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Crítica de cine: La historia del sonido, elegancia contenida y una emoción demasiado distante

El director Oliver Hermanus explora la melancolía y los afectos reprimidos en un romance atravesado por la música y el tiempo, pero su refinamiento extremo termina enfriando su historia.

El director Oliver Hermanus ganó reconocimiento hace más de una década con Beauty, un drama incómodo sobre un hombre casado, racista y homofóbico que reprime su deseo por otros hombres. Y en los últimos años dio un salto decisivo con Living, remake de un clásico de Akira Kurosawa centrado en un burócrata que, al final de su vida, decide hacer algo significativo por su comunidad.

Con esos antecedentes, La historia del sonido generó expectativas desde su anuncio. La adaptación de un relato breve llegó a la competencia principal de Cannes y fue acompañada por rumores tempranos sobre una posible carrera en la temporada de premios, pero nada de eso terminó ocurriendo. La explicación, por supuesto, parece estar en la propia naturaleza de la película.

Basta decir que, en el papel, la propuesta de este drama de época parece una extensión natural de lo que Hermanus ya abordó en esas otras dos películas ya mencionadas. Ahí están la identidad contenida, los afectos reprimidos y una melancolía persistente que vuelven a marcar su mirada de la mano de un sobrio trabajo cinematográfico. En pantalla, sin embargo, la propuesta queda atrapada por su propio refinamiento.

Aunque el director avanza con cuidado excesivo, la película constantemente parece temer romper la delicada vitrina estética que ella misma levanta. Y esa devoción también termina paralizando cualquier impulso vital para escudriñar de mejor manera los rincones que visita la película en su propuesta narrativa.

En esa línea, la historia se sitúa en la América de comienzos del siglo XX, con dos jóvenes dedicados a la música conociéndose en un conservatorio de Boston, poco antes de la entrada del país a la Primera Guerra Mundial. Años más tarde, el dueto se reencuentran para recorrer zonas rurales de Maine, grabando canciones folclóricas en cilindros de cera.

Durante ese viaje ambos comparten caminatas, noches al aire libre y una intimidad que lentamente se transforma en romance. Bajo esas paredes, el relato apuesta por la contemplación, pero es precisamente esa calma la que se siente entrecortada por la propia decisión de generar un ritmo más contemplativo. De sonidos atmósfericos y sentimientos más que de palabras.

Es ahí en donde la emoción de La historia del sonido se tranca en una tristeza constante, amarrada a la idea de que hace más de un siglo ese tipo de relaciones homosexuales estaban aún más ahogadas. Pero la languidez que acarrea constantemente no logra sacarle partido ni a los personajes ni a la propia relación.

Mucho de lo anterior tiene relación con el hecho de que quienes están al centro de la historia están extremadamente contenidos. Lionel, interpretado por Paul Mescal, es presentado como un prodigio musical con oído absoluto, pero esas cualidades quedan más como un dato menor ante la propia depresión y el vacío que lo van moldeando en el transcurso de los años. David, encarnado por Josh O’Connor, funciona como su contraparte más racional y privilegiada, encaminado hacia una vida académica, siempre dejando entrever que no lo dice todo.

Aunque ambos actores cumplen con solvencia, también no es menor que su química queda amortiguada por un tono que rara vez abraza el fuego emocional. Y en una película que gira en torno a la música, las canciones en paralelo no logran entrelazarse ni con las carencias ni con los deseos de sus personajes, cuya conexión queda supeditada una larguísima revisión de verdades a medias que solo salen a la luz con su final.

En todo ese camino, los diálogos, conversaciones y escenas íntimas refuerzan una sensación de distancia en donde todo es expuesto a través de una reconstrucción histórica impecable, pero deliberadamente filtrada por todo lo que no se dice.

La película logra en su camino hacia el final abrazar de mejor forma la idea de que sus personajes solo tenían sentido, y se sentían plenos, cuando estaban juntos. Pero aún así los matices más humanos de ese vacío no logran ser abordados en plenitud.

De ese modo, La historia del sonido, pese a su elegancia formal y su pulcritud técnica, no logra sacar partido a los elementos que va desarrollando a media velocidad en su largo y tortuoso camino de depresión y falta de sentido.

Por supuesto, al final de ese túnel logran dar con una luz, pero esta aparece cuando ya es tarde. La historia del sonido encuentra un cierre coherente y sensible, aunque a la larga igual es incapaz de revertir la distancia emocional que fue construyendo desde sus primeros minutos y que nunca termina de ir más allá.

La historia del sonido se estrena este jueves 30 de enero en cines.

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