10 lecciones de David Bowie para los artistas del presente y del mañana
David Bowie entendió el tiempo, los procesos, el riesgo y la paciencia como parte central del oficio artístico. Aunque murió hace diez años, sigue siendo un modelo para cualquiera que busque hacer carrera en la música sin perderse en los atajos del hype, en las trampas del algoritmo y en la ansiedad por resultados inmediatos. Acá van diez lecciones de Bowie para los artistas de hoy y del mañana.
No todo éxito es inmediato
Bowie falló en público por años mientras se buscaba a sí mismo. Casi una década tardó en afirmarse y dejar de tambalear. Su debut en 1967 fue un fracaso comercial y luego probó desde folk hasta pop psicodélico. Recién el 69 se dio a conocer con ‘Space Oddity’, pero tuvo que esperar hasta el 72 para pegarse con Ziggy Stardust.
Entiende dónde estás parado
Las predicciones de Bowie sobre internet son virales por su nivel de acierto. Entendió todo antes que los demás. Esto porque no solo se limitó al rol de crear contenido, sino porque también estudió el sistema completo para usarlo sin regalar el timón. El que no sabe dónde está parado termina trabajando gratis para otros.
Escucha música nueva hasta el final
Antes de morir, Bowie estaba obsesionado con “To Pimp a Butterfly” de Kendrick Lamar. El viejo no estaba mirando la música nueva con paternalismo, sino para ampliar sus horizontes, buscando energías, riesgos y lenguajes. En su último disco en vida, “Blackstar”, la influencia de Kendrick (40 años menor) es más que patente.
Adoptar un personaje ≠ Ser falso
Ziggy Stardust, el Thin White Duke, Aladdin Sane. Ninguno era una máscara: todos eran una herramienta. Un dispositivo conceptual para explorar identidad, género, poder, excesos y sonidos. Un personaje no te hace fake si te permite decir algo que callas en lo cotidiano. Personaje no es pose: pose es un personaje sin ideas.
Que algo funcione no te obliga a repetirlo
Bowie alcanzó la fama con el personaje Ziggy Stardust. Pero en 1973, durante su peak, decidió matarlo en escena y cambiar de rumbo. Fue un acto de integridad artística donde se negó a copiarse a sí mismo. Bowie trascendió porque no se dejó gobernar por su mejor momento. Aferrarse a la cima también es estancarse.
Huye de lo tóxico
Durante su época en Los Angeles, a Bowie le decían El Duque Blanco porque jalaba como bestia. Por lo mismo, en los 70, se trasladó a Berlín para cambiar de entorno, lo cual también cambió su obra. De ahí salieron algunos de sus discos más reverenciados. A veces la supervivencia artística implica salir del foco mediático.
Vacila fuera de tu nicho
Bowie era un adelantado capaz de predecir tendencias. No porque las inventara él mismo, sino porque sabía identificarlas antes que el resto. Su discografía tiene desde soul setentero hasta drum and bass de fin de milenio, pasando por el glam rock, la electrónica alemana y el post punk. Si lo escuchaba y le gustaba, lo hacía.
Un fracaso no es el final
En los 80, tras un período de gran éxito, Bowie atraviesa un bajón crítico y comercial. Pero, en vez de buscar un gran comeback, forma un grupo nuevo (Tin Machine) y se reinicia ante un mainstream y una prensa que lo miran feo por unos años antes de volver a sonreírle. Una carrera larga exige tolerancia al fracaso.
Todavía hay espacio para el misterio
Bowie usó su enfermedad terminal como impulso creativo, pero nunca para acaparar focos. Al mantenerla en privado, dignificó su persona, controló el relato y renunció a farandulizarlo como obligan a hacerlo las redes. No todo es contenido, no todo hay que subirlo. La sobreexposición es la peor enemiga de la mística.
Nunca dejes de estudiar
Bowie leía obsesivamente, consumía música de forma voraz, colaboraba con músicos de otras escuelas y de otras generaciones. Nunca se quedó en un solo método ni en un solo personaje. Cambiaba para aprender. El artista que se cree maestro se estanca; el que se asume aprendiz se renueva y se mantiene.
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