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La policía del cuerpo

“Mientras el género urbano chileno no represente la diversidad de cuerpos que existe, seguirá siendo una escena que se mutila a sí misma”.

Las mujeres del género urbano chileno no solo tienen que sonar bien, tener flow y desarrollar una estética propia. También tienen que cumplir un estándar corporal extremadamente estrecho. Se trata de una contradicción vital: una escena que nace como un espacio de libertad y desobediencia termina vigilando ferozmente a las mujeres. Una verdadera policía del cuerpo.

Hasta ahora, todas las mujeres exitosas del género urbano chileno responden a un mismo molde: cuerpos hegemónicamente armónicos, delgados, compatibles con alguna de las estéticas que dominan las redes sociales. La audiencia premia que sean así y la industria lo refuerza. El resultado es una escena donde el margen para desviarse de ese ideal ha sido nulo.

Para los hombres, en cambio, el estándar es otro. A FloyyMenor le hacen bullying por su gordura, pero igual ha llegado lejos en la industria con su música. Otros, como Killua97, ni siquiera viven su peso como un problema, sino como un rasgo. Killu canta en vivo sin polera, y la gente lo abraza y lo toca como si fuera un Buda de la suerte. En otras palabras: a los hombres se les permite “compensar” con talento, carisma o actitud. A las mujeres todavía no se les da ese beneficio.

Yo soy guatón y sé perfectamente lo que es habitar un cuerpo que el resto del mundo considera incorrecto. Para mí no pasa inadvertida la ausencia de cuerpos no hegemónicos en el género urbano chileno. Y si para los hombres el juicio es duro, el caso de las mujeres es mucho más brutal: tipos de cuerpos que siguen existiendo fueron borrados del panorama. Y si llega a asomar algún tipo de representación, se le castiga.

Esta semana, una cantante under de reggaeton, Varinia Dotti, tuvo que vérselas de frente con la policía del cuerpo. Su único pecado fue subir un teaser de su próximo video, donde sale en una piscina con traje de baño, ocupando el espacio con la misma libertad que Loyaltty o Fran Maira. Por mostrarse sensual, la hatearon no solo por su apariencia, sino por disfrutar de su cuerpo, como si se tratara de una ofensa pública.

Ojalá fuese solo un hecho aislado, pero lo que pasó con Varinia Dotti revela algo más profundo: en el género urbano, como en tantos otros espacios, la autonomía corporal de una mujer todavía incomoda. Que una artista ocupe su cuerpo con libertad y disfrute, sin pedir validación, sigue siendo leído como una provocación. Para una escena que se proclama fresca y desenfadada, ese nivel de pacatería roñosa es imperdonable.

Lo curioso es que el género urbano nació para dinamitar justamente ese tipo de jerarquías morales. En su génesis fue un idioma secreto para quienes vivían fuera de las normas, no para reproducirlas. Si de verdad queremos ser respetuosos de su origen y de su esencia, habría que hacer el intento de que este sea un espacio amplio con lugar para todos y libre de la vigilancia opresiva que ejerce la policía del cuerpo.

Sin embargo, lo que vemos es una escena que sin darse cuenta termina imitando las restricciones de la sociedad que alguna vez prometió desafiar. Y que, para peor, le exige uniformidad estética a sus artistas, reprimiendo cualquier desviación de la norma. Si me lo preguntas, ese es un crimen contra la música, lo que a la larga es como pegarse un balazo en el pie. Al final nosotros terminamos siendo los perjudicados.

Acá aparece la pregunta más importante: ¿cuánta música nos estamos perdiendo? Debe haber cientos de mujeres talentosas escondidas en sus casas, guardando silencio, con miedo de que las redes solo evalúen sus cuerpos y pasen de largo de su sonido. Pensar en todas las canciones, las historias y los momentos que esta insensatez colectiva no nos ha permitido experimentar me da mucha pena.

Una cosa es que el género urbano sea súper visual. Otra muy distinta es permitir que la superficialidad reine por sobre la música. Cuando solo miramos el envase de una artista, dejamos pasar su sentido. Varinia Dotti, por ejemplo, no es solo una reggaetonera: también tiene una relación muy seria con la escritura y la poesía. Pero ese tipo de dimensiones quedan fuera del radar cuando solo se discute su cuerpo.

Al final, estamos haciéndonos daño gratuitamente y privándonos de posibles deleites. Yo no concibo mi amor por la música sin las mujeres que desafiaron los parámetros de belleza de la industria, desde Ella Fitzgerald hasta Missy Elliott, pasando por Celia Cruz y Aretha Franklin. Sin ellas, la historia estaría incompleta. Y de la misma forma, mientras el género urbano chileno no represente la diversidad de cuerpos que existe, seguirá siendo una escena que se mutila a sí misma.

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