Por Paulo QuinterosCrítica de cine: Un hijo propio de Maite Alberdi, una verdad incómoda atrapada en su propia representación
El nuevo documental de Netflix reconstruye un impactante caso real desde la mirada de su protagonista, una decisión que potencia el estudio de sus contradicciones, pero también deja en segundo plano otras perspectivas fundamentales de la historia.

La propuesta de Un hijo propio, el nuevo documental de Maite Alberdi para Netflix, no es fácil de digerir. Y no necesariamente por la dureza del caso real que aborda, sino por la posición que la propia película decide adoptar frente a él.
El punto de partida es el caso de una mujer marcada por múltiples pérdidas durante sus intentos por convertirse en madre. A esa situación se suma una pareja que desea ser padre, pero que pone como condición tener un hijo de su propia sangre, y un entorno que sueña con acoger al retoño. En medio de esa presión, la protagonista comienza a construir una mentira: mientras come compulsivamente para ocultar que perdió un embarazo, y aparentar que todavía se prepara para dar a luz, surge un supuesto acuerdo con otra mujer que podría convertirla en madre.
Contar mucho más sería quitarle fuerza a una de las principales revelaciones de Un hijo propio. Lo importante es que aquello que inicialmente se presenta como una historia dolorosa sobre maternidad, frustración y presión social va adquiriendo dimensiones bastante más oscuras. Y cuando finalmente se quita el velo sobre lo que realmente ocurrió, también cambia inevitablemente la manera en que se observa todo lo presentado hasta ese momento.
En esa ruta, lo más llamativo es que Alberdi se abandera demasiado con su protagonista. No porque esconda completamente la verdad ni porque evite revelar los hechos que llevaron a la mujer a pasar más de una década tras las rejas, sino porque insiste en construir la película desde su experiencia, sus dolores, sus explicaciones y, especialmente, su propia percepción de lo ocurrido.
Esa misma decisión resulta todavía más llamativa porque el propio equipo documental reconoció que encontraron una parte fundamental de la verdad cuando el proyecto ya estaba avanzado. Para entonces habían escuchado extensamente a la protagonista y construido una cercanía con ella, pero todavía no conocían el relato de la otra parte involucrada ni habían tenido acceso a las contundentes pruebas judiciales que modificaban el panorama.
Y lo cierto es que la revelación en cuestión, lo que realmente sucedió con la otra madre, podría haber provocado un quiebre mucho más profundo en la película. Incluso podría haber convertido al propio proceso documental en parte esencial de la historia: ¿qué ocurre cuando quienes están contando un caso descubren que la persona cuya versión abrazaron inicialmente omitió aspectos fundamentales? ¿Cómo cambia una película cuando la realidad contradice el relato sobre el cual comenzó a construirse?
Un hijo propio roza esas preguntas, pero nunca termina de enfrentarlas con toda su fuerza. En vez de poner ambas perspectivas realmente en tensión, continúa privilegiando el punto de vista de su protagonista, dejando en segundo plano a la otra persona que con suerte tiene un par de frases en pantalla. En el medio de todo eso sin duda existe una película potencialmente mucho más compleja que apenas alcanza a asomarse.

Todo lo anterior también está relacionado con una de las decisiones formales más importantes del documental: Alberdi incorpora recreaciones ficcionadas de los acontecimientos, construidas a partir de los testimonios de quienes participaron en ellos.
Dicho recurso inicialmente funciona porque permite ingresar a una historia ocurrida hace años sin depender exclusivamente de entrevistas o material de archivo, pero el problema es que esas recreaciones no son neutrales. Desde el comienzo estamos viendo recuerdos convertidos en imágenes y, por lo tanto, una versión subjetiva transformada en representación audiovisual.
Durante buena parte del metraje eso contribuye a construir una lectura más amable -incluso endulcorada- de ciertas decisiones. Pero esa imagen comienza a deshacerse cuando conocemos antecedentes que ponen en duda la versión sobre la cual se levantaron algunas de esas escenas.
En la primera función realizada en Chile, Alberdi explicó que la película apuesta precisamente por una “representación subjetiva de su realidad”. Esa es una decisión completamente válida como propuesta cinematográfica y, de hecho, probablemente ahí está la clave para entender qué película quiso realizar. Sin embargo, esa misma apuesta termina poniendo piedras en el camino de una historia en la que no todos los espectadores estarán dispuestos a ponerse la camiseta que el documental decide ponerse.
Por eso Un hijo propio resulta bastante más interesante cuando se observa como un estudio de personaje y de sus contradicciones que cuando intenta funcionar como reconstrucción de lo sucedido. La protagonista puede despertar empatía por sus pérdidas, por las expectativas impuestas sobre la maternidad, por una relación de pareja que agrega nuevas presiones y por una sociedad que muchas veces convierte el hecho de tener hijos en una medida del valor personal de una mujer. Pero comprender esas circunstancias no implica necesariamente acompañar las decisiones que tomó después.
Esa diferencia, entre comprender y justificar, es precisamente donde la película camina sobre terreno complicado. Alberdi quiere preguntarse principalmente por qué ocurrió todo, en vez de limitarse a establecer qué ocurrió. El problema es que para llegar al porqué inevitablemente debe seleccionar desde dónde mirar los hechos. Y cuando la balanza está inclinada hacia una de las partes, la búsqueda de explicaciones puede terminar percibiéndose como una búsqueda de atenuantes.
Eso no significa que Un hijo propio esconda aquello que sucedió. La verdad finalmente está ahí y el espectador recibe todos los antecedentes. Sin embargo, la manera en que esa información es administrada genera una nebulosa moral deliberada que probablemente dividirá profundamente las interpretaciones de quienes vean la película.

En mi caso, esa propuesta nunca terminó de funcionar. No pude ponerme del lado de su protagonista una vez conocidas todas las piezas, pero tampoco pude conectar con la decisión del documental de mantener parcialmente bajo esa nebulosa las implicancias de sus actos. Mucho menos con una “representación subjetiva” que, aunque conceptualmente se entiende, termina sintiéndose demasiado comprometida con una perspectiva específica.
Paradójicamente, esa incomodidad también convierte a Un hijo propio en una película difícil de sacarse de encima. No necesariamente porque consiga convencer con su tesis, sino porque obliga a discutirla.
Y es que Un hijo propio no busca dictar una sentencia adicional ni reconstruir fríamente un expediente judicial. Quiere comprender cómo alguien pudo llegar hasta ese punto. Pero en su esfuerzo por encontrar humanidad detrás de una decisión difícil de concebir, termina acercándose tanto a su protagonista que pierde la distancia necesaria para mirar con igual fuerza a quienes estaban al otro lado de la historia.
Un hijo propio ya está disponible en Netflix.
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