Por Salvador EscobarCuando gobierna el miedo, el arte paga el precio
“Por algo la ultraderecha carece de referentes artísticos de peso. Se trata de un sector que ve al arte y la cultura como un estorbo porque no produce cifras inmediatas, no se alinea con docilidad y no responde a la lógica del castigo y la obediencia”.

Con José Antonio Kast en La Moneda, el mundo del arte peligra. No porque se vayan a prohibir canciones ni a cerrar escenarios por decreto, sino por el riesgo de daños más lentos y efectivos: desfinanciamiento, sospecha permanente, discurso moralista y censura blanda. Todo bajo una premisa nefasta: crear está bien, siempre y cuando no incomode.
La ultraderecha no entiende el arte como un espacio para cuestionar. Le gusta lo higiénico, lo inofensivo, lo convencional, lo que reafirma una identidad rígida. Todo lo demás pasa a ser “ideológico”, “activista”, “adoctrinador”. La música que habla de rabia es vista como amenaza. El arte que habla de cuerpos, diversidad o memoria se vuelve enemigo interno.
Para la generación que creció con Spotify, TikTok y YouTube como escuelas culturales, esto no es algo abstracto. Significa menos espacios, menos apoyo, menos circulación. Significa que el artista joven aprende rápido a autocensurarse, a bajar el tono, a no decir ciertas cosas “por si acaso”. El silencio empieza antes de ser impuesto.
La música siempre ha sido una trinchera emocional. No necesita permiso, ni partido, ni panfleto. Por eso tiene el potencial de incomodar tanto al establishment. Un verso, un coro o una canción pueden hacer más por el desarrollo de una conciencia colectiva que cien discursos y consignas. Y eso, para cualquier proyecto autoritario, es un peligro.
Tomemos en consideración que la ultraderecha nunca llega al poder hablando de cultura. Llega hablando de orden, de seguridad, de tradición, de recuperar algo que supuestamente se perdió. El problema es que, una vez instalada, casi siempre identifica al arte, a la música y a la libre expresión como parte de ese “desorden” que prometió erradicar.
Por algo la ultraderecha carece de referentes artísticos de peso. Se trata de un sector que ve al arte y la cultura como un estorbo porque no produce cifras inmediatas, no se alinea con docilidad y no responde a la lógica del castigo y la obediencia. El arte propone otras cosas: duda, ambigüedad, deseo, contradicción. Todo lo que el autoritarismo detesta.
En momentos como este, resulta urgente comprender que un retroceso para el arte también es un retroceso para la sociedad completa. ¿Queremos una cultura que sea indómita y diversa o que sea domesticada y uniforme? ¿Queremos artistas que saquen la voz o queremos artistas temerosos de hablar en contra del orden establecido?
En el fondo, la que viene es una elección entre libertad y control. Si el miedo gobierna, el arte es castigado, se precariza y pierde visibilidad. La historia no necesita spoilers: ya vimos esta película y siempre termina igual. Cuando el arte calla, el poder habla solo. Esa nunca ha sido una buena noticia para los jóvenes, ni para la música, ni para el futuro.
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