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Crítica de cine: Sin Piedad, una película que llega al cine con la fórmula del streaming

El thriller de acción y ciencia ficción apuesta por el ritmo, la reiteración y la urgencia constante, pero su puesta en escena y ambición visual la delatan como una producción pensada más para el consumo doméstico que para la pantalla grande.

Crear películas pensando en espectadores que pueden abandonar “el contenido” con un solo toque en su celular está cada vez más en boga. De hecho, esa dinámica de creación salió a relucir recientemente a partir de declaraciones de Matt Damon tras su colaboración con Netflix.

Según las palabras del actor, que conoce el género a la perfección tras su trabajo en la saga de Jason Bourne, la estructura de las películas de acción ha sido modificada para incluir una gran escena antes de los cinco minutos. Todo con el fin de mantener enganchada la atención del espectador desde el comienzo, aunque obras maestras del ayer nunca requirieron de ese tipo de fórmulas.

En ese escenario, Damon recalcó que también se les sugiere “reiterar la trama tres o cuatro veces en el diálogo porque la gente está con sus teléfonos mientras mira la película”.

Todo eso lo traigo a colación por el reciente estreno de Sin Piedad, un thriller de acción y ciencia ficción que llega al cine, pero que se siente completamente como una película de streaming. De hecho, es una de las producciones recientes que más acusa ese tufillo.

Realizada por Amazon MGM Studios y lanzada en cines fuera de Estados Unidos por Sony Pictures, la película cuenta, en primer lugar, con un elemento esencial para enganchar a la audiencia: dos actores reconocidos como protagonistas. En este caso se trata de Chris Pratt (Guardianes de la Galaxia, Parks and Recreation) y Rebecca Ferguson (Misión Imposible).

En Sin Piedad, ambos están constantemente en pantalla pero, a la vez, se mantienen estáticos a raíz de la historia.

Y es que la trama involucra a un detective (Pratt) que trabaja en una ciudad de Los Ángeles colapsada por el crimen y el tráfico de drogas. Sin recuerdos de lo que sucedió en las últimas 12 horas, despierta atado a una silla de ejecución, siendo juzgado por el asesinato de su esposa.

A partir de ahí, el policía tiene solo 90 minutos para demostrar su inocencia ante la jueza Maddox (Ferguson), un avanzado sistema de inteligencia artificial que, ante la crisis de la sociedad, opera como juez, jurado y verdugo.

Esa base narrativa, que presentan en modo infomercial, propone un desarrollo en tiempo real, al estilo de la serie 24, con un contador que muestra constantemente en pantalla cuánto tiempo resta antes de la ejecución. Al mismo tiempo, como parte del sistema de justicia, el propio detective dispone de herramientas tecnológicas para revisar pistas, investigar e incluso hablar con testigos mientras intenta presentar su caso y probar su inocencia.

Toda esa dinámica busca mantener la atención del espectador, mientras los diálogos reiteran la trama tres, cuatro, cinco o incluso diez veces. En esa mecánica se forja un juego que no confía del todo en quien está mirando, asumiendo desde el inicio una distracción permanente.

Otro punto llamativo, y coherente con una lógica habitual en muchas películas de streaming, es que Sin Piedad se siente y se ve pobre. Sí, tiene a estrellas reconocidas, una secuencia final cargada de choques, explosiones y efectos visuales, además de dispositivos y vehículos futuristas, pero su escala es bien menor. Basta agregar que esa es una limitación que no es casual y se repite en buena parte de de producciones contemporáneas de acción.

Gran parte de lo anterior también se relaciona con lo contenido del relato, que se desarrolla entre pantallas e interacciones digitales que acompañan la investigación del detective y son evaluadas por la jueza de IA, mientras el único humano del cuento permanece encerrado entre cuatro paredes. Sin embargo, lo más importante es que la sensación de pobreza también se refuerza por la forma en que está ejecutada la propia cinematografía.

Es ahí donde hay que hablar de un detalle no menor: a cargo de todo está el director kazajo-ruso Timur Bekmambetov, quien saltó a la fama con los efectos especiales de bajo presupuesto de Night Watch, luego llegó a Hollywood con la adaptación comiquera de Wanted y más tarde continuó con varias producciones con más estilo que sustancia, incluyendo el vacío remake de Ben-Hur.

En medio de esas superproducciones con más forma que fondo, también fue desarrollando un tipo de películas conocida como screenlife, en donde todo se cuenta a través de pantallas de computadores o dispositivos inteligentes. En ese ámbito, Bekmambetov produjo Unfriended y la vilipendiada reciente adaptación de La guerra de los mundos, además de encargarse de dirigir Profile.

Sin Piedad sigue esa misma dinámica, pero a mayor escala y presupuesto. Por momentos, las pantallas se transforman en entornos 3D, mientras por cámaras vemos mapas, seguimos drones y continuamos con todo tipo de artilugios tecnológicos que siguen cada pista posible.

Sin embargo, el mayor problema de esta propuesta es que lo confinado de su narrativa termina funcionando más como un gimmick, un recurso llamativo y superficial, que como una idea audiovisual realmente bien resuelta, por lo que es incapaz de sostener por sí sola el peso del relato.

Así que a pesar de que Sin Piedad logra mantener la atención gracias a la vorágine de su desarrollo en tiempo real, rápidamente queda claro que el misterio es fácil de anticipar y que su propia premisa carece de un fondo cinematográfico que acompañe de manera sólida el suspenso que intenta construir.

El guion es reiterativo, la película se siente de menor fuste, la actuación de Chris Pratt se parece a todas las actuaciones de Chris Pratt y el resto luce ejecutado bajo las claves de un algoritmo, que tampoco es tan atractivo como Rebecca Ferguson. Y eso es algo muy propio de esta era de las películas de streaming.

Quizás por eso esta propuesta funcionará mejor cuando llegue al streaming y nadie le presta demasiada atención mientras tiene el celular en la mano. Ahora, en el cine, solo queda expuesta como una experiencia que no justifica la pantalla grande.

Sin Piedad ya está disponible en cines.

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