Por Guido Macari MarimónLa Firme con Ignacio Garmendia: “Hasta el día de hoy (ayer) me escriben ‘¿por qué mataste a Amanda?’”
Tras años fuera de los melodramas regresa ahora con una nueva teleserie vertical de Canal 13. El actor repasa su historia y se sincera sobre presente fuera de la TV, laboral y personal: “Soltero, pero no solo, como se dice mucho”, cuenta.

De pronto, a Manuel Ignacio Garmendia Garmendia (43) se le ilumina la memoria: iba de viaje con su padre a la playa. Por aquel entonces era solo un niño de nueve y, sentado en el auto, su papá le dijo:
—Te quiero felicitar, porque vas a estar de cumpleaños.
—Sí, papá —le contestó el niño, sin darle mayor relevancia al mensaje—, voy a estar de cumpleaños.
—Pero no es un cumpleaños cualquiera —continuó quien conducía el auto—: Vas a empezar con los dos dígitos, y te vas haciendo mayor; vas a cumplir diez años. Y cuando partes con los dos dígitos, uno se va haciendo hombre. Te quiero felicitar por eso.
Ahora, a más de treinta años de ese momento, reflexiona: “Es heavy, porque algo cambia: hasta los nueve eres niño, pero ya de los diez para adelante te empiezan a atravesar emociones más complicadas”, es decir, “algo de la adultez se empieza a colar”, detalla.
Ignacio también dice que su papá siempre ha sido “súper tuerca”, mientras que a él, en cambio, “le gusta más el dibujo, crear”. Eso sí, “en lo medular y valórico, tenemos una línea bastante similar”, asegura quien hace un rato, para las fotos que acompañan esta entrevista de La Cuarta, se manejó con total soltura ante la cámara, se puso lentes para variar un poco su aspecto y lucía su reloj planteado y pulseras doradas. Luego aprovechó de ver cómo quedaron algunas, y comentó: “En esa la espalda se me ve encorvada, y no la tengo encorvada todavía”.
Isla Paraíso, en 2019, fue la última teleserie en la que participó, tras haber hecho un año antes a uno de los villanos más icónicos de Mega, “Mateo Santa Cruz”. Luego terminó su vínculo con aquella área dramática, comenzó la pandemia y, hasta ahora —según él mismo cuenta—, no había vuelto a actuar. Este regreso viene de la mano del quinto melodrama vertical de Sin receta para ser mamá de Canal 13, la misma casa televisiva con la que se hizo conocido de la mano de la juvenil Corazón Rebelde.

Esta vez, él interpreta a “Iñaki”, que vivió largos años en España y regresa para encontrarse con un antiguo amor, “Rebeca” (Alejandra Araya), convertida en madre de dos hijos y en vías de divorciarse de su marido (Felipe Contreras), y debe salir adelante como banquetera. Y este regreso vuelve a encender el antiguo romance, desatándose la gran tensión de este dramón que desde el 5 de mayo estará disponible en las redes sociales de Canal 13 y 13Go.
En entrevista con La Firme, el actor repasa desde su niñez, recordándose como un niño “tímido” que, alentado por su abuela, empezó a sacar personalidad. Pero no fue sencillo, porque cuando, ya bien entrado en la adolescencia, quiso convertirse en actor, sus padres lo enrielaron por otra senda. Eso sí, aquel germen interpretativo siguió creciendo y, tras pasar por otras carreras, se atrevió a sus veintitantos, rápidamente saltó a Corazón Rebelde, Feroz, Pituca sin Lucas, Amanda con la recordada —y blanco de memes— “escena del toro” y un final de antología; entre otras cuestiones. Igualmente, este también es un relato de su lado más personal, amoroso, interior, creativo y más.
De ahí en adelante...
LA FIRME CON IGNACIO GARMENDIA
Un recuerdo de mi infancia: pasé mucho tiempo en la casa de mis abuelos paternos, en una de dos pisos, muy bonita, en Amapolas. Tenía una piscina y me acuerdo que pasaba harto rato chapoteando. Me sentía muy querido y contenido en ese espacio. Siempre me gustó mucho la ropa. Me acuerdo que salí una vez mi abuela —una gran mujer— y le dije algo así como: “Qué bonito ese pantalón”. Me preguntó: “¿Te gusta?”. “Sí”, le dije. “Ya, pruébatelo... ¿Te quedó bien?... Llévatelo en todos los colores”, propuso. Era muy buena onda.
Mi nombre es Manuel Ignacio. En mi familia hay una larga data de Manueles. Entonces cuando salí del colegio, quise sacarme “Manuel”. No tengo nada en contra, pero siento que los nombres también llevan ciertos pesos; y quería iniciar esta nueva vida universitaria “desprovisto” de la carga de los Manueles, más ligero. “Manuel Ignacio” me gusta todo junto, pero ya en esa época eran pocas las personas que te llamaban por tus dos nombres; como nombre artístico tampoco servía mucho, jaja. “Manuel” lo encontraba un poco seco; en cambio “Ignacio”, más melodioso: sonaba más bonito. Me pareció liberador una especie de nombre nuevo, que en el fondo siempre me perteneció.

