Por Paulo QuinterosCrítica de cine: Hamnet, un película gigante sobre el poder de la expresión artística
En una de las películas que dará que hablar en los próximos meses, Chloé Zhao construye un relato íntimo sobre el origen de una tragedia personal y su vínculo con la creación artística.

El arte en los últimos años ha sufrido un vejamen que me parece cada vez más insoportable. Una tropa de pelmazos se define como artistas de IA, mientras algoritmos directamente roban para crear ilustraciones y videos que no cumplen ningún estándar para ser considerados como arte.
Mal que mal, el arte, en su definición más amplia, simple y moderna, requiere de la interacción humana. De la expresión de un ser que quiere y necesita manifestar algo que no encuentra otra forma de decir.
La recepción de esa expresión también requiere de un humano, lo que explica por qué el arte nos permite comprender el mundo cuando nuestros propios medios no alcanzan. Una canción, un cuadro, una fotografía, una película, una escultura. Todas ellas también nos acompañan en momentos de alegría y euforia, pero también cuando tenemos un agujero negro en lo más profundo, ya sea por un desamor, una pérdida o el propio peso de existir.
Lo anterior lo saco a colación porque Hamnet, la nueva película de la directora china Chloé Zhao, es el más grande testamento del arte cinematográfico que actualmente se puede ver en pantalla grande.

Desde sus primeros minutos, centrados en el surgimiento de la relación entre William Shakespeare y Agnes, su futura esposa, Hamnet se expresa de manera constante y al más alto nivel. Ya sea por el nivel actoral superlativo de su elenco, especialmente en lo que concierne a la gigantesca Jessie Buckley, o por el manejo delicado y, a la vez, robusto que realiza Zhao junto a todo su equipo en materia audiovisual, con un espacio destacado para la fotografía del polaco Łukasz Żal.
El punto de partida de la película es una novela de ficción histórica que propone una lectura sobre cómo una tragedia personal del Bardo y su entorno familiar pudo haber influido - un par de años después - en la gestación de su magnus opus, Hamlet.
En ese ámbito, la historia de Hamnet se sitúa en un punto íntimo y doméstico, lejos de la épica y de los grandes hitos biográficos. La película observa a la familia antes de ser mito, cuando todavía es solo un conjunto de vínculos, afectos y, por supuesto, tensiones silenciosas en la dinámica marital. Es en ese espacio donde la narración se despliega con paciencia, sin urgencias, permitiendo que lo cotidiano cargue lentamente de sentido a los lazos familiares.
Pero aquí no se trata de establecer una relación mecánica entre vida y creación, ni de entregar una verdad definitiva sobre lo que en verdad pasó en la vida del artista y su esposa, sino de sugerir cómo el dolor, cuando no encuentra palabras, busca otras formas de existir.

La película comprende que ese tránsito no necesita explicaciones literales. Por eso la carga emocional de sus personajes se expresa en gestos, silencios y miradas que dicen más que cualquier diálogo. Además, Zhao confía en el espectador y en la imagen, permitiendo que el peso de la experiencia se asiente sin forzar interpretaciones ni entregar respuestas cerradas.
Todo ese cuidado narrativo alcanza su punto más alto en el tramo final. Los grandes últimos treinta minutos liberan todo aquello que la película se toma su tiempo en construir, no como un giro abrupto, sino como una consecuencia inevitable. Lo que estaba contenido, reprimido o apenas insinuado encuentra finalmente una forma de expresar el duelo profundo que los personajes, por momentos, parecen incapaces de enfrentar.
Ahí es donde Hamnet termina de revelar su verdadera dimensión. No como un ejercicio intelectual sobre el origen de una tragedia célebre, sino como una reflexión profunda sobre el arte como canal de expresión y, a la vez, como una necesidad vital.
En ese gesto final, la película vuelve a recordarnos algo esencial: el arte es inseparable de lo humano. Es el lugar al que acudimos cuando queremos ver otros mundos, cuando no sabemos cómo entender un algo o un alguien, cuando no hay camino claro, cuando el amor o el dolor no cabe en una frase. Es precisamente ahí, en ese espacio de interpretaciones variadas, donde el arte encuentra su razón más profunda de existir. Y por supuesto, ningún algoritmo jamás podrá replicar algo como eso. Por mucho robo y copia que haga.
Hamnet ya se encuentra en cines.
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