«Si tú supieras qué me pasa cada vez que te veo»: cuando Daddy Yankee plantó la bandera del reggaetón en Chile

Autor: La Cuarta

El King pisó suelo nacional por primera vez hace 15 años. Fue en el Festival de Viña y lo cambió para siempre: desde su presentación, el reggaetón se consolidó como un indispensable para la parrilla del certamen. "No pudo ser removido nunca más. Fue, como dicen los gringos, un win win situation. Se benefició el reggaetón, se benefició Daddy Yankee y Viña del Mar", opinan los expertos.


La historia sitúa la llegada del reggaetón a Chile en pleno 2003. Chile, de hecho, por entonces había quedado huérfano de un género que musicalizara los carretes y los besos. La fórmula del axé, amo y señor durante prácticamente dos años haciendo bailar a miles, tal vez millones de jóvenes a lo largo del país a través de esos mix que ofrecía el ahora mítico programa Mekano, cumplió su vida útil tras el epílogo de Porto Seguro. El «ragga», género caribeño considerado acaso el germen del reggaetón, intentó tomar ese lugar.

A esa altura, sin embargo, en las radios nacionales ya comenzaban a sonar hits como «El gato volador» o «Papi chulo» y, desde atrás, tal vez tímidamente asomaba un tal Daddy Yankee. Se trataba del reggaetón: el verdadero sucesor. En la primavera del 2004, por ejemplo, ese sonido, ya más impregnado en la memoria colectiva, se tradujo en otro éxito instantáneo: «Baila Morena», de Héctor y Tito. Y para 2005 el recordado programa de Mega le dedicaba a este novedoso género un mix: en el GC se podía leer «Reggaetón, el ritmo que impone Mekano».

—En Chile tuvo potentes aliados —confirma Sergio Lagos, animador del Festival de Viña entre 2006 y 2008—, entre ellos Mekano, porque hay que recordar que en esa época era un éxito muy potente. Ese programa le cambió la cultura musical a Chile. Éramos un país con una clave más rock and pop y luego, con Mekano y Radio Carolina, cambiamos de piel.

Lo que pasó, pasó

Un trono de reyes corona la Quinta Vergara. El público enloquece luego de más de tres horas de espera. Es el domingo 26 de febrero de 2006, penúltima jornada, y la fría noche de Viña del Mar supo repartir gaviotas entre Alejandro Fernández y Amaral. Pero el plato fuerte aún está por llegar: es Daddy Yankee, quien mirada desafiante, pequeños golpes en el pecho, desciende desde los aires hasta el escenario. El «Cangri» viste una bandana blanca, lentes de sol pese a la oscura noche, y una camisa negra aparentemente dos tallas más grandes que la suya. Completa el look con varias joyas alrededor de su cuello: cuestan, por qué no, tanto como su show.

Antes, Sergio Lagos y Myriam Hernández protagonizaron la presentación tal vez más recordada en la historia del certamen de la Ciudad Jardín:

«Aquí he soñado con la vida, aquí he jugado con la suerte, yeah yeah yeah. Aquí la maldad está prohibida, yo no soy de ningún barrio a la deriva, yo soy de barrio pero de barrio fino, yeah yeah yeah», condujo el inédito exordio.

«Soy de barrio, pero de barrio fino, aquí nació un joven que no sabía qué le tenía deparado el destino. Destino que lo llevó hasta la música, la que le ha dado grandes privilegios y satisfacciones, pero ninguno tan importante y tan significativo, como el cariño y respeto de su público».

«Evolu, revolu, evolución, en cierta forma todo es vanguardia en Viña 2006. Daddy: usted tiene la última palabra», culminó ante la ovación del Monstruo.

—Dándole vuelta a la discografía de Daddy Yankee —relata Sergio Lagos—, a las cosas que presentaba, estaba su último disco, y allí había una intro en la cual él fraseaba ciertas líneas en un tono lento, en un ritmo bien lento. Y parte de esos textos, los agarré, los mezclé con algunas otras frases que con mis amigos, del colectivo de la época de Evolución, en las fiestas rapeábamos, mientras cantábamos. Y fue por eso que decidí hacer esta intro, en la cual tanto Myriam como yo tratábamos de dibujar un poco su historia, ocupando sus propias líneas y, luego, yo rematando con esta suerte de freestyle desenfadado y psicodélico.

11 canciones y 54 minutos no bastaron para contentar al público. Aunque la transmisión televisiva culminó durante la madrugada del lunes, el «Big Boss» respondió al requerimiento de la Quinta Vergara y extendió su show: disparó cuatro canciones más. Quedaron solo en el recuerdo de la galería.

—Fue una noche extraordinaria. Más allá de si te gustaba o no el artista, la intensidad, el rugido que hubo esa noche, en lo personal, no la he vuelto a sentir sobre el Festival de Viña —sincera Sergio Lagos.