Mis papás tienen el mismo primer apellido: Garmendia. No sé por qué, pero lo tienen. No pertenecen a la misma rama familiar. Garmendia es un apellido que no suele ser común... La leyenda cuenta que fueron a dar cada uno la Prueba de Aptitud; y no sé si los formaban en filas, salieron los dos al frente, e inició un romance que tuvo consecuencias, jaja... Es muy anecdótico, nada más.
De chico iba al Colegio San Juan de la Cruz —evidentemente católico—; teníamos un “altar” en la sala en que había un Cristo, una Virgen y un cirio. Me encantaba que nos leyeran un versículo de la Biblia y prender el cirio. No recuerdo haberle temido a Dios. Siempre fue alguien con el que yo hablaba; era más un amigo o hermano al que pedirle que te echara una mano más que “si no hice esto me vas a castigar”. Siempre una relación amistosa y de apoyo.
Soy católico, no de ir a misa todos los domingos, pero sí, de repente, me pego un rezo. Creo en Dios, y de repente converso, le pido, le agradezco y “ya, po’, échame una mano, se me está haciendo muy cuesta arriba; solo no puedo”.

Hice castings y comerciales antes de entrar a la tele, como a los 14 o 15 años. Siempre tuve un poco la inquietud de entrar a este mundillo, y me parecía que esa podía ser una vía, sin descartar los estudios; familiarizarte con la cámara, las luces, estudios de grabación y recibir indicaciones de un director. Al principio no quedaba, pero tenía la filosofía: “Puede que no haya quedado; pero lo que me hicieron hacer en este, me preparará para el que venga, y así sucesivamente”. Agarraba más seguridad. Era muy tímido también. Me decían: “Baila sin música”. “¡¿Cómo bailo sin música?!”, pensaba. Puede que otro con más desparpajo lo resolviera y sortear mejor, pero a mí me costaba. Y tampoco era un gran bailador en esa época (ahora un poco mejor que antes, jaja). Fue un desafiarme a abrirme a otros campos y desarrollar cierta seguridad. Mirando atrás, fue buena experiencia y me ayudó a desenvolverme mejor. La perseverancia me ha acompañado a lo largo de la vida. Me jugó a favor después. Siempre me atrajo la actuación y veía los comerciales y las fotos como un puente; pero no lo desmerecía, lo hacía porque me parecía atractivo también.
Siempre he sido más introvertido; entrar y romper el hielo me costaba un poco. Siempre fui un poco “viejo chico”, agrandado. Mi abuela una vez me dijo una frase que me marcó mucho. Hoy le encuentro mucha razón, porque todo lo que te repites a ti mismo el cuerpo lo cree, no distingue. “No digas que eres tímido, porque no eres tímido, yo veo eso, y sé que tienes muchas cualidades, y es cosa de que lo valides tú”, algo así. Lo crucial fue: “No eres tímido, no lo digas”. Me sirvió porque fue como una semilla: germinó de a poco. Me quedó grabado; no solíamos tener esas conversaciones. Fue muy trivial: estábamos tomando el té en su casa, habían traído ya las bandejas y todo, y no me acuerdo a pito de qué le dije: “... Como yo soy un poco tímido...”. Me quedo mirando, fijamente, y me lo dijo con tal convicción que hizo cambiar un poco ese paradigma de mi supuesta timidez.
Con mi papá somos diferentes en que, por ejemplo, él es seco para los autos y mecánica, súper tuerca. Yo lo gozo menos; o sea, me gusta manejar, pero hasta ahí; las bujías y todos esos temas se me escapan. Me pasó hace poco que tenía todas las luces del tablero como árbol de Pascua, ¡todas prendidas!, y le dije: ¡Papá, ¿qué es esto?! Este auto va a explotar en 5, 4, 3, 2...“. Me dijo que me calmara y se lo llevara a tal persona. Yo tengo otras inquietudes, me gusta más el dibujo y crear. En lo medular y valórico, tenemos una línea bastante similar.

Mis papás no querían que estudiara Teatro. Es una familia un poco más conservadora, y tenían un poco el temor, que lo tienen muchos padres cuando los hijos dicen que quieren estudiar a una carrera más artística (generalmente saltan las alarmas), porque es un oficio que tiene de dulce y agraz, momentos más amables y otros ingratos. Me querían evitar eso y me dijeron: “Estudia algo más formal primero y luego, si todavía tienes este ‘capricho’ de estudiar Actuación, lo puedes estudiar”.
Se generó una tensión con mis papás. Al principio, cuando salí del colegio y acaté que “no”, también había un tema de madurez. Otro en mi lugar se podría haber plantado, como “no me importa lo que ustedes piensen, me voy de la casa y lo hago”. Creo que era más inmaduro en muchas cosas; por eso tal vez me faltó ímpetu para imponer mi voluntad y decir: “Voy a estudiar Teatro contra viento y marea”. No lo hice, precisamente porque —creo— me faltaron herramientas y no lo supe gestionar... No soy papá, pero entiendo también el temor que puede dar a un padre ver que su hijo, de pronto, se vea expuesto a alguna incomodidad o problema. ¿Me hubiese gustado que me apoyaran? Sí. Me apoyaran en otras cosas, no tengo nada que decir. Todo eso se conversó. También fui a terapia y, en su momento, como todo hijo, pase las facturas que todos pasamos a nuestros padres. Hoy es agua pasada. Ya no es tema.
Estudié Publicidad un año en la U. Diego Portales. Que todo fuera a ritmo frenético, que casi hubiera que quedarse a dormir en la universidad, me pareció que, si de eso se iba a tratar en el futuro, yo no quería. Y tenía claro que no me quemaría las pestañas por estudiar Leyes o Psicología si sabía que no era a lo que quería dedicarme. Me puse a estudiar Relaciones Públicas; estuve cinco años y tengo el título.

