Alcohol, drogas y balazos: Adriano, las historias del emperador desgraciado

Autor: La Cuarta

Le anotó al Real Madrid apenas debutó en Europa, le arrebató la Copa América a la Argentina de Bielsa y fue proclamado el sucesor de Ronaldo. Pero las fiestas, el alcohol, y una pérdida familiar de la que nunca se recuperó, mermaron la carrera de un futbolista que prometía, pero que acabó entre la gloria y la desidia más profunda.


El verano austral de 2004 fue inolvidable para Adriano Leite Ribeiro. Entonces era el hombre del momento. Con la “7” de Brasil en la espalda, anotó la misma cantidad de goles durante la Copa América de Perú, lo que le permitió quedar como goleador del torneo. Además dejó en claro que la camiseta no le pesaba en los momentos difíciles.

En una ajustada final contra la Argentina de Bielsa, fue la figura de la noche al convertir el gol del empate al filo de la hora. Y la magia siguió: con un disparo abierto -contrario a la norma que dice que los zurdos siempre cruzan-, batió sin problemas al Pato Abbondanzieri en la tanda de penales que terminó con el triunfo del Scratch. Goleador, figura y campeón.

Adriano gira y dispara con la zurda. Brasil lo empata y en los penales le gana la Copa América a la Argentina de Bielsa

Tras las vacaciones en el terruño, regresó a la pretemporada en el Inter de Milán. Solo había pasado un año en el club, tras pasar por la Fiorentina y el Parma, donde fue enviado a foguearse. No desentonó y cuando se calzó la camiseta neroazurra convirtió 12 goles en 18 partidos, gracias a su potencia física y un más que respetable remate que, por su fuerza, a muchos les recordaba los míticos disparos de Roberto Carlos. Así, acaso recordando al antiguo gobernante romano, ganó el apodo de «Emperador».

Esa próxima temporada prometía mucho para él, y no pocos lo proclamaban el sucesor de Ronaldo, por entonces luchando contra el peso en los “galácticos” del Real Madrid. “Nadie podía quitarle la pelota. Era un animal. Jugué con grandes campeones, pero con él sentí que podía compartir equipo por muchos años, me sentía cómodo”, recordó Zlatan Ibrahimovic años más tarde.

Adriano, figura en el Inter

Pero durante el entrenamiento de la mañana del 4 de agosto, le comunicaron que tenía una llamada urgente desde Brasil. Sin saber qué esperar, el jugador atendió y escuchó una noticia que marcó el resto de su vida: su padre, Mirinho, había muerto de un ataque cardíaco.

“Lo vi llorar desconsoladamente. Tiró el teléfono y comenzó a gritar que no era posible, y desde esa llamada no volvió a ser el mismo. No pudimos sacarlo de la depresión”. contó el argentino Javier Zanetti, por entonces el capitán del equipo.

Y aunque esa temporada 2004/05, Adriano desató su furia a punta de goles -marcó 28 en 42 partidos- y ganó la Copa Confederaciones con el scratch brasileño -otra vez en una final a la Argentina, con José Nestor Pekerman como DT-, poco a poco, el emperador comenzó un descenso a los infiernos. Una carrera prometedora, se fue al garete.

El atleta elegido

Cuando la señora Rosilda escuchó las palabras del pastor, sintió que su cuerpo se estremecía. Como una profecía lanzada en una capilla de favela, escuchó al sujeto proclamar que “llegarán unos visitantes y Dios manda a decir que tiene un atleta que todo el mundo va a conocer y va a entregar gloria y honra del Señor. Va a ser tapa de los diarios, y por esta semana va a tener un gran éxito”.

Ella estaba convencida que el atleta estaba en su casa y era su hijo, Adriano. Un canhoto (zurdo) de 1.89 metros de estatura, fogueado en largos partidos en las rudas calles de Villa Cruzeiro, la favela de Río de Janeiro donde creció.

Como muchas mujeres, ella fue quien empujó la promisoria carrera de su hijo, convencida de que él podría triunfar en el fútbol. Pero no fue fácil. A diario soportaba un largo viaje en tren y en autobus -a menudo repletos- hacia Gávea, donde entrenaban las divisiones inferiores del Flamengo.

Primeros años en Italia: Adriano en el Parma

Incluso, cuando el dinero escaseaba, Rosilda le decía a su marido Almir (Mirinho), el padre de Adriano, que los gastos de la escuela de fútbol lo pagarían unas tías. Pero era una mentira. El dinero lo conseguía ella misma trabajando horas extras vendiendo lo que fuera: dulces, verduras, churrascos. Todo, para sacar al chico del barrio marginal y verlo triunfar.

