Por Eduardo OrtegaAlberto Fuguet de paseo por los vínculos familiares y el duelo: “Ahora se habla de salud mental, antes se tiraban al canal San Carlos y a nadie le importaba”
La flamante novela de Fuguet, Ushuaia, Un destino melodramático, va de la relación entre una madre sin fronteras y un hijo profundamente quebrado. Una ficción que matchea con el proceso de duelo, los suburbios, un Chile que —apenas, lentamente— explora los avances del nuevo milenio y que detenta en Leticia a su primer protagónico femenino. En diálogo con el diario pop, el destacado escritor y cineasta reflexiona sobre salud mental, la esencia de los personajes fugueteanos y el rol acaso identitario que asume el melodrama.

Leticia Lucero es argentina y puntana, como llaman a los hijos de San Luis, capital de la provincia homónima, allá en las montañas de las Sierras Grandes. Es, además, un cruce de historias y contradicciones: amante, amiga, hija, hermana, inmigrante, empresaria. Alguien con el arrojo necesario para, en el fragor de los ochenta —dictadura aquí, posdictadura allá—, decidirse a cruzar los seiscientos kilómetros que median entre San Luis y Maipú, Santiago, Chile, y relanzar su vida, sus vidas, con una farmacia de barrio, es decir, alguien con la estatura de quien puede obrar pequeños milagros. Modestos, palpables, cotidianos, nada muy aparatoso pero tampoco nada para tomarse a la ligera. Leticia es todo eso pero, sobre todo, es madre: la madre de un joven sin padre, Bruno, cuyo futuro de promesa literaria abdicó demasiado pronto.
Es, en definitiva, la primera protagonista mujer de Alberto Fuguet y tal vez, con todo lo que esto conlleva, el personaje más fugueteano que presenta Ushuaia, Un destino melodramático, la novela con la que el escritor y cineasta regresa a librerías para desmenuzar el poco explorado vínculo madre-hijo, y, mediante un relato poco menos que musical, con cuentos, cartas, blogs destinados a un público invisible, entrevistas y notas de prensa, zambullirse dentro de un Chile que se abría paso en el nuevo milenio.
—Leticia es una madre interesante. Una que, en líneas generales, escapa del molde de madre…
—¿Se parece a la tuya?

Alberto Fuguet está sentado delante de su pantalla con un vistoso parche que le cubre el tabique nasal. Dos días atrás, dice, sufrió un improbable accidente que le impidió asistir a una radio y en cambio lo envió a la clínica. En un rato irá a hacerse otro chequeo, a la espera de retomar lo que un escritor hace cuando recién estrena un libro: conversatorios, firmas de ejemplares, ir a radios o a cafeterías a responder en quién se inspiró para construir a Leticia o si Bruno existió realmente, cómo es tratar un suicidio, por qué San Luis y no Buenos Aires y Maipú y los suburbios, por qué Ushuaia, allí al fin del mundo. Pero por lo pronto quiere saber si esta madre argentina que desafía al arquetipo es capaz de resonar entre sus lectores.
—Sabes que sí, tiene alguna cosita. Mi mamá no es argentina, pero tiene algo de su carácter.
Hace años, un lector le comentó al pasar a Alberto Fuguet que había comprado uno de sus libros especialmente para obsequiarlo a su madre. Acostumbrado a que le dijeran que sus obras eran para un amigo, una amiga, la polola o el pololo, el escritor se asombró. Yaaaa, ¿y por qué?, quiso saber. La respuesta guardaba todo el sentido: es que mi mamá es como una novela. Las piezas encajaron: Lucas García, Matías Vicuña, Alfonso, Tomás, Clemente, digamos, todos estos ciudadanos de un mundo que no termina de acogerlos, salen de algún lugar, tienen una mamá. Esa premisa, madre-hijo, Fuguet la anidó en silencio hasta llegado el momento oportuno.
—¿Qué supuso para ti internarte finalmente en este lazo, quizás una relación no tan transitada en la ficción?
