De canibalismo artístico y resistencia: la influencia de Gilberto Gil y el tropicalismo brasileño
Cantante, guitarrista, compositor, exministro y revolucionario —no necesariamente en ese orden—, Gilberto Gil tal vez sea la figura más representativa del movimiento que modificó la música popular brasileña. Chile será uno de sus escenarios finales.
La intención de rendir tributo a la legendaria tapa de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el octavo álbum de estudio de The Beatles, publicado en 1967, fue, sin quererlo, el punto de partida para la constitución de otro tipo de leyenda.
Ahí, a menor escala —son nueve y no setenta como en el original—, el retrato colectivo se compone de ellos: Rogério Duprat, orinal en mano, a la izquierda y, con un vestido amarillo, Gal Costa al lado del poeta Torquato Neto. A Tom Zé y Os Mutantes —Arnaldo Baptista, Rita Lee y Sérgio Dias, con sus instrumentos— se les observa algo más atrás. Más o menos el centro lo ocupa Caetano Veloso, que sostiene una fotografía enmarcada de Nara Leão, puente entre la bossa carioca y ellos, y abajo, delante del resto, un Gilberto Gil con túnica oriental hace lo propio con la imagen de la graduación de José Carlos Capinan. Publicada en 1968, es la fachada que entre todos diseñaron para su Tropicália: ou Panis et Circensis (pan y circo, en español), un álbum que sacudió la música brasileña a través del tropicalismo.
En un contexto definido por la dictadura militar, de Castelo Branco hasta João Figueiredo, el tropicalismo —también tropicália o simplemente movimiento tropicalista— se presentó como un movimiento popular con el designio de dotar al abordaje musical brasileño de una identidad que La Bossa Nova y La Jovem Guarda por entonces no terminaban de representar.
El Manifiesto Antropófago, del poeta modernista Oswald de Andrade en 1928, sirvió como inspiración: los artistas interpretaron su ideario como el acto, acaso la necesidad de devorar culturas extranjeras y, a partir de aquellas influencias, construir algo único y suyo. En resumen, algo brasileño.
Así, mediante la incorporación de tendencias mundiales como el rock and roll, sonidos psicodélicos y el uso de guitarra eléctrica a los ritmos y expresiones artísticas locales, este colectivo de artistas buscó universalizar el lenguaje de la música popular de su país, de modo de incluir a los relegados por la producción cultural de la época.
“El movimiento —sugiere el académico Júlio Cesar Diniz en su artículo Antropofagia e Tropicália - devoraçao/devoçao— pretendía superar las dicotomías arcaico/moderno, nacional/extranjero y cultura de élite/cultura de masas, que marcaron hegemónicamente el debate cultural en los años sesenta”.
La capacidad de burlar con sus letras la censura del régimen militar hizo del disco, por lo bajo, un asunto revolucionario. De eso se trataba, después de todo: de expresarse a través del exceso, ropajes coloridos, el pelo largo y versos hábilmente codificados.
Caetano Veloso y Gilberto Gil, en todo caso, pagaron las consecuencias: ambos fueron encarcelados en febrero de 1969 y luego, en julio, empujados al exilio en Londres, pero esa ya es otra historia. Lo relevante es que la semilla del tropicalismo había sido plantada y dio sus frutos en las voces de Gal Costa, Jorge Ben, Jards Macalé y Tom Zé, entre otros, y permaneció con fuerza suficiente por las siguientes dos décadas.
La resistencia de Gilberto
Tropicália: ou Panis et Circensis es, sin discusión, el manifiesto del tropicalismo. Rolling Stone lo ubicó segundo entre los 100 mejores álbumes brasileños de todos los tiempos y a las canciones “Panis et circensis” y “Baby” entre las treinta mejores.
Paulo Cavalcanti, descrito por sus colegas como una Wikipedia humana —y más confiable que la propia Wikipedia— antes de la era digital, reseñó el disco y resumió: “Tiene doce temas, disparos certeros contra todo lo que había antes, pero que también apuntaban al caos que se apoderaría de Brasil (...); la revolución cultural se estaba gestando en el caótico Brasil del recién decretado AI-5 (decreto clave de la dictadura militar)”.
Algunas líneas antes, en tanto, reveló su origen: “El 21 de octubre de 1967, en la final del III Festival de Música Popular de TV Record, Caetano Veloso y Gilberto Gil fueron presentados como ‘artistas que buscan un lenguaje universal’. En el intervalo, Caetano habló de su opción estética: ‘Me interesa todo lo que sea pop o popular, eso que gusta a las masas, como los cómics’. Ninguno de los dos ganó el primer lugar, pero ese día el tropicalismo fue el campeón”.
El propio Caetano Veloso reconoce que, durante esa presentación, cuando Gilberto Gil interpretó “Domingo no parque”, con Os Mutantes como banda de acompañamiento y una orquesta con arreglos Avant-garde conducida por el maestro Rogério Duprat, se inició el movimiento.
En el libro Verdad tropical (Marea, 2019), va todavía más allá: dice que el manifiesto antropófago de Oswald de Andrade “se hizo carne” en Gil, un universitario bahiano cuyo orgullo afro-brasileño sobrevino de la mano del éxito mundial de Jimi Hendrix. A fin de cuentas, Gil fue quien, tras sus presentaciones en TV Record, le advirtió que estaban metiéndose “en cosas peligrosas” y el que, en su segundo álbum, un mes antes de entrar a grabar Tropicália, se dejó ver vestido de militar, en plena dictadura, con colores de lo más llamativos al fondo.
Gilberto Gil no sólo inició el tropicalismo, según Caetano. Gil, además, llevó el tropicalismo al poder: entre 2003 y 2008 fue ministro de Cultura en el gobierno de Lula da Silva.
Y ahora, a sus ochenta y tres años, se prepara para despedirse de él.
Gilberto Gil en Chile
“Tempo rey” llamó el emblema de la música brasileña a su gira final. Con más de setenta álbumes y nueve premios Grammy, Gil resolvió que ya era hora de decir basta.
Y el sábado 7 de marzo, el Movistar Arena tendrá el honor de recibir una de sus últimas presentaciones.
Las entradas están disponibles en Puntoticket y van desde los $15 mil a los $120 mil pesos.
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