No espero nada de LaJunta+ y aun así logran decepcionarme
“Por ahí también subrayaría la falta de pudor de la LaJunta+ para dárselas de autoridad en un tema que no manejan ni cubren”.
La peor columna sobre música que he leído en años. Así podría definir “El under y su ego están cavando su propia tumba”, un texto firmado por Bicho Vásquez y publicado por LaJunta+ que pretende ser un análisis de las reacciones generadas por UDG Chile Cypher 2026 Vol. 1, proyecto que reúne a 10 artistas del under local. La columna se centra en los comentarios negativos que el cypher ha recibido, proponiendo que estos se deben a conflictos, disputas de ego, falta de empatía y una noción distorsionada de lo que significa el under, el cual el autor entiende como un espacio sostenido por el amor a la música.
Ya de entrada su punto de partida es falso. El autor de la columna supone que el under es una especie de anomalía moral con reglas distintas al mainstream. Esa premisa está totalmente equivocada: el under no es una comunidad ética, sino un ecosistema económico precarizado, con menos recursos, menos plataformas y por consecuencia más fricción. Las diferencias con el mainstream no son morales: son materiales. Lo que pasa es que en el under los problemas, la competencia, la envidia y el ego salen a la luz sin filtros, mientras que en el mainstream todo eso está institucionalizado. Los problemas se administran con contratos, relaciones públicas y managers. La competencia está bien vista por medios como la misma Junta+ que reducen las carreras de los músicos a logros numéricos. La envidia y el ego siempre están ahí, pero saben camuflarse mejor por conveniencia. Decir que el under se autodestruye por ego es romantizar el mainstream como si fuera un espacio armónico, algo que solo podría decir un periodista que no ha reporteado lo suficiente
Otro error fatal de esta columna es que confunde un hito con una escena completa. UDG Chile Cypher es un proyecto específico, no una representación de todo el ecosistema under. Lo que el autor hace es pecar de cómodo y superficial mientras infla con bombín un producto para hacerlo ver como un síntoma estructural y luego alimentar una columna hedionda a moralina. Ese es el colmo de la flojera narrativa. El under chileno no cabe en un cypher, no se agota en diez nombres, ni se define por un post de Instagram.
Además, todo el argumento del ego parece más bien una coartada editorial. La columna insiste en el ego como motor del conflicto, pero evita ir a lo central: las plataformas, la plata, la curaduría, el acceso, la asimetría de visibilidad, quién decide qué y desde dónde. En todas esas aristas hay mucha más carne que en la columna finalmente publicada, donde el tema queda reducido a que todo es culpa del ego y todo lo potencialmente interesante se borra. Porque hablar de “egos” es psicologizar lo que es estructural, es despolitizar un tema que es profundantemente político. Es hacer la vista gorda a los problemas de fondo: quién define el cánon musical, con qué criterios, con qué consecuencias. Eso ni se menciona.
Más puntos en contra: ¿qué onda con esa superioridad moral? “La escena underground existe en base al amor por la música, ¿o no?”. Esa frase, sobre todo la manera inocentona en que está formulada, la encuentro tan pésima que la he leído mil veces. Se me hace súper relevadora del lugar totalmente desinformado desde el cual está escrita la columna, pero sobre todo me parece una frase nefasta porque es puro disciplinamiento simbólico. Básicamente te dice que, si reclamas, no amas la música. Que, si cuestionas, tienes mucho ego. Que, si exiges representación, eres tóxico. En el fondo es el mismo discurso que el mainstream ha usado toda la vida para invalidar a quienes se quedan fuera de él. Yo creo que alguien debería explicarle con urgencia al autor que el under no es un apostolado: es trabajo mal pagado, tiempo, desgaste, inversión personal y casi siempre pérdida. Llegar y exigirle pureza es ser muy cínico y cara de raja, sobre todo desde un medio que se pone en cuatro y se abre las nalgas ante el mainstream, las métricas, las marcas y el lobby.
De cierta forma, lo que esta columna dice es que en el mainstream poco menos que no hay envidia. ¿Dónde la viste? Esa falacia se cae sola. La envidia, el ego y la competencia destructiva no son rasgos propios del under o del mainstream. Por ahí me huele a falta de reporteo brígido. Bastan un par de meses trabajando en la música con los ojos bien abiertos para darse cuenta de que el mainstream vive de sabotajes silenciosos, de vetos que no salen a la luz, de llamadas piola, de listas cerradas, de premios arreglados, de apariciones negociadas en playlists y medios. La diferencia es que la ropa sucia se lava en casa, mientras el under es porno: te muestra toda la bajeza humana de forma explícita y sin asco.
Por ahí también subrayaría la falta de pudor de la LaJunta+ para dárselas de autoridad en un tema que no manejan ni cubren. Recordemos que se trata de un medio sin una historia de involucramiento real con el under, a menos que X artista tenga los contactos correctos, hype y/o números en aumento. Si no, no existes. LaJunta+ no levanta microescenas, no acompaña procesos de artistas desde que están en su casa subiendo temas, no tienen un archivo periódico de contenidos ligados al under, no sostiene artistas cuando no están de moda. Su relación con el under es tardía y de carácter extractivo. Solo aparecen si hay ruido o conflicto, y luego escriben columnas malas desde podios inexistentes. Eso no es periodismo musical ni cultural. Es puro branding editorial con tono opinativo.
Para cerrar, la columna en cuestión es el típico post de LaJunta+: un simulacro de prensa musical que no habla de música, sino de apariencias. El texto no analiza obra, no analiza sonido, no analiza genealogías, no analiza estética. Solo revisa comportamientos desde afuera, como si la música fuese un caso sociológico y no un campo de fuerzas materiales, simbólicas y económicas. ¡Qué manera de no entender nada! Pretender que no haya fricciones en el under es no cachar lo mínimo sobre cómo funcionan las escenas culturales cuando el capital económico es escaso. No es que el under esté enfermo. El conflicto no es una desviación: es una consecuencia material. Los artistas no viven del amor a la música. Los artistas viven de las estructuras que permiten que ese amor no sea suicida.
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