Mientras terminaba Relaciones Públicas, sin decirle a nadie, me matriculé en un taller de teatro, de los primeros que tuvo el Teatro Mori —el de Benjamín Vicuña—. Me acuerdo de una de esas tardes que cambian el destino. Mi papá había hablado con un amigo para que yo trabajara de garzón en un restorán por Bustamante. Yo era pésimo garzoneando, ¡pésimo! Se me caía todo y el corcho se me iba para abajo. Bajoneado, me acuerdo fui caminando, llegué y dije: “¿Acá son los talleres de teatro?”. Me dijeron “sí”. Justo andaba con la plata de unas propinas y dije: “Ya, por la rama se llega al árbol: algo tengo que hacer para concretar mi sueño”. Me matriculé en el taller, que impartía Bastián Bodenhöfer (fue mi “primer maestro”). Partió toda una aventura, y en paralelo seguía con los comerciales. Estaba feliz. Hicimos una creación colectiva, de teatro callejero que logró estar en Santiago a Mil, en la plaza Camilo Mori. Había que pasar la gorra (pidiendo plata), y me daba un poco de vergüenza.
Andrea Pérez de Castro, la gestora cultural del Centro Mori, me dijo: “Oye, Ignacio, Benjamín hará una obra que la dirigirá (Mauricio) Pesutic y estará la Mane Sweet, y necesitan una asistente de dirección; pensé que te podía interesar”. Y yo, entre que me puse nervioso y que me apaniqué, le dije: “Déjame pensarlo”, no desde la soberbia. No sé con quién lo comenté y finalmente dije: “Ya, Ok, voy”. Benjamín, muy buena onda; y la Mane, también, y de repente me acercaba a mi casa. Y en una de esas tantas, la Mane me sugirió: “Oye, pero trata de estudiar la carrera formal, porque te puede dar más herramientas”. Ya había estudiado Publicidad y Relaciones Públicas, y había que empezar a producir, jaja.
Mi madrina me dijo de Actuación: “Si realmente te gusta, y es tu vocación, como parece serlo, porque han pasado los años y parece ser que realmente es tu ‘vocación’: anda, da los exámenes de admisión; y si quedas vemos qué hacemos”. Fui, con toda la pachorra, al DuocUC, di el examen de actuación, baile, movimiento y me hicieron cantar. Canté —en mi tono más grave—: “La quiero a morir”, de Nicola Di Bari. Pasé las tres pruebas, ¡contra todo pronóstico!, jaja, y le dije: “Ya, madrina, me admitieron”, y me contestó: “Ya, si realmente te gusta, te la pago”. Transcurrió el primer año y fue toda una experiencia: nunca fui mucho de salir de fiesta ni nada, y en primer año todos eran estímulos distintos, vivencias a las que no me había enfrentado.

Partí saliendo (carreteando) más tarde (a mayor edad); conocí a otros amigos y se me abrieron otros círculos, porque venía de uno mucho “cerrado” y conservador. Salí por la noche y me abrí un poco a la vida. Empecé a carretear muy tarde, creo que porque me entretenía mucho solo, no sentía mucho la necesidad... no sé... Se dio cuando se tenía que dar, supongo, creo yo. En el colegio nunca fui de fiesta; me aburrían de hecho.
Llegó una solicitud de Canal 13 en la que decían que querían extras para una teleserie juvenil. Y mandé —con toda mi personalidad— mi escueto currículum, con mi primer año de escuela de Teatro, y pensé: “Pondré que he hecho comerciales, para que vean que sé lo que es una cámara y un foco”. Lo mandé y a los pocos días me dijeron: “Por favor, ven a una prueba de cámara”. Me pareció raro que para un extra se tomaran esa molestia. Luego me volvieron a llamar. Hice la escena con Augusto Schuster y la Maida Müller. Me volvieron a llamar, y yo ya sospechaba que sería un amigo del protagonista, o un compañero de curso que haría un bolo con continuidad. Hasta que, en un momento, en uno de los estudios, yo estaba sentada en una escalinata, se me acercó una productora y me dijo: “Si quedas tendrás que congelar tus estudios”. “Chuta”, pensé, pero le dije que “bueno” para seguir en competencia. A los pocos días me citaron con los ejecutivos del canal: “Hiciste muy buenas pruebas de cámara y queremos que te quedes con el protagónico en la próxima teleserie juvenil de Canal 13”, me dijeron.
En Corazón Rebelde —el remake de Rebelde— partí con clases de canto y de baile, y se fue la bolita. Y ahora es todo historia... Y al final no terminé de estudiar Teatro, me he ido formado tomando ciertos talleres y clases por otras instancias. Cuando en mi familia vieron que en la actuación había algún futuro, la resistencia empezó a disminuir, y dijeron: “Hay un trabajo, le van a pagar”. Mi papá me dijo: “Hay oportunidades que sólo se repiten una vez en la vida; yo que tú la tomo, y después si quieres te sigues formando y terminas la carrera como corresponde, o te formas alternativamente”.

