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Crítica de cine: ¡Ayuda!, lo nuevo de Sam Raimi que demuestra quién es el verdadero jefe

Lejos de la corrección industrial, el director firma una comedia oscura de supervivencia que usa el horror y el humor negro para desnudar relaciones de poder y privilegio.

Crítica de cine: ¡Ayuda!

El talento de Sam Raimi como director ha sido evidente desde los primeros pasos de su carrera, y su filmografía posterior alcanzó cumbres pop difíciles de igualar tanto en el cine de terror como en el espectáculo de alto presupuesto.

Desde el encanto satánico y artesanal de Evil Dead, que luego supo reconvertir en comedia, pasando por el terror pulp de Darkman, la estilización western de The Quick and the Dead, o el suspenso rural y moral de Un plan simple, toda su carrera llegó al siguiente nivel con el manejo del ritmo y la espectacularidad en Spider-Man. En todo eso, Raimi ha demostrado una comprensión excepcional del lenguaje cinematográfico y de cómo manipularlo para entretener.

Eso no significa que su carrera haya sido uniforme ni exenta de tropiezos. Por cada Drag Me to Hell también existe una Oz the Great and Powerful, una película que evidenció los límites de Raimi cuando se somete por completo a la lógica industrial. Sin embargo, incluso en sus trabajos más cuestionados, su dominio del relato visual rara vez se diluye.

Basta observar cómo logró empujar la fórmula del MCU hacia un terreno más expresivo y personal en Doctor Strange in the Multiverse of Madness, una secuela irregular, pero atravesada por momentos de audacia formal poco habituales en una maquinaria tan controlada, como la batalla musical que se convirtió en uno de los pasajes más inventivos de toda la franquicia.

Crítica de cine: ¡Ayuda!

En ese marco aparece Send Help, titulada en Latinoamérica como ¡Ayuda!, un thriller de terror con elementos de sobrevivencia y comedia negra que funciona casi como una declaración de principios.

Aquí Raimi parece liberado de las ataduras del gran estudio, pese a estar amparado por la división 20th Century Studios de Disney, y se muestra plenamente consciente de sus fortalezas. Cada plano transmite la sensación de un director cómodo, juguetón y dispuesto a empujar el sufrimiento de sus personajes hasta convertirlo en espectáculo, sátira y comentario social al mismo tiempo.

En ese sentido, la película se siente como un ejercicio de síntesis. Raimi toma los recursos que mejor domina y los ordena en una historia que resulta especialmente disfrutable, pero también más filosa de lo que aparenta. Desde sus primeros minutos atrapa la atención y no duda en conducir al espectador hacia situaciones incómodas, físicamente degradantes y, en más de una ocasión, francamente asquerosas que apuntan directamente a las relaciones de poder y al desprecio estructural dentro del mundo corporativo.

En el centro del relato está Linda Liddle, una mujer subestimada, invisibilizada y explotada como engranaje fundamental del departamento de Planeación y Estrategia de una empresa multimillonaria. Aunque resulta evidente que Rachel McAdams posee un carisma y una belleza que tensionan la credibilidad del personaje, la actriz logra una transformación convincente en donde su interpretación vende con eficacia la idea de una mujer con torpezas sociales y una inseguridad acumulada que le impiden escalar dentro de la pirámide ejecutiva, pese a ser claramente la más competente de la sala.

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La irrupción de Bradley Preston termina de sellar esa injusticia. Interpretado por Dylan O’Brien, el personaje encarna al heredero clásico, sin talento ni méritos propios, pero blindado por su apellido. Sin el menor conflicto ético, decide nombrar vicepresidente a un excompañero de estudios, pasando por encima de Linda, quien había recibido una promesa directa del padre de Bradley que jamás se cumple. En todo eso, Raimi no pierde tiempo en sutilezas: el privilegio es burdo, evidente, estructural y lleno de imbéciles.

El relato da un giro cuando el equipo ejecutivo debe viajar a Asia para cerrar un negocio clave. Como Linda es la única realmente capacitada para aportar información crítica, y en un momento tiene un momento de fuerza para mostrar su malestar ante una injusticia, es incorporada al viaje de mala gana. El posterior accidente aéreo que deja a Linda y Bradley varados en una isla desierta no solo redefine la historia, sino que elimina cualquier barniz civilizatorio que protegía a ambos personajes.

A partir de ese punto, ¡Ayuda! se transforma en un estudio sobre el intercambio de roles, el machismo y la fragilidad de las jerarquías. Raimi se permite ir más allá del trazo grueso y utiliza la comedia física y el horror para demostrar que Linda está plenamente equipada para sobrevivir y liderar en este nuevo entorno. En contraste, Bradley queda reducido a su esencia: un sujeto inútil, incapaz de adaptarse cuando el capitalismo corporativo deja de protegerlo. La isla funciona como un espacio de desnudez moral más que como simple escenario de supervivencia.

Si bien el desarrollo del conflicto sigue rutas previsibles, con Linda tomando control y cobrando una revancha largamente postergada, Raimi logra mantener la tensión y el interés gracias a una puesta en escena precisa y a una comprensión clara del tono. Las secuencias incómodas, violentas y grotescas se equilibran con un humor negro que nunca busca suavizar la crueldad, sino amplificarla hasta volverla incómodamente divertida.

Ese equilibrio convierte a ¡Ayuda! en una película efectiva, aunque no exenta de problemas. Su desenlace es discutible, no tanto por su resolución narrativa, sino por las decisiones morales que toman ambos personajes y el camino que merecen por igual. Pero Raimi parece menos interesado en ofrecer redención que en subvertir la idea misma de merecimiento, cuestionando qué tipo de ayuda necesita realmente alguien que ha construido su identidad en torno al poder o a la sumisión.

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Aun así, la película se sostiene con firmeza gracias al trabajo de McAdams, quien articula con inteligencia el arco de Linda y da sentido a la recalibración de poder entre ambos protagonistas. Su personaje no se define únicamente por la venganza, sino por la capacidad de resignificar una vida marcada por la subestimación constante.

Y en su tramo final, ¡Ayuda! también termina de consolidarse como una sátira laboral amarga y punzante, capaz de equilibrar crueldad y catarsis sin caer en un dramatismo solemne. Raimi dirige con precisión utilizando detalles visuales, silencios y diálogos afilados para mantener claro su objetivo, especialmente con el empoderamiento de Lidia.

El resultado de todo eso es una comedia oscura que funciona al incomodar, que divierte y también golpea con más fuerza de lo esperado, confirmando que, cuando trabaja con más libertad, Sam Raimi sigue siendo uno de los narradores más lúcidos y corrosivos del cine de género contemporáneo.

¡Ayuda! se estrena este 29 de enero en cines.

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