—Bueno, exactamente lo que tú dices. Yo siempre trato de ver dónde hay un espacio vacío para poder hacer el edificio de uno. ¿Para qué construir un edificio si hay otros? Y a mí me parecía eso: he visto muchas películas, y a los hombres tienden a gustarle mucho las películas de padre-hijo. Y existen un montón de películas o de ficciones de madre e hija. Incluso uno podría pensar que El Diablo usa Prada 2, que está tan activa, al final es una película madre-hija, o de una figura materna, ¿no? Pero sentí que había menos de esto, y vi que había una súper oportunidad. Me di cuenta que, efectivamente, si yo era sincero, por las madres que yo conocía, y la mía incluyendo, si la mamá fuera más rara o intensa y no lo típico que aparece, podría tener varios puntos a mi favor. Esto siempre es un poco como una apuesta también. Hay gente de Hollywood que trata de volver a repetir la fórmula, pero yo trato de pensar, ¿dónde hay un terreno donde yo pueda plantar que sea fértil y que sea nuevo? Entonces, claro, me di cuenta que era raro, no era tan común madre-hijo, y además, si la madre además no era la típica madre, y si Bruno no era el típico hijo, podríamos tener buen material para empezar a plantar el camino. Muchos de los temas de los libros, o de las películas, es que yo sienta que pueda plantarse algo. O sea, plantar en arena nunca te va a salir algo. Y dos, que yo lo pase bien también, ¿no? Me di cuenta que varias veces me decían: oye, esta es mi mamá, o hueón, tú supierai cómo es mi mamá, ¿cachái? O mi mamá quiere que sea escritor o mi mamá quiere que yo sea ingeniero. Entonces, me dije, aquí hay un tema. Y efectivamente, partió por Bruno, pero Bruno tenía que tener una madre, y ahí fue creciendo y la madre un poco se comió todo. Se va tomando la historia.
—¿Y qué te parece que sea alguien como Leticia la primera mujer que protagonice una novela tuya?
—Bienvenida, todo bien. Divertido, sobre todo, porque las mujeres están abrazándola. Y poco a poco yo creo que van a ir abrazándola los hijos. Y creo que tiene que ver con que igual es una mujer, para mi gusto, fugueteana. O sea, en el sentido que no es que yo traje una mujer de la calle y la puse. O sea, es una extranjera, provoca cringe. No tiene fronteras. Y además creo que habla de los tiempos. Mi impresión es que ahora las mujeres son las que están dominando todo y son como las dueñas del mundo. Así que me parece que hace sentido que Leticia sea la protagonista y que Bruno sea más secundario. Porque además Bruno la está pasando mal.
—Mencionaste a Leticia como un personaje fugueteano. Siempre hay parte de ti en tus personajes, en tus libros…
—Esperemos, esperemos.
—Pero es algo que siempre te dicen, ¿no? Que se nota.
—O sea, sería muy fome que tú me dijeras: este personaje es muy Jaime Collyer. Es como si yo te dijera que tú cada vez te pareces más a tu primo. Ahora, es loco eso. Porque yo sé que hay muchos escritores que no les interesa ser como ellos. Su meta es cambiar, puede pasar de gótico a poético. Pero yo soy a la antigua, quizás. Yo siento que uno tiene que escribir de las cosas que a uno le interesan. Y eso te da una cierta autoridad. Y tienes que ver lo que llamo el morbo. Te tienen que interesar los temas que te interesan. Yo no puedo hacerme el que me gusta el afternoon tea, digamos. Yo no soy Bridgerton.
—Te lo preguntaba porque Leticia tiene tu edad, escucha tu música. ¿Es tu retrato en Ushuaia?
—Sí. Pero los dos. Bruno también. Igual, Eduardo, yo no me di cuenta de inmediato. Me di cuenta cuando dije: ah, ya, tenemos la misma edad. Por lo tanto, ahí empecé a captar qué música podía escuchar. O qué películas pudo ver. Con la diferencia de que yo no soy de San Luis. San Luis realmente es una provincia, un pueblo. Pero después pensé: debe ser más loco ser como friki en un pueblo. Y ahí se van juntando las cosas.

—¿Y qué hay de Bruno? ¿Cuál fue el crush ahí, cómo se te apareció? Dijiste que venía un poco de Donnie Darko…
—Bruno viene de un mundo que intuyo, puedo equivocarme, tú conoces bien, ¿no? ¿Cuántos años tienes?
—¿Por la época de los blogs, dices? Yo tengo treinta y cuatro. Y claro, viví todos estos cambios en la primera parte de los 2000.
—Bruno es del 85. Entonces, claro, me pareció que eso no se había tratado tanto ni en literatura ni en cine. O en cine latinoamericano. En cine claramente sí. Y Donnie Darko, a mi gusto, representa muchas cosas, pero sobre todo capta esto de andar solo en bicicleta y quedarse dormido en la calle, el sentir que nadie te pesca, que tu único amigo es un conejo. Toda tu familia es bastante normal, tu hermana puede ser Maggie Gyllenhaal, pero así y todo tú eres un freak, digamos. Es como la oscuridad dentro del suburbio luminoso, y eso yo quería hacer: que Bruno fuera el chico oscuro en un Maipú que quizás no es tan gótico. Pero me pareció que siempre en los suburbios, en los pueblos, es donde más surge la gente con oscuridad. Y efectivamente, como yo he dicho, Bruno surgió de lectores, quizás de personajes míos, pero con una tecnología nueva, que ya no es tan nueva porque, obviamente, los blogs y el Messenger y todas esas cosas ya pasaron de moda. Pero en su momento fueron la primera línea de la tecnología, fueron los primeros chicos que se criaron con tecnología y se dieron cuenta que quizás tampoco los salvaba. Tú podías tener Messenger y chat y distintas cosas, blogs, y tus primos mayores o tus papás podían decir, ah, este chico es remoderno, Eduardo es remoderno. Pero no porque tú tenías Messenger implicaba que necesariamente fueras feliz o que tu vida estuviese perfecta. Entonces, Bruno tiene acceso a la tecnología, es mucho más moderno que Leticia, es muy como comienzo de siglo. Pero eso no implica que está salvado. En el caso de Bruno, literalmente, no está salvado.
