Partimos mal
“Por eso hay que tener conciencia de que las sociedades también necesitan arte y cultura para sobrevivir. Sin ellos haciendo crítica pública, el poder empieza a hablar sin contrapunto y la democracia se desfonda”.
El título de esta columna es un eufemismo: en verdad partimos como el pico. José Antonio Kast lleva menos de una semana en La Moneda, pero desde ya entrega pistas de que tendrá una relación distante y accidentada con la cultura. Lo digo por la consigna que su gobierno y los ministerios adoptaron en redes sociales: “Menos palabras, menos planos, menos recursos publicitarios y más trabajo. No hay tiempo que perder, estamos en emergencia”.
Tiene sentido. Kast llegó al poder gestionando el miedo de millones de personas, y ahora seguirá en la misma. La emergencia es un recurso político efectivo porque hace que todo gire en torno a ella. Solo tienes que convencer a la gente de que el país se está desmoronando y listo. Así lo hace la derecha fascistoide que Kast admira tanto: generan la noción de una crisis permanente para luego ofrecerse ellos mismos como antídoto.
Sin embargo, me hace ruido ver la declaración de emergencia compartida en las redes del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Primero, porque yo mismo soy un trabajador de la cultura y la verdad es que no estoy en ninguna emergencia. Segundo, porque del mensaje de Kast se desprende que prestarle atención a elementos constitutivos del arte como las palabras, las imágenes y la comunicación sería lo opuesto al trabajo serio.
Decir “menos palabras” es menospreciarlas como si fueran un exceso retórico, cuando en verdad son pensamiento, interpretación y relato. Sin ellas no hay literatura, periodismo, ensayo, teatro ni poesía. Son la herramienta que toda sociedad usa para comprender lo que le pasa. Tratar a las palabras como un simple adorno es ignorar que a través de ellas, y del arte y la cultura que producen, se organiza lo que un país puede ver, decir y pensar.
Luego viene otro desacierto: “menos planos”. Pero el plano es la unidad básica del lenguaje audiovisual, y las imágenes nos permiten entender lo complejo a través de una experiencia sensible. Por algo se estudia tanto la forma en que medios como el cine, la tele o los videojuegos impactan en nuestra forma de percibir la realidad. Las imágenes moldean la forma en que una sociedad ve su historia. Eso está claro para todos menos para el gobierno.
Como remate: “menos recursos publicitarios”. Pfff, ¿o sea que la comunicación da lo mismo? Que alguien le recuerde al gobierno que el arte existe dentro de un campo donde circular y ser visible es tan importante como la obra misma. Y no lo digo yo, sino Pierre Bourdieu, un sociólogo amado por la academia (una vez más ignorada por Kast). Por cierto, si reemplazas “arte” por “mensaje”, estás describiendo las comunicaciones en el 2026.
Aparte de hacer caso omiso a décadas de investigación y estudio, la estrategia política de Kast tampoco toma en cuenta lo que está escrito en los libros de historia. La tesis de su gobierno, por lo visto, es que la cultura y el arte son cosas que deben esperar hasta que la emergencia termine, como si no fueran pilares de la moral colectiva, algo que sí sabían los gobiernos anglosajones durante la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial.
Al final es un asunto de sentido común. El poeta Raúl Zurita decía que el arte no tiene poder para impedir los espantos del mundo, pero si lo eliminas, la sociedad se derrumba en cinco minutos porque en él se plasman los sueños y nadie puede vivir sin ellos. Otro poeta, Mauricio Redolés, comparaba al arte con las manitos de plástico que venden en las ferias para rascarse donde uno no llega. Y todo indica que en Chile viene una comezón.
Ojo con Kast. En pocos días al mando, su tesis de la emergencia ya está siendo usada para restarle importancia a la producción simbólica del país en desmedro del crecimiento económico y la eficacia administrativa. Por eso hay que tener conciencia de que las sociedades también necesitan arte y cultura para sobrevivir. Sin ellos haciendo crítica pública, el poder empieza a hablar sin contrapunto y la democracia se desfonda.
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