Partí en Corazón Rebelde y Feroz con galanes muy buenos (hice es un magíster en bondad y en nobleza). Tal vez tiene que ver por alguna cosa física, que yo calzaba un poco con ese estereotipo. Alguna vez un director me dijo que tenía mirada triste y que por eso le había había llamado la atención, y que era útil para un galán que de repente tuviera una mirada melancólica. No descarto que tenga esa mirada, pero si me pides que esté alegre y efusivo en una escena también lo haré. Lo tomé más como un cumplido. No lo digo desde la soberbia, pero era un cabro bien parecido, había cierto atractivo que calza con lo que se espera de un “galán”.
A la María José Bello la conocí haciendo Feroz, y hasta hoy nos llevamos muy bien, salimos, somos amigos, conozco a sus hijos, he ido a su casa y ella conoce la mía. Yo la protagonizaba con la Manuela Martelli, y en un momento nuestros personajes se distancian en la ficción; y me empiezan a dar escenas con la “Jose”, y empezamos a marcar muy bien y a hacer focus gropup que decían: “Por favor, que ‘Leo’ se quede con ‘Montse’”, porque teníamos mucha química en pantalla. Pero parece haber una regla: el protagonista tiene que terminar con su protagonista. Ojalá algún día nos toque volver a actuar juntos.
Terminé Feroz e hice Soltera otra vez 1. Fue un paso rudo igual, de las juveniles a las adultas. Me tocaba grabar menos y no entendía mucho el personaje. Ya después me encarrilé, lo logré y fue una teleserie muy exitosa. Seguí en el canal, hice Las Vegas y me tocó ser vedetto. Fue una buena experiencia, pero de la mitad para adelante. Si hoy me pasara eso, sin ser prepotente ni arrogante, tocaría la puerta y le diría al director o los guionistas: “Saquémosle más jugo a este personaje”. Después en Mega sí lo hice y conversé con algún guionista... de ahí a que te pesquen es otra cosa, pero por lo menos no te quedas con la espinita. Uno siempre querrá dar más como actor, que te que te desafíen. Después hice Soltera 2 y fue lo último.

Me tocó inaugurar el Área dramática de Mega. Justo se dio que terminaba mi contrato en Canal 13... Y no me acuerdo muy bien, pero los astros se alinearon, y pasé a formar parte de las filas de Mega, en una apuesta en ese entonces bastante incierta; no mucha gente veía muy auspicioso ese debut. Y llegó este batacazo: Pituca sin lucas, con un personaje nuevamente MUY bueno. Me acuerdo que la gente me paraba en los supermercados y me decía: “¡La rubia (‘María Jesús’, Montserrat Ballarín) la está haciendo infiel!”, como si yo no supiera. Pero aún así me decían: “Oiga, quédese con la rubia no y con la comunacha”, porque todos los hijos de (Álvaro) Rudolphy de se teleserie tenían nombres, como “Gladys”, “Salvador”, “Fidel” y el “Chechico”.
Era muy bonita la historia de Pituca sin lucas, porque yo venía de una familia con muchísimos recursos; y ella (“Gladys”, Fernanda Salazar) no; y se podía intuir que yo tenía todo un discurso político muy alejado al de ella. Pero a la vez era un personaje súper empático con la gente que veía en una situación menos privilegiada. Pero me parecía que era demasiado bueno; ella (“María Jesús”, Ballarín) me mentía y era infiel, y yo la perdonaba; después llegaba al altar y me dejaba plantado; y yo seguía “insistiéndole”. Le dije al director de esa teleserie, Pato González: “A veces me siento tonto de bueno, ¿es normal?”, y me contestó, súper receptivo: “Entiendo tu inquietud, pero, Ignacio, este personaje está realmente enamorado de la ‘María Jesús’, para él realmente su amor es genuino, no lo duda, quiere estar con ella, ¿se obsesiona un poco?, también; pero el amor y la obsesión de repente corren por caminos bastante estrechos (no digo que sea sano)”. La vida me enseñó que ese tipo de amor a rajatabla existe. Pero, a la vez, se empezó a colar en esta historia “Gladys”, que le rompió todos los esquemas, y al final se queda con “Gladys”.
Sin duda el personaje que me desafío más fue el de “Mateo Santa Cruz”, en Amanda. El de Pobre Gallo también, porque me fue la primera vez que me tocó hacer comedia, a un carabinero, que hablaba medio cantado, fue desafiante, en otro plano. Pero “Mateo” lo fue en muchos sentidos, y siento que —más allá de esa escena nefasta del toro, que la detesto con toda mi alma— fue un personaje que me validó con mucha gente que pensaba “este cabro es la cara bonita” o “el galancito de turno”. Gente me escribía en Instagram y me decía: “Buen personaje, pensaba que no actuabas; pero con este me di cuenta de que me da miedo mirarte”. Me dejó muchas cosas buenas. Crecí mucho en términos actorales y era una muy buena historia, muy bien dirigida: los factores que tienen que confluir se juntaron. Nadie pensó que esa teleserie sería el éxito que fue. Hasta el día de hoy —hasta ayer— me escriben: “¡Por qué mataste a ‘Amanda’?”. Fue un personaje que tenía muchas dimensiones: profundamente religioso, muy devoto del amor que sentía por su madre (Loreto Valenzuela); pero a la vez era un violador que guardaba los aritos de las mujeres", y todo lo hacía por el bien de su familia.
A todos los villanos hay que justificarlos de alguna manera, porque nadie es malo porque sí. Estuve acompañado de una buena historia, dirección y elenco. Había gente que decía: “¿Por qué no la hicieron nocturna (Amanda)?”. La daban a las 3 de la tarde y era una historia súper intensa: cuatro hermanos que violan a una mujer, y ella (Daniela Ramírez) vuelve a cobrar venganza. Y “Mateo” nunca se arrepintió de lo que hizo, y de esa violación (grupal) salió una hija, que resultó ser mía; y yo después enloquezco, y terminó matándola y le digo: “NUNCA DEBISTE HABER VUELTO A ESTE LUGAR”. Era un melodrama en toda regla y me encantó hacerlo. Sin duda es de mi personaje favorito. Todavía conservo el parche.

