzar el año nuevo en Chile”.

Dando rienda suelta a “LA MUDANZA”, y a lo largo de una extensa jornada que sobrepasó las dos horas y media, uno de los grandes aciertos fue la puesta en escena.

La pantalla gigantesca, que se extiende de extremo a extremo del escenario sin interrupciones, resulta clave para que nadie se pierda lo que ocurre, tanto en el escenario principal como en La Casita, ese segundo espacio donde Bad Bunny expone sus raíces puertorriqueñas y cambia el eje del espectáculo sin romper su continuidad.

Todo ese trabajo visual también se sostiene gracias a una banda sólida, donde destacan especialmente los instrumentos de viento, que aportan textura y dinámica a canciones que el público ya conoce de memoria.

En tanto, la pirotecnia aparece en los momentos precisos, el factor lumínico es simplemente fenomenal y el trabajo de luces, apoyado en los implementos entregados a la audiencia (que se prenden, se apagan y cambian de colores constantemente), transforma al estadio completo en parte activa del show.

Esa es la clave: Bad Bunny deja en claro que el espectáculo no es solo suyo. Es también de quienes están ahí. Por eso pidió, en uno de los primeros momentos, una sola cosa: “Canten con el corazón”. La respuesta fue inmediata y ensordecedora.

Bad Bunny en Chile. Foto: Pedro Rodríguez.

Por largos pasajes, de hecho, su voz apenas se distingue porque la cancha completa se convierte en un karaoke gigante. Todos cantan, todos gritan, todos empujan las canciones hacia adelante. Y en medio de todo eso, el desplante y el aura de Bad Bunny se imponen sin esfuerzo.

En ese proceso, el artista también crea instancias para conectar con las audiencias locales. En este primer show en Chile apareció un puente simbólico en guitarra con “El Derecho A Vivir Paz” de Víctor Jara, recibido con atención y respeto por el público.

El recorrido musical avanzó con naturalidad entre el escenario principal y La Casita, combinando distintos climas. En la primera sección, centrada casi exclusivamente en su disco más reciente, hubo momentos de euforia total, como cuando todo explotó con “NUEVAYOL”. También hubo espacio para presentar al equipo de bronces, que se lució cada vez que tomó mayor protagonismo.

En La Casita, por su parte, la energía siguió siendo contagiosa. Eso por ejemplo cuando llegó el turno de éxitos como “Tití me preguntó”, mientras que algo similar ocurrió cuando presentó “Soy Peor” como una exclusiva de la gira sobre suelo chileno.

Pero el Conejo Malo también se dio el tiempo de saludar, interactuar e incluso meter a una fan al espacio, reforzando esa idea de intimidad dentro de un evento masivo.

Bad Bunny en Chile. Foto: Paulo Quinteros

A lo largo de todo el concierto, el ambiente fue tan importante como el propio show. Con el Conejo Malo sobre el techo, el telón de fondo perfecto fue un público en la galería que literalmente se iluminaba y parpadeaba, convirtiendo el Estadio Nacional en un mar de luces en movimiento. En ese intercambio, la gente no solo miraba, sino que también formaba parte del espectáculo.

Por eso el artista agradeció con palabras que sonaron sinceras: “Gracias por cantar con el corazón, para nosotros es un privilegio y eso viene bonito comenzar el año con esta energía. Gracias Chile por ser parte de este sueño”.

Luego, ante los gritos y la euforia, Benito remató con una frase que reflejó el clima del momento: “Yo les iba a preguntar si estaban listos, pero eso ni hay que hacerlo. Chile está ready”.

La última parte del concierto comenzó con un video en el que Bad Bunny aparece viejo, recordando este concierto en Chile desde el futuro. Un recurso simple, pero efectivo, para subrayar la idea de que este es un momento que no solo se vive, también se guarda y se atesora.

En ese tramo final, el artista volvió a buscar la conexión con la audiencia, agradeciendo a quienes creyeron en él desde el inicio de su carrera y por aceptar quién es, su música y su cultura, sin concesiones. En ese mismo recorrido, la sucesión de hits recientes no se detuvo, incluyendo “KLOuFRENS” y “EOO”.

Bad Bunny en Chile. Foto: Pedro Rodríguez.

El punto más alto del cierre obviamente llegó con “DTMF” y con una invitación poco habitual en estos tiempos: apagar los celulares. Siguiendo la tónica del show, Bad Bunny pidió un momento de conexión real, de estar presentes. La respuesta fue inmediata: manos en alto, voces unidas y emociones a flor de piel.

Ahí el cantante también habló de aprender de los errores, de no quedarse atrapado en el pasado y de recordar a quienes ya no están con nosotros. El estadio escuchó, se emocionó y terminó saltando y gritando.

Porque al final, eso es lo que confirma este concierto: la fortaleza de Bad Bunny está en algo que no se puede fabricar ni enseñar: crear un espectáculo que logra una conexión genuina con su público, como un fenómeno único. El resto, simplemente, se ordena alrededor de esa magia.

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