Arturo Zúñiga, a un año del primer caso de COVID-19 en Chile: «Cuando hay fallecidos, la alegría del trabajo realizado se ve mermada»

Autor: La Cuarta

El exsubsecretario de Redes Asistenciales, en la actualidad candidato constituyente al distrito 9, le relató al diario pop cómo se vivió el 3 de marzo de 2020, cuando arribó el coronavirus en Chile. Dijo, también, cuál fue el momento más difícil que atravesó durante la pandemia y, mirando hacia atrás, qué le gustaría corregir.


«Se está acercando esta pandemia a nuestro país. Yo creo que va a llegar muy pronto».

Las palabras que pronunció el entonces ministro de Salud, Jaime Mañalich, el 26 de febrero del año pasado, apenas seis días antes de que el Instituto de Salud Pública procesara la primera muestra positiva de Covid-19 y se confirmara un aterrizaje acaso inevitable, se percibían incluso como una cuenta regresiva. Y planteaban de paso una interrogante: ¿era el médico recién llegado del Sudeste Asiático realmente el primer paciente diagnosticado con coronavirus en Chile?

Hoy, a un año exacto de la fecha «oficial», el exsubsecretario de Redes Asistenciales y hombre de confianza de Mañalich, Arturo Zúñiga, disipa esa duda:

—Oficialmente es el primero, pero efectivamente hubo casos posteriores que comenzaron con síntomas anteriores al 3 de marzo. Por lo tanto, desde el punto de vista epidemiológico, pueden haber casos anteriores. Incluso, pueden haber habido casos asintomáticos anteriores que nunca se detectaron, porque, como fueron sin síntomas, nunca recurrieron a un establecimiento.

El entonces ministro de salud, Jaime Mañalich, y Arturo Zúñiga.

El martes 3 de marzo de 2020, sindicado en definitiva como el puntapié inicial de la pandemia en Chile, de igual manera estaba destinado a ser un día movido. A primera hora, dice Zúñiga, se reunieron junto al ministro Mañalich con el Presidente Piñera y con los representantes de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). La cita tenía como fin presentar su plan de acción contra el virus. Esa misma presentación se repetiría, algunas horas más tarde, en un punto de prensa desde La Moneda. Allí, frente a los micrófonos, el Presidente Piñera confirmaba: «Nosotros estamos en etapa 1…, todavía en Chile no hay ningún caso demostrado de coronavirus y esa es una situación muy excepcional en el mundo actual».

Lo que no sospechaban las autoridades es que, paradójicamente, esos serían acaso los últimos minutos antes de que, entre las dos y las tres de la tarde, una llamada desde Talca lo anunciara: el virus había llegado al país.

—Cuando estaba terminando el punto, recibí yo la llamada, confirmándonos que uno de los casos sospechosos había dado positivo por el examen de PCR —recuerda Zúñiga.

Se trataba de un pediatra, de iniciales V.F.N.A., 33 años, médico del Cesfam Carlos Gidi de la comuna de San Javier en la Región del Maule. Presentaba síntomas leves: fiebre y dolor de cabeza.

—Inmediatamente, cuando salen del punto de prensa, le aviso al ministro Mañalich y nos subimos al auto: no alcanzamos ni siquiera a pasar al Minsal; nos fuimos directamente al Hospital Regional de Talca, en donde estaba hospitalizado el paciente sin mayor gravedad.

—¿Cómo fue ese momento?

—Pensé: aquí vamos, llegó el momento para el cual nos estábamos preparando. Y uno dice, pucha, ojalá nunca llegue, pero era imposible que no llegara. Por eso cuando se nos confirmó, fue el momento del vamos, aquí vamos, ya llegó a nuestro país y tenemos que ejecutar todo para lo que nos hemos preparado durante meses. Nosotros habíamos hecho compras de mascarillas, ventiladores, los exámenes de PCR, habíamos capacitado al personal, hicimos simulacros en distintos consultorios, estuvo la ampliación del número de camas, la realización de los traslados. Sabíamos que iba a ser una maratón, no una carrera de 100 metros planos. Así que también establecimos cuidados para el ministro, la subsecretaria Daza y para mí, en el sentido de que teníamos que estar en un 100% en todo momento, y por muchos meses.

El día más difícil, fue cuando falleció Lorena, la primera funcionaria de salud.

—Habiendo pasado un año exacto, ¿fue lo que esperaban como gobierno, o no tenían considerado que explotara de tal manera?

—Afortunadamente, pudimos tomar toda la información de los países europeos para tomar decisiones de fortalecimiento de nuestra red hospitalaria. Ellos se dieron cuenta de que tenían coronavirus cuando sus hospitales ya estaban llenos. Esto nos permitió tener dos meses más que los países europeos, que fueron cruciales de preparación para poder crecer, por ejemplo, de 600 camas en el sistema público a 3.400 en el peak de junio. Lo que teníamos claro es que teníamos que prepararnos con todos los recursos que teníamos. Esto es igual a una alerta de tsunami: cuando hay un terremoto se debe activar el protocolo para alejarse del borde costero. Si después no ocurre el tsunami, bien por todos, pero no se puede arriesgar la salud quedándose sin hacer nada. Para la pandemia fue lo mismo.