Quedaba un poco agotado en Amanda porque de repente tenía jornadas 14 o 16 escenas, y ocho eran con pataleta y cuatro llorando. ¿Pero irme a la casa con la carga del personaje? No. me me iba con el cansancio. Pero no me iba con el puñal en la mochila, como “si usted no me da el entrenamiento, lo mato y le mataré al perro” como se lo maté a Felipe (Contreras, que hacía a “Víctor”).
Sé que la gente disfruta mucho “la escena del toro” de Amanda, pero siento que fue una escena escrita con un propósito dramático —marcada un giro en la historia del personaje: perdía un ojo, y de ahí para adelante se volvía mucho más oscuro—; y siento que si una escena así, termina convertida en una escena cómica, algo no se resolvió bien. Y me siento súper comprometido con mi trabajo. También siento que hubo errores de montaje, o de ritmo. Si en la escena era un toro, y te ponen una vaca... No lo digo desde el ego: la cara que queda del resultado fue la mía, y mi trabajo también. Esa escena me duele. Estuvimos dos días grabando. Actoralmente lo di TODO: estuve dos días, en el barro, ensangrentado, ¡con 30 grados de calor (se grabó en verano)! Era un muy buen giro que este personaje perdiera el ojo, pero si ves que tienes una vaca inoperante, y quieres hacerle creer a la gente que es un toro, habría que haber renunciado a esa idea y resuelto de otra manera. Estoy súper agradecido de Mega, de la oportunidad que se me dio, y es de mis proyectos favoritos; no pasa por ahí.
¿Pero si la escena hubiera quedado bien hecho se recordaría menos? Es que siento que la teleserie era tan potente en sí; o sea la gente me escribe más por qué maté a Amanda que por el que por el toro (igual me joden por el toro)... Tal vez con el tiempo logré reírme. Hasta ahora han pasado años y no he logrado reírme, me sigue pareciendo una espina en el zapato. Pero bueno, es mis proyectos favoritos y agradezco a Mega la oportunidad de de haberlo desarrollado.
Con Carolina Arrendondo me casé en dos teleseries. Hay vínculos que se dan en lo que dura la teleserie. Con ella, a pesar de que nos llevamos muy bien en esos dos proyectos, no seguimos cultivando el vínculo.

Después de Islas Paraíso no seguí en Mega. Era la época en la que uno todavía firmaba contratos de exclusividad anuales. Tuve la suerte de pescar esos contratos a largo plazo. Después que terminé Amanda, me hicieron una invitación para que me sumara a Verdades Ocultas, y por alguna razón no llegamos a acuerdo económico, y yo también estaba pasando por un periodo en que había quedado muy cansado, anímicamente me faltaba estar un poco más arriba. Dije que no, después vino la pandemia, los elencos se redujeron drásticamente y no seguimos nuestra relación.
Me gustaría volver a hacer teleseries. De tanto en tanto escribo al Área dramática de Mega. Pero este medio es súper subjetivo también. Yo puedo tener ganas de participar en algún proyecto, y puedo escribir y todo, pero si de repente no me ven en ese personaje, ya sea por por mi característica física, o porque quieren que lo haga otra persona, es así. Y como dicen: la tele es sin llorar. Y si no es esta, será otra. Es un tema que, mientras antes uno lo supere, mejor.
La gente de repente me escribe: “¿Pero cuándo volverás a las teleseries?”, como si hubiese sido un plan de retiro voluntario de mi parte, y yo digo: “Yo estoy aquí; cuando me digan ‘vamos’, yo voy’”. Puede ser súper frustrante sentir que no te escojan para cierto proyecto, y puede haber gente que dude de sus capacidades como “tal vez no lo hice tan bien” o “no di el ancho con lo que se me pedía”. Pero, en ese sentido, tengo la tranquilidad de que mi último gran proyecto, Amanda, fue un exitazo y batió récord de sintonía. (En Mega) me dieron la oportunidad de interpretar un gran personaje y siento que les regalé uno de los mejores villanos de su catálogo también. Saben lo que puedo dar: me hicieron hacer de bueno, de malo, de muy bueno y de muy malo. Hice mi trabajo muy bien, siempre tuve la mejor disposición a trabajar, fui responsable y llegué a la hora... Habría que preguntarle a los ejecutivos qué pasa. Ojalá podamos colaborar en algún proyecto. No lo descarto. Jamás podría no hablar bien de un lugar que me ha dado tantas oportunidades.
La actuación la he tenido en stand by. Esta semana grabo una película, que es una participación especial, una comedia romántica. Sé que la dirige Andrés Feddersen, el mismo de Mujeres Arriba, una película que hace unos años atrás protagonizó la Natalia Valdebenito, Alison Mandel, Diego Casanueva y Loretto Bernal. No sé cómo se va a llamar esta peli, pero grabo un par de escenas.
Espero que surja otra cosa más. En concreto, no tengo nada, ¿planes? Sí.