“Mi madre y mi abuela (Wanda) son dos guerreras y no hay otra cosa que aplaudirlas”, reconoció el futbolista años después a TV Globo.

Y años después, el joven comenzó a despuntar. En los mismos días en que la madre escuchó la profecía en el templo evangélico, el muchacho se integró a la selección juvenil brasileña que viajó a Nueva Zelanda para disputar el Mundial sub-17. Finalmente el scratch ganó el título, y Adriano ganó atención. A su regreso fue ascendido al primer equipo del Flamengo. Allí comenzó su  trayecto a la gloria.

Fue convocado a la selección adulta brasileña durante las eliminatorias rumbo al mundial Corea/Japón 2002. Pero la atención del mundo estaba sobre él. Algunos meses después firmaba su contrato con el Inter de Milán, el mismo equipo donde brilló Ronaldo. El 14 de agosto de 2001 se presentó en sociedad ante el fútbol europeo. Y nada menos que con un soberbio golazo de tiro libre ante el Real Madrid en el pasto del Bernabéu.

“Era como en mis sueños. No necesitaba más -recordó años después en una carta publicada en el sitio web del Inter-. Salí al campo y no pensé en nada, jugué como si estuviera en ese campo polvoriento en Vila Cruzeiro. Regateaba, hacía caños, podía hacer todo. Recibí una falta de tiro libre y desde el banquillo decían que debía cobrarlo. ¿Recuerdas el pie izquierdo que solía entrenar en la calle y en casa, el que volvía loca a mi madre? Lo presenté al mundo con ese tiro libre. ¡Dijeron que iba a 170 kilómetros por hora!”.

«Solo me sentía feliz bebiendo toda la noche»

Faltaban apenas unos días para embarcar hacia Alemania para disputar el mundial 2006, y Adriano, el goleador superestrella, decidió pasar una noche de juerga con sus amigos de la favela en la discoteca Quebra-Mar, en la zona oeste de Río de Janeiro. Pero, según las versiones de prensa, tras salir del lugar, el grupo fue interceptado por la policía, pues algunos de los fiesteros estaban prófugos de la justicia. Uno de los amigos del futbolista intentó huir, pero fue baleado y falleció. Desde entonces, la sombra de la duda se cernió sobre él.

Poco a poco comenzó a faltar a los entrenamientos. El DT Roberto Mancini se aburrió de darle oportunidades y lo dejó fuera del plantel que disputó la Champions League. En otra oportunidad, tuvo un altercado con el basquetbolista Rolando Howell, en la discoteca Hollywood, de Milán. Unos dicen que fue un “mal entendido”, otros, una pelea de borrachos. Lo cierto es que el goleador vivía sus peores días.

“La muerte de mi padre me dejó un vacío enorme, acabé sintiéndome muy solo y me aislé -reconoció años después en una entrevista con R7-. Fue lo peor. Me vi solo, triste y deprimido en Italia, y es [ahí] cuando empecé a beber. Solo me sentía feliz bebiendo toda la noche. Bebía todo lo que me ponían delante: vino, whisky, vodka, cerveza, mucha cerveza. No paraba de beber, y tuve que dejar el Inter porque me trajo problemas con el DT Roberto Mancini y no sabía cómo disimularlo. Llegaba borracho por la mañana a los entrenamientos. Me presentaba y me llevaban a la enfermería y le decían a la prensa que sufría dolores musculares”.

Dupla de temer en el Inter: Adriano y Zlatan Ibrahimovic

De allí su carrera se movió entre la euforia y la depresión. Fue enviado a préstamo al São Paulo, donde pese a las constantes noches de juerga, se las arregló para anotar 17 goles en 29 partidos. Por ello, volvió al Inter, pero ahí, se encontró con José Mourinho, uno que no le tiembla la mano para hacer sentir su autoridad. Por ello, estuvieron en permanente conflicto. El brasileño no aguantó más. Anunció su retiro temporal del fútbol en abril de 2009.

Pero cuando le ofrecieron la posibilidad de jugar cerca de los suyos, el Emperador comprendió que la vida la entregaba, otra vez, una chance. Y esta vez la aprovechó. Con Wagner Love como compañero de ataque -una fórmula que los ingeniosos llamaron ‘el imperio del amor’-, Adriano fue el goleador del Flamengo. Fiel a su costumbre, apenas debutó, respondió con el gol del triunfo ante Atlético Paranaense.