—Al momento de dar un paso al costado, había cerca de 14 mil muertes en el país. ¿Cómo se lidia con eso?

—Cada persona que fallece en nuestro país a causa del coronavirus es algo que a mí y que a todos los que trabajamos en salud, nos conmueve. Cada vez que empieza el toque de queda, por ejemplo, y la ciudad se queda en silencio, podemos escuchar las sirenas de las ambulancias del SAMU y uno piensa en ese paciente, en esa familia y en los funcionarios de salud que se han sacado la mugre todo este tiempo. Por eso duele cuando empezamos a ver que algunos se están relajando con las medidas, y se están volviendo a saludar de mano o de beso. Tenemos que mantenerlo, a pesar de que llevamos una gran cantidad de la población vacunada.

—¿Cuál fue el momento más difícil de la pandemia?

—Hubo dos instancias muy duras. La primera, desde el ámbito personal, en donde uno se tuvo que alejar de tener una vida familiar normal, de estar con mis hijos, con mi señora. El primer día libre que tuvimos, desde el 3 de marzo, fue el segundo fin de semana de septiembre, recién ahí pude estar con ellos. Pero, sin duda, el momento más duro, el día más difícil, fue cuando falleció Lorena, la primera funcionaria de salud, el 29 de abril. Ella era funcionaria del Cesfam de Gorbea. Yo mismo fui ese día a ver a su familia y a sus compañeros de trabajo; me tocó ir en un avión Hércules de la Fuerza Aérea, y ahí estaban en el Cesfam: habían transcurrido menos de dos horas desde su funeral y todos los funcionarios estaban de vuelta atendiendo a quien lo necesitara. Y si bien estaban con mascarillas, se les podían ver sus ojos llenos de lágrimas y cómo sus voces se dificultaban por el nudo que todos teníamos en la garganta. Pero estaban de pie, mostrando el coraje y la valentía de nuestro personal de salud, del que me siento muy, muy orgulloso.

Sobre Espacio Riesco, decir que desde allí se atendieron a más de 700 personas (…) minimizar ese trabajo, de parte de algunos actores políticos, a mí me parece que es algo muy mezquino. Es el equivalente a ingresar con un hospital San José completo de pacientes hospitalizados.

Críticas, apoyos, resultados

—Durante todo este proceso recibieron bastantes críticas. Por ejemplo, el arriendo de Espacio Riesco. ¿Cuáles fueron sus errores? Digamos, si se pudiera retroceder el tiempo y corregir algo…

—Sobre Espacio Riesco, decir que desde allí se atendieron a más de 700 personas, trabajaron más de 500 trabajadores de la salud, entonces, minimizar ese trabajo, de parte de algunos actores políticos, a mí me parece que es algo muy mezquino. Es el equivalente, para que tengan una noción de lo que se hizo ahí, a ingresar con un hospital San José completo de pacientes hospitalizados. Ahora, obviamente hubo cosas que, creo, se pudieron haber hecho mejor, como la coordinación con los alcaldes, que partió mal pero fue mejorando. Hoy tenemos el mejor ejemplo de cómo se fue construyendo y fue mejorando esa relación, que es el proceso de vacunación, que lo están llevando a través de los consultorios que dependen de los alcaldes, y ha sido un proceso de mucho éxito.

—¿Faltó más apoyo por parte de la ciudadanía, a la hora, por ejemplo, de seguir las recomendaciones?

—Pero es normal que ocurra, en un comienzo, una dificultad de adaptación en relación a lo que es una educación sanitaria. Yo recuerdo que a principios de marzo, en esta misma fecha hace un año atrás, hacíamos un llamado a las personas para que evitaran saludarse de beso y de mano. Costó, costó, pero se terminó implementando. Además, hay que recordar que los colegios estaban cerrados y ahí es, precisamente, donde se pueden enseñar las medidas de autocuidado para que estas se apliquen después en los hogares. Por ejemplo en las cosas del reciclaje: son los niños los que hoy llevan esas ideas a los hogares, porque el colegio es el mejor lugar para educar a la población. Y esto fue muy difícil en todo el mundo, no solo en Chile. Finalmente se lograron buenos resultados: hoy cuesta ver gente que no ocupe mascarillas en lugares públicos.

—¿Cuál es la evaluación tras dejar la subsecretaría?

—Creo que la mejor evaluación son los resultados: que hoy tenemos una capacidad para realizar 60 mil exámenes de PCR al día. Crecimos de 600 a más de 3 mil 200 camas en unidades de cuidado intensivo. Hoy se han vacunado 3,5 millones de personas, porque se preparó a tiempo, se hicieron acuerdos comerciales con distintos laboratorios, y estamos viendo hoy los resultados. Obviamente uno se va contento, de alguna manera satisfecho con que dejamos todo lo que estaba en nuestras manos para poder hacer un correcto manejo de esta pandemia. Pero obviamente, cuando hay personas fallecidas, esa alegría se ve mermada, porque sabemos que detrás de cada una de esas personas hay una familia en el país que sufrió. Y eso, a todos los que trabajamos en salud, nos duele cada día que se siguen reportando personas fallecidas.

Seguir leyendo