¿Cómo me he ganado la vida estos años? Se abrió Instagram como una ventana un poco inesperada: la creación de contenidos trabajando con marcas. Ha sido una oportunidad que agradezco mucho. Siento que más o menos lo he hecho bien; he logrado cultivar y repetir con ciertas marcas. Se ha ido profesionalizando bastante respecto a cómo partió... Y si la vida te da limones, haz limonada... Agradecido.
Tuve la oportunidad en su momento de firmar buenos contratos, invertir medianamente bien y ser ordenado con mi plata. Me ha ayudado. No me quiero explayar tanto en mis inversiones, pero he sido ordenado, que no siempre pasa. Afortunadamente mi viejo siempre me dijo: “Sé desordenado, trata de invertir” y “hay años de vacas gordas y flacas, y en los de vacas gordas hay que guardar (...) Si quieres viajar, viaja, date los gustos; pero ten conciencia de que es bueno ser también precavido”.
Siempre había dibujado y tenía talento para el dibujo. Expuse mis dibujos en el 2025, cuando me ofrecieron exponer parte de mi obra. Igual me daba susto, y afortunadamente se vendieron algunos. Quedé muy contento. Fue bonito volver a exponerse a la opinión de otro público y que validaran mi trabajo. Debuté y me gustaría seguir también este año, si Dios quiere: hacer otra expo.
Hago una técnica mixta: dibujo algo, lo intervengo con ciertas imágenes y luego yo siempre digo que —como yo soy actor— para mí es como armar un elenco: pongo una figura que es la heroína, luego al protagonista y al villano, y luego hay personajes secundarios, historias corales que van sucediendo entremedio... Siempre estoy haciendo cosas, trato. Para algunas cosas soy un poco disperso. Si quiero lograr el día de mañana tener un volumen de obras que me permita hacer una expo, tengo que concentrarme. Requiere de una disciplina. De repente la gente piensa que es pegar un par de pinceladas; pero, por lo menos, para mí no.

Estaba como en un retiro no voluntario de la actuación. Volví para la teleserie vertical Sin receta para ser mamá. Me encantó que me convocaran. Paradójicamente, mi personaje, “Iñaki”, lleva unos 16 años fuera del país (yo llevaba más o menos lo mismo fuera de Canal 13); vuelve al país a resolver ciertas cosas pendientes, y yo vuelvo a este canal a resolver la actuación, que era también un pendiente hace un rato; e “Iñaki” es “Ignacio” en euskera, la lengua vasca, y mi familia tiene mucho rollo con España. Hay mucha analogía.
No dije que sí al tiro a Sin receta para ser mamá, sino como: “Cuéntenme un poco”, quería que me contaran cómo es este formato, y la historia. Cuando tuve la reunión con el director, César Opazo, y Jaime Morales, el guionista, me pareció un personaje súper atractivo: vuelve después de mucho tiempo a gatillar ciertas situaciones incómodas y a revelar forzosamente verdades ocultas. Me empezó a gustar. Luego me acuerdo de la primera lectura (de guion) que tuvimos en el canal. Dejé mi auto abajo en el estacionamiento y, cuando empecé a subir las escaleras, y los pasillos, tuve muchos flashbacks de mis inicios. Volver con quince años más en el cuerpo fue bonito y cinematográfico. Y me sentí muy querido y bien tratado. Se notaba que tenía ganas de que estuviera en el proyecto. Fui muy mimado en ese sentido.
Con la Alejandra Araya no habíamos trabajado antes, pero habíamos estado en unos talleres actorales de Mega, que los dirigía la Moira Miller. Ya nos conocíamos de ahí y muy buena onda. Nunca nos tocó compartir set en un proyecto, pero nos conocíamos de estos talleres que son casi tanto, o más intensos, que grabar una teleserie. Teníamos un recorrido, había un hielo que no había que romper: una química ya existía, porque nos tocó hacer muchas cosas. Fue un reencuentro muy rico y ella es un encanto.

A Felipe Contreras ya lo conocía porque me había tocado trabajar con él en Amanda, que yo era el que le hacía las maldades, como que le maté al perro. En general es un equipo en el que siento que hay un muy buen fiato; y por las poquitas escenas sueltas que pude ver, siento que se verá reflejado en las escenas que la gente podrá disfrutar prontamente.
Más que sobreactuado, siento que es más intenso actuar en una teleserie vertical. Para mí es como si uno grabara una película y te la dividieran en varios capítulos, y se juega un poco con cierta ambigüedad de que (por ejemplo), si te tomo del brazo, la gente no sabe si te lanzaré por el la escalera o si te diré “te felicito”; entonces todo termina en “¿qué pasará?”; queda esa ambigüedad de “con qué intención viene este personaje”. Se pide un lenguaje un poco más neutro, más transversal, como no decir “pololo” o “al tiro”; no sobremodulado, pero que si la ve alguien de otro país pueda cachar. Tiene todo el sentido del mundo evitar modismos muy locales. Las primeras tenían un lenguaje mucho más “impostado”; desde la cuarta empezaron a flexibilizar un poco el lenguaje. Queda bien el resultado final.
Quedé conforme con mi desempeño actoral. El director, César Opazo, era muy receptivo a las propuestas, y yo más comunicativo en decir: “Oye, en esta escena me pasa que...“. Fue bonito también tener las herramientas para atreverme a plantear, resolver una escena, o una situación en la que mi personaje se veía envuelto. Y siento que es una dinámica de grabación distinta, pero uno como actor tiene que estar dispuesto a modificarse y disponible para los formatos que surjan.