En la función, además, quizás como nunca antes, hizo partícipe a su gente.

—Lo que hizo fue enchufar a Viña con los tiempos. Hizo un show donde pedía que la gente prendiera los celulares —recuerda Andrés Panes, crítico musical a cargo de Microtráfico—, para que se iluminara la Quinta. Llegó con un género que nunca antes había tenido cabida de esa forma y mostró el reggaetón en vivo a mucha gente. Fue fundamental. La espectacularidad de su show, porque fue visualmente muy impactante, elevó el nivel del evento, enarboló la bandera del reggaetón y lo volvió respetable ante los ojos de un público mucho más tradicional y mucho más convencional.

Pero el show de Daddy Yankee, aún no se sospechaba, significó algo más.

«Soy el pasado, presente y futuro»

Casi como una premonición: Daddy Yankee, el primer artista de reggaetón en pisar la Quinta Vergara tras 47 ediciones, de cierto modo spoileó los próximos años del certamen. Fue durante la última canción que presentó: «Mírame».

«El sol del reggaetón, el que sigue brillando bien duro. Mira, soy el pasado, presente y futuro (…) los números hablan por sí solos», anunció.

Acaso como si se tratara de la emblemática noche anglo, el género caribeño se consolidó como un número puesto en la parrilla. Son al menos 20 los shows que cuenta el certamen desde entonces.

—Es imposible olvidarme de ese gran momento cultural. Daddy Yankee vende dos productos: música y cultura, y su presentación resonó entre los latinos por toda América, inspirados por el género más político de entre todos: el perreo —asegura Katelina Eccleston, de Reggaetón con la gata—. Creo que su llegada al Festival de Viña del Mar fue un punto importante para la industria en 2006, porque el reggaeton todavía no era respetado. Desde ese año, los artistas tuvieron que demostrar de diferentes maneras que hay un buen negocio en el género. El Festival de Viña significa unión internacional, de una manera que casi no se ve.

Andrés Panes piensa igual:

—En el contexto latinoamericano, boricua, el Festival de Viña tiene un peso, un renombre, que de repente aquí en Chile no nos damos ni cuenta. El concierto de Daddy Yankee lo incorporó a la paleta de colores que se estaba ocupando. Desde ese momento, el reggaetón no pudo ser removido nunca más: forma parte del ADN latino, está como implicado, es parte de él. Fue, como dicen los gringos, un win win situation. Se benefició el reggaetón, se benefició Daddy Yankee y Viña del Mar.

Un día después de que culminase el festival, el 28 de febrero, Sergio Lagos se preparaba para un viaje por la grabación de un disco. Allí, en el aeropuerto, se encontró con el mismísimo Daddy Yankee. El puertorriqueño se acercó y le preguntó, todavía algo sorprendido, a qué se debía el éxito de su presentación.

—Me decía ‘por qué, brother, por qué el éxito’. Él no entendía cómo su música había generado tal impacto en Chile, me dijo que eso no lo reconocía en ningún otro país de Latinoamérica —retoma el presentador de ese año—. Y yo trataba de explicarle que, en mi percepción, tenía que ver con que aquí hay una cultura ligada a la música urbana, en esa época hip hop, pero que el gran gancho, el gran aliado, era Mekano que, insisto, le cambió la cultura musical al país. Algunos podrán pensar que para mejor o para peor, pero bueno, eso tiene que ver con los gustos personales.

¿El primer show de reggaetón?

De la mano de Barrio Fino, su disco más icónico, Ramón Ayala —su verdadero nombre— logró que la Quinta perreara por más de una hora. Una puesta en escena acaso inédita para la fecha en la que consagró al género urbano en el certamen internacional. ¿Pero fue, realmente, el primer número de reggaetón en la historia de Viña?

Hay quienes sostienen que no. Que ese honor lo ostenta El General, quien llegó de la mano de su «Muévelo, muévelo», el one hit wonder de su carrera, a la Ciudad Jardín en 1993. «Todos los perreos son reggaetón, pero no todos los reggaetón son perreo», opina La Gata, Katelina Eccleston.

—Se reduce todo a un tema de lenguaje —sostiene Andrés Panes, del podcast Microtráfico—; en 1993 estábamos bailando el reggaetón de El General, pero no estábamos hablando de reggaetón: no era parte de nuestro lenguaje. El General forma parte de la línea de tiempo a la que pertenece Daddy Yankee, pero no existía la nomenclatura que existe hoy día. Si quieres ser estricto, el primer show de El General en 1993, pero no teníamos conciencia. Y en 2006, cuando tocó Daddy Yankee, sí teníamos la conciencia, sí teníamos la palabra. Esa es toda la diferencia.

Panes concluye:

—Para mí, el hito del reggaetón es Daddy Yankee.

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