“Se llevaba bien con todos y era muy querido, ayudaba mucho a los más jóvenes y se adaptó rápido al equipo -recuerda Danilo, uno de sus compañeros en el equipo-. Sin dudas pudo haber sido el mejor del mundo, por lo que consiguió con Flamengo y en el exterior. Era fuerte y un excelente rematador”.

Las buenas actuaciones le abrieron la chance de volver a calzarse la camiseta de la selección brasileña de cara al mundial de Sudáfrica 2010. Pero al entrenador, Dunga, le quedó claro que el jugador andaba con la cabeza en otra. Nunca más volvió a vestir la canarinha.

El renacer de Adriano en Flamengo

Pero esa temporada se abrió otra puerta. El goleador fichó por el A.S Roma, pero nuevamente no rindió. En solo cinco partidos en la Serie A, no anotó goles. Así, rescindió el contrato, y se devolvió a Brasil con los amigos. Por entonces ya hacía más noticia por sus movidas fuera de la cancha: antes de partir a la península fue revelada una foto en que posa junto a un amigo de la favela con armas en la mano. Ello le generó un problema con la justicia. Era una broma entre amigos, dijo. Pocos le creyeron.

Tuvo otro paso por la liga local, esta vez por el Corinthians. En dos años solo anotó tres goles. Mientras, se acumulaban las notas sobre sus borracheras y algunos líos judiciales. En algún momento lo acusaron de comprarle una moto a la madre de un narcotraficante. Cuando fue citado a declarar, negó su participación.

En diciembre de 2011 se involucró en otro lío policial. Una noche salió de una fiesta acompañado por una chica de 20 años. La subió a su auto, pero ella dijo que mientras conducía, Adriano le disparó “accidentalmente”. Nuevamente, tuvo que declarar. “Siempre tienen que hablar mal de mí. Todo lo malo es por mí, pero yo tengo mi conciencia tranquila. Me quité la camisa, le presté ayuda -aseguró-. Solo tomé el arma después de que se disparara ella misma, y se la di a la Policía”.

La foto posando con armas junto a un amigo

A esas alturas ya pocos le daban algún crédito. En 2013, Dunga quiso intentar rescatarlo como jugador y llevarlo al Inter de Porto Alegre, pero los dirigentes se opusieron. “Creo que Adriano es un mal ejemplo para la juventud. Es todo aquello que no queremos, porque es una persona que tiene una conducta desviada”, señaló el entonces vicepresidente Roberto Siegmann. Finalmente, le dijeron al entrenador que solo accederían a ficharlo, si el viejo crack lograba pasar los exámenes médicos. No lo consiguió.

Tras casi dos años desde su último partido profesional, Adriano volvió a vestir una camiseta. Esta vez, del Atlético Paranaense que lo fichó como refuerzo estrella de cara a la Copa Libertadores. Claro que esta vez hubo condiciones; el jugador tenía que entrenarse en Curitiba, lejos del carrete en Río. O era disciplinado, o se acababa.

Adriano

Y aunque comenzó a trabajar en diciembre de 2013, en enero del año siguiente se arrancó por nueve días. Pese a todo, lo perdonaron. Pero no bastó: en la cancha el rendimiento fue de apenas un gol. El equipo fue eliminado en primera ronda, y al jugador le rescindieron el contrato tras dos meses, debido a las salidas nocturnas y las inasistencias a los entrenamientos.

El último gol lo anotó lejos de su país, en el Miami United, de la cuarta división de la National Premier Soccer League (NPSL) de Estados Unidos. Solo jugó un partido oficial. En esos días, compró parte del paquete accionario. Con 34 años, regresó a Brasil, dejó el fútbol y se instaló en una favela. Desde entonces, ha hecho noticia por problemas económicos y la venta de varias de sus propiedades.

Y allí, entre las estrechas calles del Río más marginal y profundo donde surgió y se hundió, el exgoleador pasa sus días. Emprendedor, ha diversificado sus intereses. En marzo de 2019 firmó un contrato con la productora Bananeira Filmes para llevar su vida al cine. “Todo lo que ustedes siempre quisieron saber, en breve en las pantallas del cine”, publicó en sus redes sociales.

Al parecer, tras años en la vorágine del gran mercado del fútbol, por fin el ánimo del goleador parece sosegado. “Ahora soy feliz –le dijo a R7– y descubrí cosas importantes una vez que dejé Italia. Entendí lo mal rodeado que estaba, amigos que solo me llevaban de fiesta con mujeres, alcohol y sin pensar en nada. Renuncié a los millones pero he comprado la felicidad”.

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