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Jamiroquai en el Claro Arena: una gran fiesta que no dependió de la nostalgia

Con un sonido extraordinario, una banda en estado de gracia y un incansable Jay Kay al frente, el grupo británico regresó a Chile con un concierto que demostró que sus grandes éxitos todavía tienen ritmo de sobra.

La música de Jamiroquai sigue haciendo que el cuerpo se mueva tal y como lo viene haciendo desde hace más de 35 años. Su mezcla de funk, acid jazz, disco y soul conserva intacta esa combinación de sofisticación, sensualidad y energía contagiosa que invita a olvidarse por un rato de todo para hacer una sola cosa: dejarse llevar.

Y su concierto en el Claro Arena fue la prueba en vivo de aquello. Con una banda sonando a primer nivel y un Jay Kay recorriendo el escenario de punta a punta, el show convirtió esa energía en una fiesta que fue creciendo hasta terminar con el público completamente entregado.

Si hubo algo que quedó claro desde los primeros minutos fue el extraordinario nivel musical de la presentación. La banda sonó precisa, contundente y cristalina, favorecida además por un Claro Arena que, al menos entre los conciertos que me ha tocado presenciar en el recinto, tuvo aquí su mejor sonido.

Aquello fue especialmente importante para una agrupación cuya música depende tanto del pulso que genera sobre el escenario como de una aceitada interacción que logra una precisión que nunca se siente rígida. De ahí que Jamiroquai sonó siempre ajustado, pero también dinámico, contagioso y, por supuesto, muy vivo.

En paralelo, el espectáculo entendió muy bien esa misma lógica en términos visuales. El llamativo juego de luces y el excelente aprovechamiento de la enorme pantalla no funcionaron como simples adornos al interior del Claro Arena, sino como una prolongación de la música. Las imágenes de fondo aportaron profundidad al escenario y acompañaron un concierto que parecía estar siempre en movimiento.

Ante esa puesta en escena, el repertorio en esta ocasión fue relativamente acotado, aunque igualmente encontró espacio para extender los mayores hits de la banda y aprovechar todo el músculo musical que acarrean. En esa línea, en lugar de limitarse a reproducir las versiones de estudio, el grupo expandió composiciones con transiciones y pasajes instrumentales que reforzaron la sensación de que no estaban simplemente repasando sus grandes éxitos.

En paralelo, el recorrido por temas tan oreja como Little L, Seven Days in Sunny June, Space Cowboy y Light Years mostró inicialmente una curiosa contradicción. Sobre el escenario había una invitación permanente al movimiento, aunque buena parte del público en el sector frontal de la cancha -que es donde estaba yo- parecía recibirla de manera más contemplativa. Había cabezas siguiendo el ritmo, pero todavía faltaba más entrega del resto de extremidades.

Claro que Alright comenzó a romper esa barrera. Desde ahí la temperatura fue subiendo hasta que la fiesta ganó impulso y comenzó a contagiar desde el escenario.

Luego, entrando ya en la segunda parte del concierto, Disco Stays the Same dio paso a la presentación de los músicos, reforzando una cuestión fundamental del espectáculo: a pesar de que Jay Kay concentra inevitablemente todas las miradas, Jamiroquai funciona en vivo gracias a una banda extraordinariamente aceitada, capaz de darle espacio a su protagonista sin convertirse jamás en un mero acompañamiento.

Todo eso quedó en evidencia en la parte más demoledora del repertorio. Hits como Canned Heat, Cosmic Girl, Love Foolosophy y Virtual Insanity formaron una sucesión prácticamente diseñada para impedir cualquier descanso e imponer el sentido de fiesta.

Pero sin duda hay que destacar que al centro de todo estuvo Jay Kay. Claro, su despliegue puede parecer por momentos excesivo: cambia ropa y accesorios, corre de un extremo al otro, gira, baila, gesticula y realiza pantomimas constantemente. Pero esa extravagancia nunca se siente desconectada de la música. De hecho, es parte vital de su propuesta: la voz de Jamiroquai termina siendo la representación en carne y hueso del ritmo que está tocando la banda.

Ahí también está buena parte de su fortaleza como figura frontal. Jay no necesita construir el espectáculo mediante grandes discursos, y de hecho habló de forma acotada, y su teatralidad nunca se siente calculada, pues su principal herramienta es el movimiento. Cuando el bajo empuja, él se mueve; cuando una canción explota, acelera; cuando el ritmo se extiende, ocupa cada rincón disponible. Es decir, más que dirigir la fiesta, parece ser el primero en dejarse arrastrar por ella.

Incluso la ropa terminó formando parte de ese lenguaje. Con su habitual apariencia estrafalaria, deportiva y difícil de confundir con cualquier otro artista, Jay Kay fue cambiando prendas y accesorios durante la noche. Por momentos literalmente brillaba bajo las luces mientras atravesaba el escenario, como si después de tres décadas todavía necesitara encontrar nuevas formas de hacer visible aquello que su música provoca.

En medio de todo lo anterior, también supo crear una conexión mayor con la audiencia. En un momento bajó hasta las primeras filas para firmar zapatillas, bolsas, camisetas y banderas, además de saludar en medio de los aplausos. A continuación recibió una camiseta de la selección chilena con Jamiroquai en la espalda y, en la última canción, apareció portando un polerón de visita de La Roja. Todos gestos para la galería, pero que funcionaron a la perfección.

Y es que Jay Kay también reconoció la larga espera por este regreso. Al comienzo agradeció el cariño después de tantos años sin volver y destacó que, dondequiera que han tocado, suelen encontrarse con alguna bandera chilena. En ese nexo, también hubo espacio para reírse del paso del tiempo al presentar canciones de 1995 y bromear sobre los años que también han ido acumulando sus seguidores más viejos.

Claro que en todo aquello hubo un importante componente de nostalgia, pero Jamiroquai nunca necesitó explotarla como argumento principal. Sus canciones pueden transportar a no pocos a una vida de hace 20 o 30 años, pero sobre el escenario siguen funcionando porque su principal combustible no depende de una época determinada: depende del ritmo.

No por nada, antes de cerrar la noche, Jay Kay preguntó si todos estábamos preparados para saltar. Deeper Underground hizo el resto. Y a esas alturas, el Claro Arena terminó convertido en una gran fiesta que nadie quería ver terminar.

Porque quizás eso es lo que mejor explica lo que sigue generando hasta el día de hoy Jamiroquai. Su música puede despertar recuerdos, pero no invita a quedarse quieto contemplándolos. Los transforma en movimiento. Y cuando una banda, en paralelo, decide no hacer la pega fácil, entregando versiones con más sazón en vivo, la nostalgia deja de ser un ejercicio de memoria y se convierte en un presente que, inevitablemente, contagia y no deja quieto.

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