Por Paulo QuinterosRoxette en el Movistar Arena: nostalgia bien ejecutada hasta con guiño a Los Prisioneros
La banda sueca apostó por sus clásicos en Santiago y, con oficio y buen despliegue, confirmó que su conexión con el público sigue intacta pese al paso del tiempo y la ausencia de Marie Marie Fredriksson.

Inevitablemente, la propuesta de Roxette está hoy ligada a un ejercicio de nostalgia.
No solo porque gran parte de su repertorio se sostiene en sus gigantescos hits de finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, sino también porque su producción está completamente detenida en el tiempo.
Por un lado, su último disco fue lanzado hace ya una década con lo que fue Good Karma (2016); por otro, su voz emblemática, la legendaria Marie Fredriksson, falleció en 2019.
De ahí que Roxette se presente hoy más como un acto de celebración de su legado que como una propuesta vigente en términos creativos.
Y eso es algo que quedó en evidencia en su reciente paso por el Movistar Arena de Santiago, ya que el público respondió con entusiasmo a cada clásico, confirmando que su conexión emocional sigue intacta pese al paso del tiempo.

Ese ejercicio de nostalgia arraigado a los hits también se reflejó en la propia experiencia de la jornada: una vez que la banda liquidó sus mayores éxitos y dejó un último sencillo menos popular para el final (“Queen of Rain” de su álbum Tourism), una parte no menor de las filas delanteras comenzó a salir a mitad de canción, como si el espectáculo, en lo esencial, ya hubiese terminado.
Pero pese a esa situación llamativa, el show igual dejó en claro que Roxette sigue sabiendo ejecutar con oficio su viaje al pasado.
Más aún, la reemplazante de Fredriksson, Lena Philipsson, demostró tener el desplante escénico y la solvencia vocal suficientes para sacar adelante la tarea, respetando el legado sin caer en la imitación.

Por supuesto, todo aquello comenzó a lo grande con "The Big L", uno de los singles del álbum Joyride (1991), el disco que concentró la mayor cantidad de canciones durante la noche. A continuación, y mostrando un alto nivel de energía desde el inicio, Roxette hizo gala de una banda de acompañamiento que sonó ajustada, energética y contundente.
Ya en el segundo tema, una encendida "Sleeping in My Car" que no dio respiro, Per Gessle se tomó un breve minuto para dialogar con el público y marcar el tono del show que vendría a continuación: “Santiago. Siempre es un placer venir aquí. 14 años pasaron desde que tocamos por última vez. Nos alegra estar aquí. Vamos a tocar muchas de nuestras canciones favoritas. Si se saben la letra, canten. Y si no, también”.
Luego, Lena fue presentada como una nueva integrante de la familia y ella misma continuó de forma juguetona con un guiño a Madonna. “Esta es mi primera vez aquí en Santiago y me siento como una virgen, tocada por primera vez [Risas]. Y me gusta”, bromeó entre aplausos.
A partir de ahí, la noche siguió con intensidad gracias a una batería de éxitos y baladas pop que sostuvieron el pulso del concierto. Un buen ejemplo fue "Dressed for Success", que mantuvo la respuesta de la audiencia, que coreó cada línea y acompañó con palmas, reafirmando el carácter festivo de la jornada.

Desde ese punto, también se generó un vaivén claro en la dinámica del público: la cancha con sillas se recogía para escuchar baladas menos masivas como "Crash! Boom! Bang!", "Wish I Could Fly" y "Opportunity Nox", para luego volver a encenderse con clásicos como "Fading Like a Flower (Every Time You Leave)" y otras igualmente celebradas, como el pasaje acústico de "Church of Your Heart".
Obviamente, como era previsible, inevitablemente el tramo final recargado de hitazos fue el que desató la mayor cuota de euforia.
Todo comenzó con el éxito absoluto "It Must Have Been Love", dedicado a la memoria de Marie Fredriksson y gestando un momento que se transformó en una celebración colectiva. “Sé que la extrañan mucho y yo también la extraño. Así que cantemos juntos y así ella nos puede escuchar allá en el cielo”, dijo Philipsson, desatando otra ovación.
Tras ese instante emotivo, llegó el vendaval de energía: la también coreada "How Do You Do!" dio paso sin pausa a la explosiva "Dangerous" y luego a una contundente "Joyride", que incluyó en la previa un guiño extendido en guitarra a Los Prisioneros con "La Voz de los Ochenta", uno de los momentos más celebrados de la noche. Todo lo anterior fue una sucesión que dejó a la gente pidiendo más y más.

En el cierre, Roxette respondió con una intensidad que no decayó a partir de un tándem de éxitos finales: el dueto de "Spending My Time" abrió la recta final que incluyó los inevitables hitazos máximos de "Listen to Your Heart" y "The Look", antes de dar paso al ya mencionado desenlace más contenido con "Queen of Rain".
Tras toda esa fiesta, basta agregar que más allá de su inevitable anclaje en la nostalgia, Roxette igual logró sostener con solvencia un espectáculo que honra su legado.
Entre clásicos infalibles, un público entregado y una formación que responde con oficio, demostraron que su repertorio sigue teniendo peso propio y capacidad de convocatoria, incluso en una etapa marcada más por la memoria que por la renovación.
Claro que también hay que remarcar un detalle mucho más importante: nadie buscaba algo distinto en un espectáculo que terminó siendo una mezcla efectiva de sinceridad y oficio.



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