El gurú que mató a su hijo: La historia de Antares de la Luz

Autor: Jorge Ruz

Impulsado por la profecía maya que anunciaba el fin del mundo, Ramón Castillo creó en 2012 una secta para buscar su salvación. Tuvo un hijo con una de sus seguidoras, al cual quemó como sacrificio en una hoguera sólo horas después de nacer.


Son las 22:50 horas del 23 de noviembre de 2012 y Natalia Guerra tirita al ver desnudo a su hijo Jesús Castillo, quejándose en el asiento trasero de una camioneta estacionada en una perdida parcela al interior del fundo Los Culenes, de Colliguay.

El bebé está por cumplir 48 horas de vida e indefenso llora mientras su madre le amarra los piernas con cinta adhesiva. Los gritos afectan a la mujer, quien también estalla en llanto, por lo que su ex pololo, Pablo Undurraga, termina la tarea.

“Antares de la Luz”, a quien consideran su “dios”, les ha ordenado silenciar al infante, por lo que Pablo toma un calcetín del mismo pequeño para taparle la boca. Luego, la sella con otro poco de cinta adhesiva.

Falta poco para las 23 horas. El momento fijado para acabar con “el anticristo”, por lo que Undurraga baja del vehículo a Guerra y su pequeño. La toma del brazo y atraviesan la oscuridad hasta llegar a un fogón, donde su líder espiritual los espera para un ritual, el más atroz de los asesinatos: sacrificar a su propio hijo.

El maestro

Ramón Castillo Gaete nació en diciembre de 1977 y vivió en La Reina hasta 1990, cuando sus padres se separaron. Se cambió a Peñalolén, donde destacó por ser bueno para la música y el fútbol.

A los 7 años aprendió a tocar guitarra y luego siguió con flauta, clarinete, zampoña, quena y charango, especializándose en el Conservatorio. Se integró al grupo folclórico Amaru, junto a quienes viajó a Ecuador.

Conocer Vilcabamba, denominada como “el valle de la longevidad”, cambió su vida. Conoció la ayahuasca y se convirtió en aprendiz de chamán. Ahí murió Ramón y nació “Antares de la Luz”. Comenzó a definirse como “un dios” y a entregar servicios de “sanación con las manos”.

Tras un tiempo volvió a Chile, estableció centros de sanación en San José de Maipo, Zapallar, Mantagua, Los Andes y el Valle de Elqui; siempre procurando sumar a personas con carencias afectivas y un buen pasar económico.

Viendo que el escenario era favorable, Antares aprovechó la profecía maya que decía que el mundo se acabría el 21 de diciembre de 2012, para armar una religión a su medida.

La secta

Sus seguidores, personas con estudios y provenientes de contextos ideales para aferrarse a lo que les ofrecía Castillo, le siguen ciegamente todas sus ideas.

Pablo Undurraga es el discípulo más cercano y el primero que apoya la idea de irse al fundo de Colliguay. Involucra a su polola Natalia Guerra y a otras cinco personas.

En el escondido lugar, tienen un estricto régimen de vida, donde abundan los rituales con ayahuasca. El objetivo: “sanar al ser interno”. Para eso todos deben recibir golpizas de Antares. Además, las mujeres debían someterse a su antojo sexual.

En pocas semanas el nuevo líder acabó con todas las parejas y doblegó la voluntad de sus seguidores, hasta que embarazó a Guerra. Llamó “el anticristo” a su hijo y aisló a Natalia en Los Andes, hasta el momento del parto, que por complicaciones debió ocurrir en la Clínica Reñaca.

Las pocas horas de vida de Jesús fueron al interior de la camioneta desde la cual fue bajado amordazado por su madre.

Al llegar al sitio donde arde un fogón, depositan al niño en la punta de un tablón. Antares se acerca, lo apuñala una vez y mete la madera completa al interior de un incendiado nicho de 1×2 metros. Todos, incluyendo el supuesto dios, lloran desconsolados.

Luego de que el fin del mundo no llegara ese 21 de diciembre, los miembros de la secta separan caminos, jurando guardar secreto. Pero antes de acabar el verano del 2013, un anónimo le cuenta todo a la PDI.

En febrero de ese año, Antares había huido al Cusco, Perú, donde trabajaba como artesano. Tal fue la conmoción en el país al descubrirse la noticia, que 6 días después de hacerse público el caso, Castillo se ahorcó.

El resto de la secta sólo cumplió penas en sus respectivas casas, con excepción de los ex pololos Pablo y Natalia, quienes fueron condenados a 5 años de prisión. Pese a esto, hasta el día de hoy Natalia se mantiene prófuga de la justicia.

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