Estuve en El Discípulo del Chef (CHV, 2021), que fue una experiencia intensa, pero no me han llamado para otro tipo de reality.
Hace un buen rato que no estoy en pantalla, pero creo que alcancé a pescar la última etapa de la televisión antes de las plataformas, entonces me sorprende —y lo digo con mucho agradecimiento hacia la gente, totalmente alejado de la soberbia— que siento que hay un alto nivel de recordación por parte de la gente, como que me dicen: “Oiga, ¿usted cuándo va a volver?”, “yo te veía cuando eras lobo”, “te veía cuando eras carabinero” o “te debiste haber quedado con la rubia en Pituca sin Lucas”. Siento que tengo una buena relación con la gente, en general, en la calle. Me sorprende porque hace rato no estoy en pantalla, pero la gente me recuerda, y con cariño (no con la misma intensidad de antes). Muy buena onda... Gracias a Dios, nunca he tenido un mal rollo.
En las redes sociales me preguntan mucho: “¿Cuándo volverás?”, “¿Por qué no estás?” o “Vuelve”, como si dependiera de uno. He mantenido un buen vínculo con la gente, y lo agradezco.

Hago ejercicio cuatro veces a la semana. Ha sido una muy buena terapia; siento que me ha acompañado más allá de lo físico: para la cabeza, el ánimo y estar integralmente bien. Más allá de una cosa de vanidad —que no lo niego—, ha sido un gran aliado para mantenerme anímicamente bien.
La relación con mi cuerpo ha ido mejorando con los años. Cuando partí en Canal 13 era muy delgadito y le pedía a las chicas de vestuario que me pusieran una camiseta bajo el vestuario para sentirme más “corpulento” en cámara. Eso me instó a que, cuando terminé mi segunda teleserie, meterme al gimnasio full a entrenar... y se me pasó la mano. Y volví a un punto medio en el que he logrado mantenerme bien. Y hoy, creo que nos llevamos bastante bien con esta versión de mi cuerpo.
Muestro harto mi cuerpo en Instagram. Hay un dicho que dice que “nunca vamos a ser más jóvenes ni más guapos de lo que somos ahora”. Así que, si no es ahora, ¿cuándo?
Respeto el derecho de la gente a envejecer como quiera; o sea, si alguien no quiere recurrir a ningún tratamiento, allá tú. Si, por ahí, uno puede hacerse algo no invasivo, y que el paso del tiempo sea más amable en uno, no lo descarto. Pero me parece que es criterio de cada quien. Si mañana me dieran ganas de hacerme algo, no me privaría. Trataría de hacerlo con un profesional responsable y que haya visto buenos resultados; pero no me parece condenable.
¿Me hago algo? Ahora que están los implantes de pelo, afortunadamente el pelo no ha sido un problema, todavía. Pero, de repente, estas cosas de las plaquetas, que te sacan sangre y te las ponen en la cara: todo no invasivo.

En lo sentimental, estoy soltero... soltero, pero no solo, como se dice mucho.
“No he sido tan pololo, pero sí de amores muy bonitos”, dije en el 2009. He tenido amores muy bonitos. He sido de relaciones largas; la última fue de siete años, y fue una relación muy linda, que me enseñó muchas cosas, y de la cual guardo bonitos recuerdos; también mucho aprendizaje. Eso. Terminé hace ya un rato, pero fue tan importante el vínculo que se generó, que uno trata de resignificarlo y que sea parte de tu vida; porque pasaron cosas difíciles y buenas; y, siendo así, si uno es capaz de hacer ese ejercicio — que no es nada fácil— vale la pena.
¿Sigo definiéndome como “enamoradizo”?... El otro día escuché un término que se llama “microenamoramiento”... Creo que he pasado del “enamoradizo” al “microenamoramiento”, jajaja. Pero igual llevo un rato soltero, con estos microenamoramientos; pero soltero.
La paternidad no me interesa por ahora.

La terapia psicológica me ha permitido convertirme en un buen amigo de mí mismo y no en un saboteador, cada vez mejor. Es la idea. De repente, con lo que uno creía aprendido, te llega una prueba, y viejos patrones se activan y tienes que entrar a decir: “Tal vez yo reaccionaba así antes, pero, de acuerdo a lo que he aprendido, tengo que ser mi amigo en esta situación y no sabotearme”.
Soy un poquito obsesivo y perfeccionista. Me he terapeado y todo para que me juegue a favor y no en contra, porque, de repente, si estás tan pendiente de hacerlo perfecto, puedes dejar de disfrutar el proceso. Siento que la gracia de ir a terapia es: “Puedes seguir siendo perfeccionista y obsesivo con ciertas cosas que te gustaría mejorar, pero que no te impidan disfrutar el proceso”. En ese sentido he mejorado. Pero me gusta que las cosas se hagan bien. Es un rasgo que se mantiene hasta ahora, pero trabajado.
Fui culposo, pero también en algún momento alguien me dijo —no sé si en terapia o no—: “Vale más sustituir el concepto de ‘la culpa’ por ‘ser responsable’ de tus actos”, porque la responsabilidad te permite decidir. La culpa es súper tóxica. La responsabilidad es más sana de gestionar. La culpa es una emoción súper infértil, no te deja nada. En cambio, si me hago responsable de algo que hice y no me gusta, puedo gestionarlo de manera más sana. La culpa te pesa.
Me encanta reírme, pero si me pones a un humorista en la tele me cuesta reírme con ese tipo de instancias. Pero si estoy tomando un café con amigos, o una copa en un bar por ahí, y alguien dice algo divertido, me reiré. Con la instancia del humor televisivo no soy de risa tan fácil. Pero en la vida me encanta reírme.
“Helena” en mi vida es una perrita que adopté hace seis o siete años, y que ahora ya está entrando en su edad de adulta mayor, y es mi adoración. De repente uno pasa por momentos de la vida en que se ensimisma mucho —como si estás en una terapia—, y llegó “Helena” y mi energía y atención se desvió de pronto a otro ser. Agradezco profundamente que esté en mi vida. Ahora se está haciendo mayor, pero es una gran compañera; nos avenimos muy bien. Recomiendo absolutamente que alguien, si quiere tener una mascota, la tenga, responsablemente, por supuesto, porque demandan tiempo, atención y cuidado.
¡No tengo ningún parentesco con Germán Garmendia! ¡Me hinchan! De hecho, hoy en la mañana estaba paseando a “Helena” y de repente se me acercó un cabro y me dijo: “¡Hola, soy Germán!”. “No”, le dije yo. “Es que son súper parecidos”, me contestó. “No, tampoco somos parecidos”, le dije... Ni siquiera lo conozco. No tenemos ningún parentesco. No lo he visto en mi vida. Sé que nuestras familias no tienen parentesco por ningún lado... Yo lo sabría a estas alturas. No hay por dónde.

