Crónica

Todos vamos para allá

Desde hace semanas que en el "Muy Buenos Días a Todos" estamos viendo una realidad indignante. Historias de abandono de abuelos y abuelas.

columna

Personas mayores que deberían estar calientitas y protegidas, pero que duermen en autos, sentados en bombas de bencina o a la intemperie. Muchos de ellos han pasado años ahí, invisibles, como si fuera normal que estén a su suerte viviendo, o más bien sobreviviendo, en la calle. Y no pues. Eso no es normal. Eso es lo que duele, la indiferencia.

En cada uno de esos abuelos veo a mi papá. Lo echo de menos como a nadie. Extraño su forma de hablarme, sus consejos y la manera que tenía de enseñarme las prioridades de la vida. Me tocó tener un papá-abuelo. Tenía 58 años cuando yo aparecí en su historia. Quizás por eso me enseñó sin la ansiedad de un papá primerizo, quizás eso también hizo que me dejara hacer más cosas que las que les permitían a mis amigas.

Fue un papá diferente. Nuestra conexión total se dio años después, cuando ya era viejito y yo ya era adulta. Estaba enfermo, medio apagado viviendo en el campo. Un día lo fui a ver y me salió del alma decirle que se fuera a vivir conmigo. Tuve la fortuna de poder ofrecerle mi casa y él aceptó. Fueron ocho años de una convivencia súper especial. Estaba animando mis primeros programas y él era mi principal crítico y mi principal fan. Y si bien se sabía viejo de cuerpo, se sentía joven de alma. "No me gusta que me recuerden que llegué a la tercera edad", me dijo un día. ¿Y por que papá? le pregunté yo. "Porque no hay una cuarta".

No es fácil cuidar a un adulto mayor. Admiro la generosidad de quienes se postergan para cuidar a su papá o mamá que ya está despidiéndose de la vida. Entiendo que no todos pueden, aunque quisieran, pero eso es muy distinto a abandonarlos a su suerte, a olvidarlos. Es tanto lo que nos pueden enseñar, tanto lo que hicieron por nosotros cuando chicos. Nada justifica el abandono.

Me gustaría que hubiera más casas de cuidado diurno, hogares de acogida, pensiones mejores, que sus enfermedades estuvieran en el auge. Pero lo que más me gustaría es que los respetáramos y cuidáramos, tal como nos gustaría que lo hicieran con nosotros. ¡Tienen tanto que entregarnos y nosotros tanto que aprender! Si tienes un abuelo cerca hazle un cariño y si está lejos llámalo, no te olvides que todos vamos para allá.

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