La mirada de Alberto Fuguet se cubre, de golpe, de respeto absoluto.
—Bueno, y hay una historia, que ya no sé si quiero seguir contándola.
—Te iba a preguntar. No sé si quieres comentar algo, imagino que es fuerte para ti.
El 11 de noviembre de 2005, el cuerpo de Santiago Nicanor Errázuriz Lobo, dieciocho años, exalumno del Colegio San Ignacio El Bosque, fue hallado por dos trabajadores en la ribera del cauce cerca de las Lomas de Lo Aguirre, en el sector El Atajo. Su rastro se había perdido diez días antes. Desde entonces, amigos y familiares habían realizado intensas labores de búsqueda. Incluso levantaron un sitio web para reunir información. El Servicio Médico Legal descartó lesiones atribuibles a terceras personas. Chago, como lo llamaban cariñosamente, batallaba contra la depresión hacía algo más de un año. En resumidas cuentas, no pudo contra su propia tristeza.
Como seguidor de su obra, un tiempo después, el hermano de Chago citó al escritor y le entregó un disco duro donde hibernaban sus escritos y su blog. A Fuguet claro que le afectó. Incluso fue a su funeral.
—Sí, sí —concede el escritor—, o sea, yo siento que más para ellos (su familia)..., no he sabido de ellos. Pero sí lo sentí. Tuve el disco duro veinte años o quince. Y sentí eso: que si iba a tocar el tema, tenía que hacerlo bien. Más que salvar a Bruno o salvar al personaje real, que claramente no lo pude hacer ni tampoco me correspondía, porque no lo conocía, lo que quizás sí podía hacer era crear a un Bruno complejo, raro. Con el que el lector pueda empatizar y pueda reconocerse o reconocer a amigos, o a primos, o a cercanos. Para que ojalá... no digo que no vuelva a ocurrir, porque siempre va a ocurrir. Pero hacer de Bruno un personaje complejo. Porque era más que una sola cosa. No era sólo depre.
—Dijiste, en otra entrevista, que Bruno era un gesto.
—Sí, me pareció que a Bruno había que tratarlo con cariño. Si bien en este caso no iba a ser el protagonista. Aunque partió siéndolo, spoiler alert, ja, ja. Sí había que hacerle un homenaje a él y a la gente que se parece.

—Hay un gesto también con Maipú, ¿no?
—He estado en estos días recibiendo mensajes desde Maipú. Me están invitando a una librería. Tuvimos una crítica súper positiva en La voz de Maipú, a quien escribió la crítica le gustó el libro y eso me dejó contento. Me dijo que sintió que Maipú era verdadero. Y me han escrito varias personas por Instagram que me dicen: hueón, siento que existo. Es como que escribir de Maipú o de los suburbios ha gustado. O mejor dicho, más que ha gustado…
—Fue como un acto de justicia darles voz.
—Lo dices tú, claro. Y yo quería eso. Porque, cuando yo empecé a escribir y a leer, me era muy importante sentir que yo estaba en los libros. Que no era solo sobre el Quijote. O sólo sobre gente muy lejana a mí. Y por eso empecé a escribir de discos y de pop. Y de gente parecida.
—Sobre las voces: en Ushuaia hay un collage de personajes chilenos, argentinos, modismos de uno y otro lado. Han dicho que es un libro bilingüe…
—No sé si la palabra era bilingüe pero ya que se está usando, lo acepto. Lo leí por ahí y me gustó. Además, yo siempre he sido bilingüe, y en ese sentido, para mí bilingüe implica eso: saludar la oralidad argentina y los libros argentinos, las películas y las canciones y todo eso.
—¿Y cuál es el desafío? De pasar de la vieja cuica chilena a una mujer argentina, por ejemplo.
