De la Bomba 4 al Onlyfans: las nuevas formas de consumir contenido para adultos

Afterall (madres), obra de Nicolás Franco en base a recortes de la "Bomba 4" de La Cuarta
Afterall (madres), obra de Nicolás Franco en base a recortes de la "Bomba 4" de La Cuarta

En un Chile pacato, La Bomba 4 vino a conseguir lo impensado: llevar la sensualidad y el erotismo a la esfera pública y popular. Sin embargo, los tiempos cambiaron, y su presencia en la actualidad sería sinónimo de críticas y reproches. Con el feminismo como guía, hoy ese mismo contenido es manejado y expuesto por mujeres que hacen del deseo una fuente de ingresos.

En las vulcanerías y talleres mecánicos de Chile aún quedan restos de la Bomba 4. Están ahí, pegadas con fino scotch que sostiene los posters que alguna vez fueron incluidos en La Cuarta.

Hoy, esos recortes son el recuerdo de una era que debía llegar a su fin.

Poco antes de la ola feminista del 2018, el país ya estaba exigiendo cambios. Y no solo acá. El año anterior, en Estados Unidos, el movimiento Me Too exponía una serie de denuncias de acoso y abuso sexual que remeció al mundo entero.

Y en de medio tanto movimiento fue que la popular sección de este diario, en la que aparecían mujeres desnudas junto a un fantasioso y erótico relato que permitía a sus lectores cerrar los ojos y echar su imaginación a volar, cerró para siempre.

“Fue una humorada sensual que duró por muchos años, pero que no corresponde a los nuevos tiempos”, argumentó Sergio Marabolí, ex director de La Cuarta, en ese entonces.

La bomba que explotó a un Chile pacato

Nacida un 12 de julio de 1985 y popularizada recién en los años 90, la Bomba 4 se caracterizó en sus inicios por ser una sección que fotografiaba a mujeres al azar en playas como Reñaca o Concón. Tras el éxito de la sección, esta se fue ampliando, incorporando desnudos explícitos y narraciones de alto calibre.

El espacio se transformó en un sello de La Cuarta por años potenciado además con el lenguaje simple y popular con el que el diario lograba llegar a un amplio público.

Así fue como todos los viernes, por casi 32 años, el diario traía en el costado de su portada la imagen de alguna bella joven, incluyendo además en su interior un poster el doble el cual tímidos pubers solían guardar a escondidas.

Rodrigo Torres es periodista y un conocido coleccionista de La Bomba 4. Su fanatismo se resume en una “mezcla humor, la picardía y el gran recuerdo de mi niñez en Cartagena”. Fue en la casa de su abuelo donde las vio por primera vez, pegadas en un baño que su tata tenía instalado en el patio.

Para Torres, la sección “tenía una fantasía, tenía una forma de mostrar la picardía de lo prohibido, lo que todos niegan pero todos conocen, más en una época de mucho doble estándar en Chile. Es tan simple como que lo sexual es parte de todos los seres humanos sin excepción, pero algunos se quieren ver como asexuados, como que nunca sintieran excitación por alguien, entonces ese guiño de lo prohibido social, y que venga en un diario accesible a todos, era un Bombazo”.

Eran otros tiempos. Las playas más top del verano recibían año a año a los teams de modelo que desfilaban en colaless y competían por la mejor colita (cosas que hoy serían un escándalo). Y si bien era posible ver mujeres en poca ropa en la TV y en eventos de alta convocatoria, Chile continuaba siendo un país mojigato que no hablaba de sexo ni nada que se le parezca.

Para el sociólogo con máster en género de la Universidad de Chile, Juan Cabrera Ullivarri, este fenómeno puede explicarse desde el punto de vista de la masculinidad imperante de la época pues “era la manera en la que la sociedad permite ciertas formas de erotización” y que, gracias a diferentes movimientos feministas, este ha ido cambiando, amplificando y reconstruyéndose.

Sin embargo, para Cabrera Chile sigue siendo un país recatado y conservador. “Los temas de sexo y erotismo sigue siendo un tabú en la sociedad chilena, entendiéndose como ‘tabú’ aquello que no se enfrenta y no se asume como parte integral en el desarrollo de una persona”, precisa.