Lo político es un tema al que nunca me he referido públicamente... Siento que están pasando muchas cosas... Es algo que comparto con mis más cercanos, con mi círculo más íntimo… ... De más está decir que esto de que el mundo esté ransformado en un polvorín de guerra no le hace bien a nadie, trae consecuencias que transversalmente son indeseables. Nos vamos en una dirección muy oscura.
Participo en la fundación Reforestemos. Justo antes de que se produjera el incendio en San Carlos de Apoquindo, fuimos a hacer una labor de retirar todo lo que es escombro vegetal, esa hierba seca que, por el mismo calor, se calienta y genera un incendio. Todo lo medioambiental me parece que requiere mucha atención y conviene ponerlo bajo la lupa. Me encanta ser partícipe de lo que ellos hacen.
En lo personal y profesional siento que estoy trabajando para ser mi mejor amigo y no sabotearme. Cada vez soy mi mejor amigo y me tiene muy contento, porque no es un trabajo fácil y me ha costado. He logrado convertirme, en varios aspectos, en mi mejor amigo; espero seguir cultivando eso. Agradecido de lo que me ha tocado vivir, y confío también en que lo mejor está por venir
Cuestionario Pop
Si no hubiera sido actor, me habría gustado ser crítico gastronómico.
En mi época universitaria en el Duoc se me abrió un mundo y empecé a abrirme a salir de fiesta, a conocer gente y vivir todo lo que no había vivido, e ir a todas las fiestas a las que no había ido. Creo que alguna vez me desbandé un poco; nunca una cosa preocupante, ¿pero quién no tuvo una borrachera en esa época?
¿Un apodo? A partir de Feroz varios amigos me dicen “Lobito”. Me gusta. Lo que me carga es “Nacho”, porque en mi familia nunca nadie me dijo “Nacho”, ¡nunca! Mi mamá me dice “Manuel Ignacio” hasta el día de hoy. Y de repente me dicen “Igna”, que de todas maneras me gusta más que “Nacho”. Igual prefiero “Ignacio”, porque “Igna” es para los más cercanos.
Tengo varios sueños pendientes. Ahora voy a cumplir el de la película, que me tiene muy contento.
¿Una cábala?... Ahora solamente creo en las supersticiones que traen buena suerte. Ya no creo en esa cosa de que si el gato es negro y no sé qué... A veces me persigno.
Una frase favorita es “el que persevera alcanza”.

¿Un trabajo mío que no se conoce? El de dibujante se conoce poco igual... No se me viene otro a la cabeza.
¿En qué gasté mi primer sueldo? Yo creo que en ropa.
Algo de lo que me arrepiento... Me pasa cada vez menos, pero de pronto, de no hablar las cosas. Es un rasgo que tenía de más chico: cuando algo me molestaba o no estaba de acuerdo —ya sea laboral o en las relaciones de pareja o familiares—, no lo verbalizaba en el momento. Tuve una psicóloga muy buena que me decía: “Mira, una forma inteligente de plantearlo es decir: ‘no es grave, pero es importante que sepas que esto me generó ruido, o me molestó’”. Hablar las cosas a tiempo es una conducta muy sana. Por ahí me arrepiento de no haber tenido las herramientas antes para haberlo gestionado de esa manera. Es mucho más sano hablar —con respeto y empatía— que callar.
Una actriz que es mi amiga es la “Jose” Bello.
Una actriz que admiro es Carola Arregui.
Un libro favorito es La joven de la perla (Tracy Chevalier). Igual leo harto. Hace poco leí La quietud es la clave, de Ryan Holiday, que está muy bueno.
Un talento oculto es la cocina. Me gusta cocinar, que en El Discípulo del Chef no lo disfruté tanto porque había mucha presión. El paisajismo también es otro talento.
Una película que me hace llorar es Cinema Paradiso.
Un miedo es a que me falle la salud. Hay una frase que dice algo así como: uno no tiene un problema real hasta que tiene un problema grave de salud. Siento que, para hacer lo que quieras hacer, tienes que gozar de buena salud.

Creo en la astrología. Soy Leo, ascendente en Libra, jaja
Si pudiera tener un superpoder sería tener un cupo ilimitado de deseos por cumplir.
¿Un placer culpable?... Ya no los tengo culpables, ya los disfruto... Pero, culpable, si me embalo con una serie o película, maratonearla hasta las 3:30 y saber que al día siguiente tengo que grabar o ir a reunión. Eso: maratonear series hasta tarde.
Si pudiera invitar a tres famosos de la Historia a un asado, elegiría a Séneca, el filósofo estoico, porque últimamente he leído harto del estoicismo; Elizabeth Taylor; y Gandhi.
Ignacio Garmendia es el arquitecto de su propia vida.
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