Por Paulo QuinterosCrítica de Cine - 28 Años Después: El Templo de los Huesos, cuando el verdadero horror tiene rostro humano
La nueva entrega de la saga nacida con Danny Boyle y Alex Garland retoma el final inquietante de 28 Años Después para profundizar en el miedo a los vivos, los falsos mesías y la manipulación disfrazada de fe.

El final de 28 Años Después, la anterior película de la saga, terminó con un tono agridulce y una situación que anticipaba lo peor para su protagonista. Tras alejarse de su hogar, el joven Spike (Alfie Williams) termina topándose con un grupo de adolescentes con pelucas rubias que han sido entrenados como perfectos asesinos de “zombies”. Los mismos son liderados por un adulto que porta una cruz invertida.
Ese look rápidamente fue tomado como una advertencia. Con sus cabelleras platinadas y con el trasfondo que representa esta saga, situada enteramente sobre las islas británicas, prontamente quedó claro que el grupo replicaba la apariencia de Jimmy Savile, una de las más grandes leyendas de la televisión en Inglaterra. El mismo que, tras su muerte, fue revelado como un monstruo abusador de niños y ancianos que operó con total impunidad gracias a su falsa sonrisa y su apariencia de benefactor.
Pues bien, El Templo de los Huesos, la nueva entrega de la franquicia de terror que nació de la mano del director Danny Boyle y el guionista Alex Garland, toma todo ese trasfondo de los monstruos que sacan partido de mentiras y falsas apariencias, para comenzar justo donde quedó la anterior: con Spike dándose cuenta de que se topó con un grupo mucho más peligroso que los infectados por el virus de la rabia.
Tomando ese punto de partida, el joven es forzado a ocupar con sangre su lugar entre “Los Dedos”, los jóvenes que forman parte de este culto liderado por Lord Jimmy Crystal, interpretado por un tremendo Jack O’Connell, quien es un tipo que proclama estar haciendo la obra de su padre: Satán. Y, obviamente, sus seguidores le siguen completamente el amén, incluso cuando tienen que golpear, torturar y matar a otros sobrevivientes.

Con Nia DaCosta (Candyman, The Marvels) tomando el relevo como directora, pero manteniendo a Alex Garland en el guion, El Templo de los Huesos refuerza en primer lugar la idea clásica del género zombie de que hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos. En ese sentido, las secuencias con infectados son mucho más acotadas que en sus predecesoras, ya que el foco del terror está en abordar los alcances de la maldad en la humanidad.
Y es que, en paralelo a todo el escenario postapocalíptico de la saga, esta secuela también profundiza en el alza de líderes con discursos mesiánicos que hacen y deshacen bajo el amparo de mentiras que solo benefician su posición de privilegio. Algo especialmente llamativo si se considera el creciente surgimiento de liderazgos populistas y de estilo autoritario en el mundo real.
Todo lo anterior se entrelaza en dos líneas de relato destinadas a colisionar. Por un lado, Spike es testigo de las atrocidades que impulsa Jimmy, quien se aprovecha sin asco de la ignorancia de su séquito juvenil. Por otro, la historia retoma al doctor Ian Kelson (un gigante Ralph Fiennes), quien sigue manteniendo el memorial de huesos por aquellos que han caído a raíz del virus y expande su relación con Sansón (Chi Lewis-Parry), el imponente Alfa infectado al que doma con dardos llenos de morfina.
Este último punto es, probablemente, lo mejor de la película, ya que la historia de Sansón finalmente es abordada en esta secuela y, más aún, el propio doctor experimenta para aplacar los efectos del virus. Como el gigante se vuelve adicto a las drogas del médico, el infectado se vuelve más dócil y eso le permite notar al dr, Kelson que existe un componente psiquiátrico en los efectos que padece. Algo muy apropiado para la locura del mundo en el que todos deben subsistir.

Pero, claro, al centro de todo está la figura de Jimmy, los problemas de Spike y la forma en que uno de “Los Dedos” comienza a notar que su líder, en realidad, es un simple cuentero. Estos elementos resultan llamativos a nivel narrativo, pero inevitablemente provocan que las dosis de terror se sientan más acotadas. No solo eso: en el camino también queda de manifiesto que la dirección de esta secuela no logra el mismo nivel de intensidad que Boyle imprimió en la anterior o, más aún, en la película original.
Sin embargo, con sus cartas sobre la mesa, El Templo de los Huesos es una secuela que logra salir adelante gracias al subtexto que impulsa su historia. Este, a su vez, da pie a una secuencia heavy metal que saca aplausos y que además aprovecha de hacer relucir todo el chanterío satánico que envuelve al villano. Claro está, todo esto considerando que, en las secuencias iniciales de la película anterior, Jimmy fue presentado como un niño inocente que vio a su padre religioso abrazar a las hordas de infectados, creyendo que el Apocalipsis de las sagradas escrituras había llegado.
Con todo lo anterior, El Templo de los Huesos confirma que la saga no necesita depender exclusivamente de la amenaza del virus para inquietar. El verdadero golpe de esta entrega está en mostrar cómo, incluso tras el fin del mundo, el fanatismo, la manipulación y la sed de poder pueden ser más destructivos que cualquier infección, recordándonos que el peor infierno sigue siendo el que construyen los propios hombres.
28 Años Despues: El Templo de los Huesos ya está en cines.
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