—Que todos tienen que parecer creíbles. Que si el día de mañana se llevara al teatro o al cine, al actor le saliera de una. Yo creo que el verdadero desafío es que, si hay alguien que sea como la vieja cuica, o que sea como Bruno o Leticia, no me pillen el artefacto. O, como se dice en el idioma joven, te la compro. Es eso: que te la compren. Yo tuve algo que a mí en una época me afectó mucho, que fue el no saber español. Durante dos años, un infierno. Por eso, después siempre he estado atento a cómo la gente habla. Entonces tengo una especie de computador en mi computador, en mi cabeza, para captar los acentos. Yo me doy cuenta que tú ya has dicho muchas veces ya. Entonces si yo escribiera sobre ti serías como un periodista análogo con lentes que a cada rato diría ya. Básicamente eso. Siempre he pensado que podría trabajar en la policía. Tipo, ¿quién habló? Mira, obviamente el criminal este porque dejó un mensaje telefónico donde decía cada rato ya. Y nada, cada vez que voy a los países se me pega el acento. Ahora voy a Colombia y probablemente voy a empezar a hablar así, aunque es el país de donde menos domino el acento. Pero como en Bogotá hablan de usted, yo termino simplemente por huevear diciendo: ¿usted me regala café? ja, ja, ja. Es mi lado Mike Patton, como diría yo, que trata de hablar español, ja, ja, ja.
—Otro desafío, imagino, fue hablar de temas sensibles que están en boga. La salud mental…
—Es que ahora se habla de ella y se le tiene nombre. Antes se tiraban al canal San Carlos y a nadie le importaba. Yo creo que decían cosas como: usaba anteojos, ¿qué esperabas? O, no sé, era raro, nunca hablaba en los asados. Decían incluso que era un poco cacho. La salud mental era vista más como un cacho. Era más bien una pose. No se le creía tanto a la gente con problemas. Era como: ah, Eduardo y sus cosas… Como si esa persona que sufre estuviera llamando la atención un poco, ¿no? Siempre encerrado en su pieza.

—La salud mental en el libro va relacionada, en parte, con el tema de los blogs, de escribir, sentirse solo, desahogarse sin que nadie te lea. ¿Te costó escribir sobre estas temáticas en algún minuto?
—Creo que no. O sea, en todo libro uno duda. Pero yo apuesto por los personajes y al tener dos personajes en este caso, más que uno, la verdad es que no. Yo confío en las personas también. Entonces yo sé que si uno tiene tiempo y hay onda, finalmente se va a ir armando un vínculo, vamos a poder conversar. Yo sé que eventualmente tú me vas a ir contando cosas tuyas. Tú te vas a ir abriendo, yo me voy a ir abriendo. Se va produciendo algo. Entonces, siento que obviamente los libros no nacen en quince minutos como una columna, pero las columnas también: si yo tengo algo que decir, tengo que superar ese trauma, escribirlo. Entonces, es confiar en la historia. Y después se va mutando. En ese sentido, Ushuaia fue muy distinto. Ushuaia parecía mucho más Bruno, por ejemplo. Me di cuenta que sobró harto pa’ spin-offs, los textos de Bruno. Porque claro, Bruno tenía textos y textos, y cada persona que conocía. Había un Ángelo, un Ivo, había como toda una fauna de Maipú. Había escenas en las que aparecía Eva Gómez y el odio de Bruno hacia los programas de Eva Gómez. Y después Eva Gómez hablando en el libro, buscando a Bruno. Pero me di cuenta que la novela no era tanto sobre Bruno, era sobre los dos y sobre Maipú, también sobre Chile. Entonces, claro, me estaba engolosinando con Bruno. Entonces, no. La verdad es que cuando yo confío y me doy cuenta que tengo personajes y tengo una historia que me gusta, confío en que ellos me van a ayudar. Siento que si yo los elegí, ellos me van a decir gracias por elegirme, y voy a conectar contigo, voy a apañar. Yo siento que mis personajes me apañan. Por eso le digo a mis alumnos que es muy importante encontrar personajes que te gusten y que te caen bien y que no sólo te interesen.
—Más allá de que alguien pueda identificarse con Bruno, con Leticia. ¿Cuál sería una buena señal de alguien que lea Ushuaia? Acaso tus expectativas.
—Bueno, se parecen siempre. Uno, que me lean en el metro. Pero, en este caso, creo que sería bacán que alguien se lo regalara a su madre. Que sea un libro jugado, ya subrayado y que se pueda producir un diálogo entre hijo y madre, digamos, y discutir. Yo creo que eso sería. Y googlear, googlear cosas. Cosas que uno no va a saber, que tal canción me gustó o que me pareció ultra antigua, cosas así… Y, obvio, que quieran adaptarte.
—¿Te gustaría una película?
—Si yo tuviera que apostar entre una película y una serie, me atrae más la serie. Las series se tienden a parecer más a las novelas, porque son más de largo alcance y tienen hasta capítulos. Me parece que es muy difícil que el cine, sobre todo el cine latinoamericano, llegue a mucha gente. Tiende a ser más de arte. Por eso yo también dejé de hacer películas: porque yo creía que nadie las veía.
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