No nos tapamos, nos empoderamos

Y en medio del movimiento feminista, nuevos conceptos que si bien antes existían entre los sectores más académicos y reflexivos en torno al género, comenzaron a masificarse. La “cosificación de la mujer” se volvió una frase de conocimiento popular y a la vez un justo tirón de orejas para los productos audiovisuales, informativos y fotográficos generados por los medios de comunicación.

Desde el Observatorio de Género y Medios están de acuerdo en que el fin de La Bomba 4 obedece a los cambios sociales. Por una lado la organización sostiene que “Los desnudos e imágenes eróticas son válidas siempre y cuando una mujer quiera libremente hacerlo”, pero discrepa con el contexto en el que estas tuvieron lugar. “Es necesario entender la cultura de la sexualización que hay detrás de los medios informativos que muestran desnudos, validando solo un tipo de cuerpo, donde la mujer se ve reducida al placer del hombre heterosexual”, explican.

Pero, ¿dónde fueron los consumidores de este contenido? y lo más importante, ¿qué pasó con los desnudos que alguna vez tuvieron lugar obligado en nuestro cotidiano? Porque fuera de lo cuestionado que puede ser, para algunas mujeres el erotismo y la exhibición es un trabajo.

La respuesta es Onlyfans. La plataforma fundada el 2016 pero masificada en los últimos dos años es un espacio en el que generadores de contenido ofrecen material exclusivo a cambio de una suscripción pagada. Lo que en un inicio se pensó para músicos, chefs, entrenadores u otros expertos en alguna disciplina, pronto se transformó en un portal que mayoritariamente alberga contenido explícito para mayores de 18 años.

En medio de la pandemia y viendo reducidos sus ingresos provenientes de talleres y pitutos literarios, la escritora Camila Gutiérrez se creó un Onlyfans. Por $10.99 dólares al mes se puede acceder a un arsenal de fotos de la autora de “Joven y Alocada” en su faceta más deshinibida.

Para Gutiérrez, esto es un negocio. Desde un comienzo, precisa, la motivación ha sido el dinero que recibe extra gracias al contenido erótico que sube en la plataforma.

E independiente de las retribuciones económicas, cree la autora, una de las ventajas de Onlyfans es la posibilidad de definir qué mostrar y cómo hacerlo, lo cual dista de lo que algún momento fueron revistas eróticas como Playboy. “Yo creo que en espacios como La Bomba 4 te plegái a una línea editorial que no es necesariamente la tuya, y la gracia de Onlyfans es que tú subes lo que tú querís de contenido y en ese sentido tienes la total libertad sobre tu línea editorial”, dice.

Camila Gutiérrez, @estimadavecina en Onlyfans / Fotografía: @errrada
Camila Gutiérrez, @estimadavecina en Onlyfans / Fotografía: @errrada

Otra de las usuarias de la conocida plataforma es KinkiJane (su seudónimo en Onlyfans). Si bien su trabajo ha estado principalmente ligado a la música y a la actuación, dice, la publicación de fotos eróticas le permitió sostenerse económicamente dado que no siempre cuenta con trabajos en lo que realmente se dedica. “Onlyfans es una buena alternativa porque me permite trabajar un sueldo muy digno en poco tiempo”, comenta.

Como actriz, siempre ha tenido que trabajar con su cuerpo. Sin embargo, jamás había potenciado desnudos ni imágenes sugerentes en su carrera por miedo a los prejuicios que eso conlleva. En ese sentido, su llegada al Onlyfans también es una forma de liberación.

“Que me paguen por este tipo de show erótico e íntimo ha sido encontrarme con esa parte de mí que tenía reprimida. Lo estoy pasando bien con esto. Me da placer y dinero, me ha hecho conocer más de mi cuerpo y perder el pudor”, señala a La Cuarta.

Pero nada en esta vida es eterno y tanto Gutiérrez como KinkiJane coinciden en lo mismo. Hoy ambas pueden vivir gracias a Onlyfans, pero tienen claro que esta aventura tiene fecha de caducidad.

Kinkijane habla de esto como un recurso limitado. “Como cualquier recurso natural, esto se agota. La energía sexual y el placer por el show erotico no sé si lo tendré toda la vida, pero lo tengo ahora y debo aprovecharlo”, dice.

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