Gustavo Santaolalla llega a Chile: Cómo la música de Secreto en la montaña lo llevó a conquistar Hollywood
El músico argentino compuso toda la banda sonora antes de que Ang Lee filmara una sola escena. Su particular manera de entender la historia terminó dándole su primer Oscar y consolidando una carrera que había comenzado casi por casualidad.

Mucho antes de ganar dos premios Oscar consecutivos, Gustavo Santaolalla ya era uno de los productores fundamentales del rock latino, trabajando con artistas como Los Prisioneros, Café Tacuba, Julieta Venegas y Juanes.
Su llegada a Hollywood siguió un camino diferente. Todo comenzó con una pieza de su celebrado disco Ronroco.
El director Michael Mann utilizó “Iguazú” en El informante y su música comenzó a circular entre cineastas, abriendo una puerta que Santaolalla ni siquiera estaba buscando.
Su siguiente paso fue Amores perros, la película de Alejandro González Iñárritu que estuvo apunto de rechazar por lo copada de su agenda, pero una noche cambió de opinión pensando: “¿Y si este tipo es un genio?”.
Esa decisión fue fundamental para lo que vendría después. Iñárritu lo conectó con Walter Salles, con quien trabajó en Diarios de motocicleta. Y fue precisamente mientras presentaba esa película en el Festival de Sundance cuando apareció otro nombre: Ang Lee.
El cineasta taiwanés preparaba en ese entonces un western diferente y le indicaron que el argentino podía ser el compositor indicado. La obra en cuestión terminaría siendo Secreto en la montaña, una película protagonizada por Heath Ledger y Jake Gyllenhaal que logró múltiples distinciones y que, pese a no lograr el premio mayor en la ceremonia de los Oscar, hasta el día de hoy es considerada como la obra que debió haber ganado en vez de la cada vez más olvidada apuesta de Crash.

Un trabajo sensible hecho de forma diferente
Según ha recordado el músico en varias entrevistas, llegó a una reunión con Lee en Nueva York cargando su ronroco, un instrumento andino emparentado con el charango y de registro más grave.
Apenas se conocieron, el director preguntó por el llamativo instrumento y el argentino procedió a abrir el estuche y, en vez de comenzar con grandes explicaciones, tocó durante unos minutos. Eso bastó para sellar el vínculo.
Claro que el interés de Santaolalla no estaba únicamente en trabajar con Lee por lo que había hecho antes en el cine, incluyendo obras como Sensatez y Sentimientos o la épica de El Tigre y El Dragón. Y es que tanto el guion como sus protagonistas lo atraparon desde el comienzo, especialmente por cómo abordaban la soledad, la tristeza y el destino de sus personajes.
También existía una diferencia entre cómo era presentada públicamente la película y cómo él la entendía. De partida, Santaolalla nunca consideró que estuviera componiendo para una historia sobre “vaqueros gay”.
“Siempre la vi y la leí como una historia de amor”, explicó. Para el compositor, la relación entre Ennis y Jack estaba marcada por sentimientos que iban mucho más allá de la orientación sexual de sus protagonistas.

Además, su lectura era universal: al centro de la historia estaban dos personas que forman familias, viven separadas y continúan arrastrando un amor imposible. Para Santaolalla, temas presentes en la película -como el amor, la soledad y el dolor- eran experiencias capaces de conectar a cualquiera con esos personajes.
Esa visión también determinó una de las características más extraordinarias de su trabajo. Santaolalla compuso toda la música antes de que se filmara la película: ni una sola nota fue escrita mirando las imágenes.
El músico trabajó desde el guion y sus conversaciones con Lee, buscando primero el tono y la identidad sonora de la historia. El proceso llegó a invertirse: el director escuchaba las composiciones durante el rodaje e incluso las compartía con los actores.
De ese modo, la banda sonora comenzó a formar parte de la película antes de que existiera siquiera su montaje. Cuando Santaolalla finalmente vio un primer corte, quedó sorprendido: “Fue un poco escalofriante porque la música calzaba perfectamente”.
El paisaje abierto de la película también encontró un equivalente en su estilo minimalista. Como Santaolalla consideraba que aquella historia necesitaba espacio, convirtió el silencio en una herramienta tan importante como las propias notas.
Su filosofía evitaba utilizar la música simplemente para decirle al público qué debía sentir. De hehco, para Santaolalla, agregarla a una escena que ya funcionaba podía convertir fácilmente algo dramático en melodramático.
Y ese equilibrio terminó definiendo la música de Secreto en la montaña. El compositor llevó esa búsqueda hasta el espacio entre las propias notas.
Pero aquella economía musical no significó renunciar a su identidad. Aunque la historia transcurría en Estados Unidos, Santaolalla reconoció en sus guitarras una influencia del folclorista argentino Atahualpa Yupanqui, incorporada naturalmente a ese universo.
Y ese cruce resumía su propuesta: partir desde una identidad propia sin quedar encerrado en ella. El músico consideró que la música debía acompañar el paisaje y los personajes de Ang Lee, pero también transmitir las emociones universales que había encontrado en el guion desde su primera lectura.

Ese resultado terminó transformando su carrera. Santaolalla ganó el Oscar a Mejor Banda Sonora Original por Secreto en la montaña, mientras que su canción “A Love That Will Never Grow Old”, interpretada por Emmylou Harris y con letra de Bernie Taupin, obtuvo un Globo de Oro.
Un año después haría historia otra vez ganando el Oscar gracias a su colaboración con Iñirratú en Babel. Pero fue Secreto en la montaña la película que consolidó su lugar en Hollywood, con una música construida desde el silencio, la intuición y una identidad que nunca intentó esconder.
Y parte de ese recorrido podrá escucharse el próximo 23 de agosto, cuando Gustavo Santaolalla se presente en el Teatro Municipal de Santiago con su “Ronroco Tour”, que traerá al país el sonido que terminó llevándolo hasta Hollywood y los premios Oscar.
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