Por Paulo QuinterosCrítica de cine: Primate, cuando el terror cumple exactamente lo que promete
La película abraza sin complejos el cine de criaturas asesinas: una historia simple, violencia explícita y un simio asesino que convierte una casa de lujo en una trampa mortal.

La propuesta de Primate es tan directa como honesta. Desde su planteamiento inicial, la película abraza sin complejos una de las fórmulas más clásicas del cine de terror: un grupo de jóvenes queda atrapado en un espacio cerrado y comienza a ser cazado por una criatura letal.
En este caso, no hay fantasmas, demonios ni metáforas existenciales. Hay un simio asesino. Y eso es exactamente lo que la película quiere ser.
Esa base argumental es simple y los realizadores jamás intentan disfrazarla con capas narrativas adicionales ni con subtextos sociales forzados. Primate no busca hablar del trauma generacional, del capitalismo tardío ni del lugar del ser humano en la cadena alimenticia. Su gracia está en otro lado: entregar sin culpa una película sobre un chimpancé que mata de forma violenta, cruel y desatada. Y en ese objetivo, cumple con creces.
La historia se sitúa en Hawái y sigue a una familia marcada por una tragedia reciente. La madre, una reconocida científica dedicada al estudio de la comunicación entre humanos y simios, falleció tras una larga batalla contra el cáncer. Su trabajo no solo definió su carrera, sino también la dinámica del hogar, ya que uno de sus principales sujetos de estudio fue Ben, un chimpancé criado casi como un miembro más de la familia.

Tras la muerte de la madre, la familia intenta recomponerse. Lucy regresa a la espectacular casa familiar junto a algunas amigas, con la idea de reencontrarse con su hermana y su padre, un hombre que es un escritor absorbido por el trabajo y emocionalmente distante. Ese padre, además, tiene una discapacidad auditiva y es interpretado por Troy Kotsur, actor reconocido por ganar el Oscar con su papel en CODA. Y lejos de ser un detalle decorativo, esta condición se convierte en una herramienta más para el terror.
De hecho, la película aprovecha esa sordera para construir algunas secuencias de tensión en completo silencio, donde la ausencia de sonido se vuelve tan inquietante como un golpe musical estridente. Esos son momentos bien pensados y ejecutados, que demuestran que Primate entiende cómo jugar con los recursos del género sin necesidad de sofisticación narrativa.
La comunicación es, de hecho, uno de los ejes que la película explota con mayor inteligencia dentro de su sencillez. Ben no es un animal cualquiera: se comunica a través de un dispositivo con botones que le permiten “hablar” mediante frases pregrabadas. Este elemento, heredado del trabajo de la madre, se transforma rápidamente en una fuente de inquietud cuando esas palabras comienzan a adquirir un nuevo significado en medio del caos y la violencia.
Todo se descontrola cuando Ben es mordido por un animal infectado con rabia, detonando una transformación brutal. Lo que antes era un chimpancé domesticado y relativamente dócil se convierte en una fuerza impredecible y sanguinaria. A partir de ahí, la película se entrega sin reservas a lo que realmente le interesa: secuencias de asesinatos, persecuciones dentro de la casa y un festival de decisiones humanas tan malas que hacen al espectador llevarse las manos a la cabeza.

Y sí, Primate sabe perfectamente que parte del disfrute está en esa frustración. Personajes que se separan cuando no deberían, que toman decisiones absurdas bajo presión o que subestiman una y otra vez el peligro forman parte del paquete. La película no intenta corregir estos clichés; los abraza como parte esencial de la experiencia.
Uno de los aspectos más llamativos es su apuesta por los efectos prácticos. No hay uso de animación digital para el chimpancé, ya que Ben es interpretado por el actor Miguel Torres Umba principalmente a través de un traje, apoyado por animatrónica y manipulación física, lo que le da una presencia mucho más tangible y agresiva. Cada aparición se siente pesada, real, cercana. Esa fisicidad aporta una crudeza especial a las escenas de violencia y refuerza el tono de bajo presupuesto que juega claramente a favor de la película.
La mayor parte de la acción transcurre dentro de la lujosa casa familiar, un espacio amplio pero claustrofóbico, lleno de ventanales, pasillos y una gran piscina, que sirve para recuperar la relación entre la rabia y la aversión al agua. Y lejos de sentirse limitada por el espacio, la película aprovecha al máximo este escenario único, transformándolo en un verdadero campo de caza para Ben y en una trampa mortal para quienes intentan sobrevivir.
Lo otro llamativo es que el nivel de gore es sorprendentemente alto y creativo, inclusive desde su primera secuencia. Primate no se guarda nada a la hora de mostrar cabezas destruidas, ataques frontales y muertes gráficas. La violencia no es elegante ni estilizada: es rabiosa, torpe y brutal, tal como uno esperaría de un animal fuera de control.

En ese sentido, la película es honesta hasta el final. No promete más de lo que ofrece ni intenta elevarse artificialmente por sobre su naturaleza de “película de criatura”. Primate entiende perfectamente a su público y le entrega exactamente lo que vino a buscar: terror directo, sangre, tensión efectiva y un simio asesino convertido en el centro absoluto del espectáculo.
Puede que no sea una película profunda ni particularmente refinada, pero tampoco lo necesita. De hecho, Primate destaca precisamente por su claridad. Es una película sobre un chimpancé que mata gente de formas violentas y crueles. Y lo hace muy bien.
Primate ya está en cines.
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